SABERES APACHURRADOS DETRÁS DE LA PUERTA / 349
Apocalipedia: Entre las publicaciones que promocionan los alcances de un lenguaje, y a la vez sus límites históricamente normados, institucionalizados o vociferados en aras de que no se transgredan, se hallan los diccionarios, las enciclopedias, que nos aclaran los usos, los sesgos, los significados y todo aquello que no deberíamos hacer con un lenguaje particular. Esto incide muchas veces en cómo se traduce a otros idiomas tomados como equivalentes, aunque no haya tales equivalencias —pues siempre estamos en puentes colgantes, atravesando precipicios de sentido o mal uso.
La Apocalipedia que presentamos es fruto del desquehaceramiento de Darren Allen, un personaje pleno de agencia, actividades y activismos que se adivinan anarcos, autogestionarios, profesadamente illichianos. Allen dice que trabajó en preparatorias japonesas, escuelas de negocio chinas, pozos petroleros sudaneses, espacios anarquistas okupas en España, escuelas de vuelo en Qatar y universidades para refugiados en Gran Bretaña. Y confiesa: “pero toda mi vida me la he pasado evitando trabajar, para poder escribir, dibujar, estudiar y componer ridículas canciones de amor”.
Entonces se imaginan que esta Apocalipedia es una enciclopedia que busca encontrarle la rendija al muro, lo partido al corazón, el ojo desaliñado, la sonrisa que no se pudo esconder, la silueta del criminal, en cada vocablo, en cada concepto o relato donde podamos discernir una cuestión de otra. A modo de presentación, podemos leer: “Muchas enciclopedias y diccionarios son aburridos, sin utilidad cuando llega el punto en que buscas en secreto llenar los vagones de un tren con globos subversivos, porque en realidad [estos diccionarios] nunca logran ofender a todo mundo. Los lexicógrafos asumen que el lenguaje es una gran máquina para la cual necesitas un manual de uso, más que un río de ribetes plateados que te estalle y salga de tu asombrada boca, o un espectacular árbol instantáneo que crezca entre la gente y que en colectivo nos haga rendir ante algo más grande que cualquiera de nosotros, o un leve relámpago cuyo golpe te cubra haciéndote aullar con deleite, hasta el cielo o a un estado, a medias entre duras y frías estructuras cristalinas y el lugar cambiante, revolucionario y álgido que estalla haciendo brotar flores con un gozo sin sentido”.
Y continúa cual canción dylañesca: “La gente que lee diccionarios rara vez resopla la sopa por su nariz, indignada, ni asiente con reconocimiento sereno ante ideas distantes y ajenas que de pronto se nos cuelgan juntas como misteriosas amistades; no siente la gentil inspiración de enamorarse esperando por siempre, ni considera seriamente que la única solución al corazón partido (que hay o que puede haber) es abandonar el trabajo para dominar el arte de montar a caballo o abandonar la escuela para comenzar nuestra educación. Esta gente no se engancha a un par de amantes ni se embarca con ellos en una semana de endiosamientos, no camina por fin, chiflando hacia el abismo. La Apocalipedia cambia todo esto”. Pueden imaginar que “las entradas” de cada uno de los vocablos seleccionados sean loquitas y sorpresivas, como ésta de apartamento, “piso”: garage para el almacenamiento nocturno de esclavos asalariados económicamente productivos, que son contratados con el fin de mejorar las mercancías.
O este otro, de diagnóstico: 1 [físico] medio para generar, a partir del dolor y la muerte, una “necesidad” para las terapias de mercado. 2 [mental] reetiquetado del disenso, de las emociones negativas, del egoísmo, de las quejas simuladas o indirectas contra la soledad y el estrés del crecimiento económico, para establecerlas dentro de un rango de enfermedades mentales curables (profesionalmente generadas) que requieren más narcóticos o más institucionalización correctiva.
digitalizar, por ejemplo, anota: reducir el infinito fractal pleno de sutilezas, de calidad analógica ultravívida, a caricaturas mentales o emocionales diferenciadas [discretas], relativas y pixeleadas. Léanse: estereotipos.
Toda la Apocalipedia resuma este aire de incredulidad o descreímiento de lo que la realidad “consensada y normalizada” nos propone, y en ocasiones las definiciones son transgresiones literales de lo que los medios nos tienen acostumbrados. Y lo hace de forma burlona y plena de sarcasmos.
Dice Darren Allen: “Este libro trata de la realidad; eso que a la vez es sutil y obvio, tanto cómico como trágico, despiadado y amistoso, real e irreal al instante y siempre chispeante, todo cohetes que salen disparados, todo sal en el ojo, un enorme cuerno de la abundancia ultravívido y pleno de deleite extraño que a la vez cabe y puede estar contenido en un pequeño espacio como estas páginas”.
“También tiene que ver con cómo encarar la tierna enormidad de lo desconocido, con cómo encontrar a la persona proba [como aquel filósofo griego], con cómo sobreponernos al instante a todos los pesares, con cómo conectarnos con todo el conocimiento humano con una agujeta transdimensional, con cómo atrapar esos momentos irrepetibles por los güevos, con cómo invocar ese estallido de gloria que nos sube desde el subconsciente, con cómo personificar a un árbol al punto de que los pájaros se paren en ti, con cómo experimentar ser centros del universo juntos, en un acto de amor apocalíptico (o de jardinería apocalíptica) e in cendiar el sistema para salir de la prisión que tiene la forma exacta de tu ser, para volver al Gran Salón”.
La Apocalipedia tiene apartados, o capítulos breves sobre asuntos o temas que a Darren Allen le merecen mayor atención, a saber por qué.
Por ejemplo, burocracia merece una página entera, la página 29. También se extiende sobre el aburrimiento y en la página 21 se registra la entrada “Cómo lavarles el cerebro a sus niños”, todo un capítulo. La página 47 nos relata y puntualiza el cómo “hay que morir”.
Imposible describir cada una de las entradas o capítulos más amplios donde profundiza conceptos particulares más controvertidos, divertidos o enfrentantes.
Me llaman la atención dos entradas en particular: conversación, que la Apocalipedia define como un relámpago lento y suave, árbol instantáneo que entrelaza silencios, sonidos y significados con ramificaciones que surgen del espacio de vibración entre dos humanos que se ofrecen comunidad. Ocurre cuando quienes participan escuchan el árbol del significado que hay entre ellos y asumen el fractal de interacciones hasta donde puede crecer este árbol en el flujo de ideas, gestos, juegos y silencios que conectan a la perfección. Es como si el árbol supiera que existe el siguiente comentario —que por supuesto existe.
Otra entrada interesante es democracia definida como 1. la dictadura del 51%. 2. el ritual cíclico de validación de la ilusión de participar. 3. permitir a los prisioneros votar desde sus celdas para evadir cualquier responsabilidad y distraerles de su cautiverio [sistémico]. 4. socialismo para los ricos, capitalismo para los pobres. 5. resumen eufemista para un mercantilismo totalitario patrocinado por los Estados. 6. un medio, ocasionalmente útil, de alcanzar un acuerdo o decisión grupal tolerada por el poder mientras no amenace el status quo, momento en el cual se le califica de “ley de la calle” o “desorden”.
Me he permitido traducir en extenso el siguiente apartado del colapso, de dos páginas, porque resume muy bien la filosofía de la Apocalipedia.
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Antes de que las sociedades colapsen: la caridad constituye una rectitud, el orgullo por la riqueza se inspira en las insignificantes posesiones (o aprobaciones) sobre los que todos basan su lujuria o sus anhelos. Tesoros acumulados se gastan en viviendas, y las vacas siguen gozando de la estima de las personas sólo en la medida en que proporcionan leche: la gente es siempre aprehensiva ante la escasez —por eso todo mundo mira al cielo. Antes de que la sociedades colapsen, las mujeres se vuelven hombres, los hombres se vuelven mujeres y el amor se confunde con el deseo, o con el miedo. El tiempo está ocupado a perpetuidad y se le observa, lo que conduce a una sensación inercial que es a la vez una aceleración y (mientras la cultura) se ha congelado. Los cultos religiosos florecen, a las palabras se les vigila y el lenguaje pierde significado. Se consulta a los científicos antes que a los artistas, y los artistas no dicen nada. Está prohibido acostarse en los lugares públicos, los suenos andan aproblemados y emprenden tareas imposibles entrando a edificios que se desploman, rumiando el amor que deambula por el mundo, la esperanza con la que llegan los salvadores o la esperanza de que haya pasillos. El sexo endurece los corazones de los codiciados y frustra el corazón de los esclavos. Hay ojos de mirada perdida por doquier y nadie en realidad reconoce al otro. Antes de que las sociedades colapsen cualquiera que tenga un elefante es un rajá y cualquiera que se sienta débil es un esclavo. El espectáculo, lo porno, las deudas y las leyes proliferan, y con ellas hay un sentido reptante de miedo generalizado, que duerme por unos cuantos meses antes de despertar con cada nueva calamidad. Todos los edificios se funden en una casucha aislada, y las costumbres locales flaquean. Los cazadores-recolectores abandonan sus bosques y logran ganarse el sustento sirviendo en las fincas de poblados que los odian, los campesinos que siembran abandonan la agricultura y se ganan el sustento sirviendo en alguna fábrica de cepillos electrónicos para mascotas, y la clase trabajadora abandona sus herramientas y asiste a muchas muchas conferencias sobre productividad. Conforme el colapso progresa, el hielo se derrite, cesan las estaciones del año, los océanos suben, los bosques mueren, los pozos se secan, los ríos se desbordan, los desiertos se esparcen y al suelo se lo lleva el viento. No hay ya más pájaros, ni peces, ni ranas, ni mariposas o abejas. El maíz es lejano al oído y el grano es vano, hay poca savia. Los incontables millones comienzan a moverse y no hay fuerza policiaca que sea lo suficientemente poderosa, no hay muros lo suficientemente altos, para mantenerlos fuera. Así que los aniquilarán.
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De los apartados que se anotan, uno de los más reveladores de la imaginación tras esta enciclopedia de la transgresión conceptual que promueve Darren Allen, es utopía: ese lugar sin leyes, sin policía o control central, gobernado por la inteligencia y las tradiciones fluidas, sensibles y conscientes de las situaciones, donde los humanos se juntan en grupos plenos, libres de hacer lo que les plazca, pero atentos a los límites de tradiciones y cuidados fluidos, con naturalidad pero con pasión, gozo, sutilezas y sentido de lo obvio que permitan la diversión, en un ámbito sin propiedades, excepto lo que utiliza cada quien y que lleva consigo. Sin clases —y donde toda la plusvalía del trabajo productivo se reparte (y donde toda la actividad, todo lo que se hace aunque sea productivo es disfrutable); donde la gente está pendiente de no destruir la Naturaleza, lo silvestre, usando técnicas ya muy comprendidas (modos de vida con poco gasto de energía, restauración de suelos, una agricultura que equilibre, que permita volver a lo silvestre...).
Darren Allen sigue así nombrando rasgos que te imaginas que pueden caber en su relato: “sin ego”, “sin profesiones médicas”, “sin exceso de especialistas”, “sin la profesión de maestros”, “que de todos lados surjan genios”, “que las personas estén con la voluntad de hacerle caso a los diez mil años de técnica que podamos invocar”, “con hogares bio-fractales”, “donde toda sociedad que busque el bien pueda caber”, “donde se permita que ninas y ninos se hagan amigas y amigos del OTRO” y que mediante su experiencia física activa, compartan con amigos no especializados que cargan su propia naturaleza no esclavizada. Colectivos que compartan la vida en lugares de agricultura de traspatio sin grandes pretensiones, rodeados de personas que dominen sus oficios y sus cuidados en medio de las colinas circundantes, anidando junto “a extensos bosques de estudio civilizado”. Gente dispuesta a rebasar “los egos, las muertes, las sequías, los crímenes, las colisiones”. Donde sea posible “escuchar el llamado de los robles”, donde puedas admirar a los pájaros y nadie busque la perfección que de inmediato te lleva al sueño poco realista de intermediaciones sin fin, normado y controlador de las distopias tipo Orwell, Huxley o Philip K. Dick, que determinan lo que hoy configura “la locura distópica de la desintegración del ego —con sus crímenes, su guerra, el hambramiento masivo, los Estados policiacos-corporativos-genocidas— que hoy se tiende por todo el mundo y que continuará hasta que no sea posible ignorarla”.