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A PROPÓSITO DEL AJOLOTE

HERMANN BELLINGHAUSEN

“Lo vi beber agua y luego hacer buches como quien está enjuagándose la boca; pero lo que pasaba era que se había tragado un buen puño de ajolotes, porque el charco donde se puso a sorber era bajito y estaba plagado de ajolotes. Debía de tener hambre”. Juan Rulfo: “El hombre”, en El llano en llamas, 1953.

Ahora que oficialmente el ajolote es rosa y de ojos azules y como mascota regional representa a la Ciudad de México asomando por toda la urbe, incluidos resquicios, puestos de peluches y hasta cascos de los motociclistas, acaso sea útil un repaso de lo que ha sido para los mexicanos (whatever that means) ese anfibio, tan-tan icónico como las Fridas en los días que corren: maravilla natural, curiosidad científica, metáfora filosófica, mito ancestral, pretexto literario o sicológico, y hoy, presunta leyenda urbana. Bienvenidos al género Ambystoma.

Diecisiete son las especies del anfibio más raro y sugerente del loco mundo. Quince de ellas en algún nivel de riesgo; una, la de Xochimilco (CDMX), al borde de la extinción. Confirmación perfecta de la metamorfosis de la salamandra, un momento en el que Dios realmente jugó a los dados y dejó caer sobre lo que ahora es México a ese “lagartillo de agua”, según lo denomina Bernardino de Sahagún (1499-1590) en una de sus varias y breves menciones a dicho “animalejo” a lo largo de su Historia general de las cosas de Nueva España.

Aída Ortega Cambranis, investigadora del Instituto de Fisiología de la Universidad Autónoma de Puebla, ofrece una descripción suficiente (Elementos, ciencia y cultura, BUAP, número 36, noviembre-enero, 2000):

Ajolote (del náhuatl axolotl: atl, agua y xolotl, monstruo; monstruo acuático), anfibio, urodelo de la familia de los salamándridos (Proteus mexicanum L., Siredon humboldti B.) habita en los lagos de México central. Parece un renacuajo gigante, pues mide alrededor de 20 centímetros de largo. En las extremidades torácicas tiene cuatro dedos y cinco en las abdominales. Posee en el lomo una especie de peine (aleta) que llega hasta la cola; es de color parduzco obscuro con pequeñas manchas blanquecinas de gran eficacia mimética, pues lo hacen confundir con las piedras. Puede respirar por las branquias (tres pares de branquias laterales externas) y con los pulmones.

El ajolote (cada año más raro debido a la reducción de los lagos del valle central) era un manjar exquisito para los habitantes del México prehispánico, pues su sabor es parecido al de la anguila. El jarabe de ajolote se empleaba como reconstituyente de la misma manera que, hasta hace muy poco, se utilizó el aceite de hígado de bacalao.

En la mitología náhuatl, el ajolote es la advocación acuática del dios Xolotl, hermano mellizo de Quetzalcóatl, monstruoso a causa del nacimiento gemelar. Xolotl se encuentra asociado a la idea del movimiento y de la vida, de acuerdo con la leyenda del Quinto Sol. La dualidad se manifiesta en las transformaciones a las que recurre para evitar el sacrificio. Bernardino de Sahagún cuenta que Xolotl rehusaba la muerte, huyendo cuando vio llegar al verdugo, y ocultándose en las milpas, se convirtió en una planta de maíz de dos cañas o ajolote (xolotl); al ser descubierto echó a correr otra vez y se escondió en un magueyal, donde tomó la forma de una penca doble o
mejolote (metl-maguey y xolotl). Una vez más lo halló el verdugo y escapó de nuevo introduciéndose al agua, donde se transformó en un pez llamado axolotl. Ésta es su última metamorfosis. Finalmente, el verdugo lo atrapó y le dio muerte. Xolotl es un dios que le tiene miedo a la muerte, que no la acepta y quiere escapar de ella mediante sus poderes de transformación.

Entre más se sabe de este anfibio, menor es su número. Se distribuye en Michoacán, Estado de México, Puebla, Jalisco, Durango, Chihuahua, Tlaxcala, Veracruz, Coahuila, Querétaro y Guanajuato, además de la Ciudad de México, donde sobrevive apenas en acuarios y estanques artificiales (ajolotarios). Varían las variedades: Achoque de Pátzcuaro, o Achójki; Axolotes de Chapala, Toluca, Río Frío, Lerma, Xochimilco (mexicano), arroyero, del bosque de pino (Durango), de Alchichica (Puebla), de Guerrero y de cabeza chata (Tancítaro, cerca de Morelia). Además, achoque de Zacapu, ajolote Tigrinum (oriente de Puebla), y de piel fina (San Martín Asunción, Estado de México). Tenemos (¿tuvimos?) una curiosidad, pues fue descubierto por el paisajista y naturalista José María Velasco, de quien recibe el nombre, Ambystoma velasci (Dugès, 1888), o Axolote del altiplano, originario del lago Santa Isabel, cerca de la Villa de Hidalgo (hoy alcaldía Gustavo A. Madero). Tirando al norte quedan el axolote tarahumara, Salamandra de la Sierra Madre Occidental o Salamandra tarahumara, y el tigre rayado en Texas, en lagunas próximas al río Bravo.

El ajolote ha ocupado el imaginario ilustrado en tres o cuatro etapas históricas distintas. Dichas de manera casi pedestre, primeramente serían la prehispánica (mítica, gastronómica, simbólica) y la novohispana (“descubridora”,

descriptiva, racional, considerada la especie digna de registro por los cronistas Francisco Cervantes de Salazar (1566), Sahagún (1577) y Francisco Hernández de Toledo (1577). Más adelante, del interés de científicos como Alexander von

Humboldt y la trunca Real Expedición Botánica a Nueva España, en la antesala de la Independencia. Por cierto, resulta curiosa, por decir lo menos, la observación de Hernández de Toledo (Obras completas, 4 v., UNAM):

Tiene vulva muy parecida a la de la mujer, el vientre con manchas pardas, y desde la mitad del cuerpo hasta la cola, que es larga y muy delgada en su extremo, adelgaza gradualmente; tiene por lengua un cartílago corto y ancho; nada con las cuatro patas, que terminan en dedos muy parecidos a los de rana; la cabeza es deprimida, y grande en relación con el cuerpo; la boca entreabierta y el color negro. Se ha observado repetidas veces que tiene flujos menstruales como las mujeres, y que comido excita la actividad genésica, no de otra suerte que los estincos, que algunos llaman cocodrilos terrestres y son quizá de su misma especie. Suministra un alimento saludable y sabroso. Se preparan de muchas maneras, fritos, asados o cocidos. Los españoles los aderezan generalmente con clavos de especia y pimientos de Indias; los mexicanos con el pimiento solo, molido o entero, condimento muy común de que gustan sobremanera. Tomó su nombre de la forma rara y divertida que tiene.

Tras un hiato de siglo y medio, donde no se le hace mayor caso al ajolote fuera de las ciencias naturales y las mesas del campesino que lo pesca y pone al fuego para comerlo, se sabe que con deleite, el Ambystoma vuelve a mediados del siglo XX en la literatura, la filosofía “de lo mexicano” y las interpretaciones antropológicas de un sector específico de la intelectualidad.

Así, el ajolote languidece en el mundo material por el

desecamiento y la contaminación de lagos, lagunas, humedales y riachuelos a causa del progreso. Debido a su escasez creciente dejó de ser manjar para los indígenas, pero a mediados del siglo XX aparece brillantemente en la literatura a partir de un popular cuento de Julio Cortázar (“Axólotl”, en Final del juego, 1956). Y otro en Bestiario (1959) de Juan José Arreola, haciéndole eco al sabio toledano: “¡Simillima mulieribus!, exclamó el atento fraile al examinar detenidamente las partes idóneas en el cuerpecillo de esta sirenita de los charcos mexicanos”.

Todo indica que el actual malentendido propagandístico del gobierno capitalino de cara al Mundial de la FIFA se origina en Cortázar, quien sostiene un encuentro metamorfósico con los “pequeños rostros rosados aztecas” en el acuario del Jardin des Plantes en París. El personaje, muy a tono con el mito, se “transforma” en ajolote. Sólo que esas creaturas rosadas son raras, anómalas, en ocasiones albinas, y no representan al verdadero ajolote común, generalmente negro, café, pardo o verduzco. Al elegir a la “sirenita” rosada, el gobierno local muestra que se creyó el cuento, en vez de ser fiel a lo real, el amenazado axolotl de color oscuro.

Pero antes del actual uso folclorizante, turístico y propagandístico que llevó el rosa del modelo natural al violeta de las feministas (Pantone 18 3838, Violet C o Ultravioleta), estuvo el auge del Amblystoma como símbolo de la identidad, o más bien el conflicto de la identidaddel hombre blanco al que le ocurre ser mexicano-hamletiano.

La culpa la tiene Octavio Paz, quien curiosamente no lo nombra en El laberinto de la soledad (1950), pero con su influyente indagación de “lo mexicano” remite al ajolote, si bien le debe su gran poema Salamandra (1962), más cercano a la mitología mexica que a las dudas existenciales del presunto “hijo de La Chingada” que tanto impactó a la escuela paciana de escritores:

Comenzó el movimiento anduvo el mundo
la procesión de fechas y de nombres
Xólotl el perro guía del infierno
el que desenterró los huesos de los padres
el que coció los huesos en la olla
el que encendió la lumbre de los años
el hacedor de hombres
Xólotl el penitente
el ojo reventado que llora por nosotros
Xólotl la larva de la mariposa
el doble de la Estrella
el caracol marino
la otra cara del Señor de la Aurora

Xólotl el ajolote

José Emilio Pacheco se atiene a lo prehispánico en el poema “Brusco olor del azufre” (El reposo del fuego, 1966), pero ya muestra la tendencia a la interpretación moderna:

El axolotl es nuestro emblema: encarna
el temor de ser nadie y replegarse
a la noche perpetua en que los dioses
se pudren bajo el lago y su silencio
es oro —como el oro de Cuauhtémoc

que Cortés inventó.

También Salvador Elizondo cae en el hechizo ajolotero heredado de Paz en el relato-ensayo “Ambystoma tigrinum” (El grafógrafo, 1972). Lo encuentra “verguiforme”, de “monumentalidad delirante”, y extrae conclusiones casi tan fantásticas como las de Cortázar: “El ajolote es un objeto a partir del cual se puede instaurar el fundamento crítico de una cultura: la cultura axólotl, por ejemplo: su función representa en el ámbito de la naturaleza (o de lo natural o ‘exterior’), una forma de civilización interior”. Algo hay de hermafrodita, implícitamente. Se permite darles gotas de mariguana para observar sus ojos, y con ellos viaja al pasado azteca muy a su manera:

La condición de los ajolotes que hemos encontrado que proliferan en los fangales que la marea del lago forma cerca de las cavernosas garitas y pórticos de la muralla, invadidos de la tersa muchedumbre de las diminutas algas color de sulfato de cobre que las recubren, expresa claramente un hecho de desesperación racial en el que se conjugan simbólicamente las dos formas extremas de la vida aquí: el águila que vuela y preda y el ajolote que nada y medra. En medio de ellos el constructor de este sueño de lodo y de piedras enormes se ajetrea en el barullo de los mercados y en las inmediaciones de los templos donde se da el espectáculo de los sacrificios humanos; donde se come el pozole y donde los hombres se reúnen a conversar acerca de la próxima venida de Serpiente Emplumada, mientras defecan contra los basamentos del Gran Templo.

En un segundo momento de esta indagación aparece la novela Materia dispuesta (1997) de Juan Villoro, donde su personaje Mauricio Guardiola, avecindado en Xochimilco, anda búsquese y búsquese. El ajolote de Villoro es una representación del mexicano híbrido, afín a las interpretaciones antropológicas de Roger Bartra en La jaula de la melancolía (1987), a su vez en franca deuda con El laberinto de Paz. El mismo Bartra dará a conocer una nueva indagación antológica en Axolotiada (2011), donde además ahonda y reparte enfoques con autores afines a esos usos literarios y digresivos: Rafael Lemus, Pablo Soler Frost, Héctor Manjarrez, Alberto Ruy Sánchez, Verónica Volkow, Christopher Domínguez, Carlos Chimal, Verónica Murguía y Ana García Bergua.

La memoria ritual y mitológica, observada por Alfredo López Austin, Elisa Ramírez Castañeda y otros investigadores, así como su condición natural en la literatura

juvenil de María Baranda (Un ajolote me dijo..., 2017), mantiene vigencia entre los pueblos originarios sin mucho que ver con las angustias identitarias de los escritores contemporáneos, en su mayoría hijos o nietos de migrantes europeos, y como tales con acuciantes conflictos de identidad: ¿Soy mexicano? ¿Qué tanto? ¿De qué manera?

Una aparición estelar reciente del ajolote conflictuado está en la pretenciosa película Bardo, del cineasta y académico de la lengua Alejandro G. Iñárritu, otro deudor del mismo tic cultural de los desarraigados.

La sabandija, la “comida de los señores” que registró el padre Sahagún, ha cambiado de significado. Sexualizado con malicia por Arreola y Elizondo, conserva su sentido ancestral en Paz y Pacheco que, en la senda de la recuperación mítica de Xólotl en Sahagún, ven al ajolote como un ser que cambia para huir y protegerse, se transforma para engañar al enemigo.

Hoy ya no se come, pero se ha acomodado en el imaginario cultural del “mestizaje”, ampliamente asumido como parte de “lo mexicano”, aunque la relectura del término por Federico Navarrete pone al mestizaje en el origen del racismo vergonzante del México no indígena. La búsqueda de la “identidad nacional”, preocupación de origen decimonónico, concibe al “mexicano” de manera integral, en una ideal egalité ciudadana (no la económica ni social, desgraciadamente) propia de la Ilustración. Tal visión rema a contracorriente de la pluriculturalidad, la múltiple identidad específica que concibe la diferencia como parte de lo mexicano.

Por su parte, y de manera muy creativa, en Noticias del Imperio (1987) Fernando del Paso hace soñar la emperatriz Carlota, lectora indigesta de Humboldt, que parirá un ajolote. Del Paso lo traduce al código de la locura.

Mientras el intelectual blanco busca su identidad, los pueblos originarios (y sus actuales expresiones intelectuales y artísticas) defiende la suya, resiste, sobrevive en ella. En todo caso más cerca del Xólotl prehispánico, con la artimaña del sobreviviente a la manera de Odiseo, que del Hamlet anfibio de los autores modernos. Respecto a su uso político, implícito pero explicito, en la iconografía pública en la CDMX, peca de obvio el ajolote como símbolo de la “transformación” del discurso oficial, pero resulta más inquietante la elección del ajolote anómalo, escaso y frágil, convertido en personaje de historieta y gancho turístico. El mexicano, como el ajolote, es de color mayoritariamente oscuro. Prieto, moreno, del color de la tierra. A los diseñadores novohispanos de la imagen guadalupana no les pasó desaparecibido el detalle. Cristo siempre será blanco, y hasta rubio, pero “la virgen que forjó una patria” tiene el color del pueblo, no el de los invasores, los patrones y los turistas.

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