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LO SÓRDIDO Y EL VACÍO. LA NOVEDOSA NARRATIVA TSOTSIL DE VICTORIA DÍAZ

MIKEL RUIZ

En la Metamorfosis de Ovidio, modelo y abrevadero de escritores clásicos y modernos, encontramos historias de personajes que fueron enviados al Tártaro a sufrir un tipo de castigo eterno por desafiar a los dioses. En ese infierno Titio ofrece sus entranas para ser despedazadas; Tántalo no puede beber agua ni comer los frutos del árbol que sobre él cuelgan; Sísifo sube la piedra a una montaña que caerá y ha de volver a subirla; Ixíon da vueltas y a la vez se persigue y huye de sí mismo; y las Bélides que buscan llenar incesantemente el agua en un recipiente con agujeros. Zeus, en la versión griega, o Júpiter, en la latina, envía al Tártaro a sus enemigos o quienes cometían la hybris, actuando con desmesura o soberbia ante sus propios límites, haciendo que el trabajo de los héroes perdiera todo sentido, que no existiera ninguna esperanza de salvación sino estar en ese absurdo agotamiento.

Victoria Díaz, nacida en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas (1995), es una joven escritora que desmenuza los usos y costumbres de la cultura tsotsil en la literatura. El libro Sokem viniketik / Hombres absurdos obtuvo en 2025 el Premio de Literaturas Indígenas de América (PLIA) y fue editado por la Universidad de Guadalajara. Su particular estilo de narrar lo sórdido y el vacío, utilizando un lenguaje crudo y poético al mismo tiempo, la anuncian desde su cuento “Sts’ijlejal ak’obal / El silencio de la noche”, publicado en el libro colectivo Yayijemal ts’ibetik / Cuentos con cicatrices (2023). La importancia de que Hombres absurdos, el primer libro de Díaz, emerja en un contexto de premio, posiciona la obra en el campo literario con una mayor amplitud en su difusión.

Desde la noción de lo absurdo, los seis cuentos de Díaz dialogan con otras obras literarias. La metamorfosis (1915) y El Proceso (1925), de Franz Kafka, o El extranjero (1942) y El hombre rebelde (1951) de Albert Camus, por mencionar algunas que fueron escritas en pleno siglo XX, ayudan a comprender el mundo simbólico que la autora construye en cada relato. De Camus es de gran importancia el libro El mito de Sísifo (1942), donde el autor reflexiona con mayor profundidad sobre la noción del hombre absurdo, afirmando que “las derrotas de un hombre no juzgan a las circunstancias, sino a él”. Y porque toda noción de poder, la hybris, gire en torno a este ser tan insignificante en su complejidad y contradicción.

En “Tarántula”, el primer relato de Hombres absurdos y narrado con focos múltiples que se desplazan en tres personajes principales, la historia comienza con una escena en donde Ema encuentra a Felipa, su madre, desmayada cerca de una piedra que usan como lavabo. El conflicto principal se centra en la atención médica que los hijos pretenden darle a su madre, sin escatimar los gastos médicos. “No mataremos a nuestra madre”, dice Jorge, “tenemos el dinero suficiente para cubrir los gastos. Vivirá. La vamos a cuidar, es nuestra madre”. Cuando Ema, la hermana menor, no encuentra el supuesto dinero de las remesas, el conflicto se desplaza hacia la hija. Mientras avanzamos la lectura más entramos en la complejidad de su estructura, al mismo tiempo que va desdibujando los valores que sostienen a la familia.

En “Habla, Yesi”, el único relato con una estructura lineal y progresiva, vemos a Eduardo, el narrador principal, convencer a Yesi de huir con él. Yesi es una mujer casada, que durante ocho años de matrimonio el esposo, el propio primo del narrador, nunca la ha tocado, pues él la pidió para su mujer estando en los Estados Unidos y, desde entonces, no ha vuelto. El valor de esposa para Yesi, el de ser digna y fiel, es para Eduardo un completo absurdo. Él promete darle todo lo que el primo no ha dado como pareja: “Ya no lo pienses más, Yesi, huyamos. No eres esposa de Luis, nunca has dormido con él. Yo no te puedo prometer una vida de lujos, no tengo casa de dos pisos, pero me tienes aquí en carne y hueso”. Varios elementos que el mismo narrador expone en su rememoración, y el inesperado final, hacen que cualquier intento por tener el amor de Yesi sea en vano.

Los relatos “Damián”, “Marisela” y “El heredero” comparten un problema en común: el matrimonio de los hijos como signo de esperanza para la continuidad de la familia. Incluso, comparten las mismas voces narrativas, en tercera persona del omnisciente, así como de las estructuras que se desplazan temporalmente del presente narrativo al pasado y viceversa, mediante el uso de la analepsis. Damián, por ejemplo, encarna la esperanza de sus padres, al ser hijo único, educado bajo una estricta vigilancia moral y religiosa para convertirse en un hombre ejemplar y líder catequista. Pero Damián tiene otros sueños y deseos, y para lograrlos se ve obligado a confrontar a sus padres, incluso al santo que lo liga con su nombre, poniendo en duda lo que significa la fe en un mundo lleno de contradicciones (motivo de una hybris) y que, lo sabrá perfectamente, dicha actitud tendrá un alto precio que pagar.

Marisela, por su parte, debido a una infección estomacal, frustra cualquier intento por su salvación. Pero esa misma noche en que los padres aceptan que su hija morirá, incluso permiten que una rezadora encamine el alma de la moribunda al inframundo, una visita inesperada los sorprende, lo que los lleva a tomar una decisión que ni ellos mismos consideran verosímil. El matrimonio, lo constatan los padres, se convierte en una aparente esperanza.

Ángel, en “El heredero”, tras ser el último hijo de la familia, debe asumir la responsabilidad de ser el heredero de la casa, lo que implica tener esposa, integrarse como adulto en la sociedad y, particularmente, cuidar de sus padres hasta el fin de sus días. El joven, sin embargo, entiende esta costumbre como una condena e impedimento de sus propios planes: estudiar y ser maestro. El padre de Ángel, adelantándose ante cualquier situación, se le ocurre arreglar un matrimonio para su hijo con tal de detenerlo y hacerlo responsable de algo más propio, una esposa y un hijo, como lo dicta la tradición de la familia. En palabras de Camus, “Lo absurdo no libera, ata. No autoriza todas las acciones”.

El último cuento, “Hombres absurdos”, parte de un dilema similar al de “Habla, Yesi”, pero con una trama distinta. Diego es quien ejerce esta vez el plan de conquistar a Jade, una muchacha que ha aprendido a vivir la vida a su manera de baile en baile. Diego, un hombre casado, no busca formar una nueva familia, sino obtener como premio la virginidad de la joven. Pese a ser Diego un cazador avezado, sin reparos en los gastos, Jade le dará otra lección. Y ella actúa sin remordimientos: ley de lo absurdo. Vale recalcar que, especialmente con este relato, Díaz toca un tema tabú que para los pueblos originarios era de valor sagrado en un matrimonio y de lo que no se habla. Narrado en omnisciente de la tercera persona, en este relato la autora entreteje dos tiempos narrativos, un recurso que le permite moverse temporalmente para presentarnos dos escenas sucedidas en momentos diferentes.

Los relatos que integran este libro cuestionan sin miramientos los valores de la familia, la fe, el dinero, la tradición y las costumbres en la cultura tsotsil como construcciones sociales que sirven como una herramienta de control. La voz de Victoria Díaz es desafiante. De hecho, la muerte como elemento recurrente en cada relato no es la solución de cada conflicto, antes bien aumenta la frustración y el sentido de fracaso.

La fresca pluma de Victoria Díaz, como el huso de una Aracne, a decir de Felipa que encuentra en el tejido un refugio al duelo, urde los hilos finamente para revelarnos ese mundo sórdido de los hombres y las mujeres sumidos en el vacío. En cada relato la tensión narrativa emerge en situaciones de desesperanza y agobio. Además de la densidad narrativa, la estructura fragmentaria de cada historia y la configuración psicológica de los personajes, la búsqueda poética en el lenguaje es una virtud que hace de la obra una propuesta estética valiente y que inaugura una nueva voz literaria en lengua tsotsil.

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Mikel Ruiz (Chicumantic, Chamuela, Chiapas, 1985), escritor, académico y crítico tsotsil. Lleva tres tesis de grado y posgrado: Variaciones de la memoria autobiográfica en la narrativa de Josías López Gómez, El Lekil kuxlejal (Buen vivir) y la heterogeneidad literaria, y La formación de los j-iloletik: Los sueños en la tradición oral de Zinacantán. Sus novelas son: La ira de los murciélagos y Snak’obal ch’ulelal / Los disfraces de la muerte, además de los cuentos de Ch’ayemal nich’nabiletik / Los hijos errantes.

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