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BIOTECNOLOGÍA LA DESTRUCCIÓN DE NUESTRO SENTIDO Y NUESTRO TIEMPO

RAMÓN VERA-HERRERA

Cómo ubicar las innovaciones científicas y tecnológicas dentro del uso que hace de ellas el capitalismo, se preguntaba Andrés Barreda, y de entrada nos pidió NO ubicar estas innovaciones como algo aislado del capital sino como mediaciones utilizadas por éste. “El enfoque histórico nos permite apreciar la explosión incesante de innovaciones científicas y técnicas que ocurren cotidianamente desde hace doscientos años. ¿Hacia dónde se dirige esta euforia instrumental de la civilización material capitalista?”. Para él todas estas innovaciones son modos de levantar “un poder tecnológico avasallador al que le resulta cada vez más fácil reducir nuestras escasas libertades”. Es un paquete que incluye la electro-informática, la inteligencia artificial, el impulso al software, la nanotecnología, la ingeniería genética o biotecnología, las criptomonedas y otras muchas aplicaciones “destinadas al espionaje, al control o destrucción militar, a la manipulación exhaustiva de los consumidores”.1 Asistimos a la proliferación de “inventos, descubrimientos e innovaciones” y a su vez al atropellamiento de la humanidad con dispositivos de muerte, diseñados para destruir. El momento de sobreacumulación que vivimos provoca que se desaten procesos digamos “constructivos” como estas innovaciones tecnológicas, a la vez que existe la urgencia por destruir lo que supuestamente le estorba a la reproducción del capital. La paradoja de la paradoja es que esas innovaciones destruyen y aplastan (porque dejan de considerarlas) interminables dimensiones naturales, entre ellas el sentido del tiempo que nosotros sí seguimos teniendo. África es uno de los lugares donde esto aparece más siniestramente, a lo que se suma el robo y acaparamiento de datos públicos, privados y personales, la minería de criptomonedas, los centros de datos y el entrenamiento de la Inteligencia Artificial.

El momento actual de expansión de la biotecnología (edición genómica, transgénicos, impulsores genéticos, la llamada biología sintética) es un momento en que asoma con mayor claridad que nunca antes que el proyecto de la biología actual termina requiriendo la desaparición del campesinado, de los pueblos originarios y afrodescendientes, todo lo que sea independiente, todo lo que mantenga territorios defendidos por los pueblos, toda relación que los pueblos mantengan con sus cultivos, con sus semillas y por supuesto con sus territorios, con sus modos de vida e incluso con su propia plenitud. Son innovaciones que insisten en imponer un modelo contrario a lo que reclaman los pueblos. Una biología a la que no le importa el curso de los procesos naturales en los metabolismos de los seres vivos, sino que mediante manipulaciones busca que esos metabolismos sigan el camino que se les indica para obtener un producto industrial, como lo puede ser un X ingrediente activo. Incluso llegando a la ingeniería genética extrema: la biología sintética que resume procesos y escalas, les altera, les manipula, les obvia.

Ala tecno-ciencia le conviene promover una visión de que con la biotecnología, y en particular con la desfiguración genética de los organismos, se arriba con gran facilidad a una versión más moderna, científica, tecnificada y eficaz del mejoramiento de variedades, o del control de las afectaciones, de los productos de la medicina, cual si la biotecnología contemporánea con sus procesos de diseño industrial de corta y pega pudiera sustituir los procesos de los saberes relacionados con diversos procesos del mundo: milenarios, intergeneracionales y con temporalidades concomitantes, sincrónicas y cíclicas a la vez, por unos “procesos” mucho mejores porque están bajo control, según insisten. Por ahora se han enfocado en cultivos, aunque ya surgen otros ámbitos de lo vivo que quieren “editar”.

Por eso hay que desnudar sus sentidos engañosos que utilizan gobiernos y corporaciones para aprobar la edición génica como si no tuviera problemas semejantes a los transgénicos tradicionales, ni los efectos de contaminación y promoción de agrotóxicos que son cada día más escandalosos y envenenantes.

Su discurso oculta siempre la violencia directa que busca borrar, erradicar las interacciones que han implicado conversaciones colectivas mantenidas por generaciones en una crianza mutua muy fructífera con sus cultivos, con su entorno, con sus semillas, en sus escalas naturales, milenarias. El caso del maíz es emblemático. Estas “conversaciones” —interacciones entre los cultivos y los pueblos con quienes se han relacionado— a lo largo de por lo menos 6 mil 500 años (la ventana se extiende hasta 8-9 mil años) y “más de 300 generaciones de pueblos lograron generar su adaptación agronómica a todos los agro-nichos edafo-climáticos donde hubo y hay asentamientos humanos”.2

Son metabolismos complejos de larguísima duración que nunca embonarán en las compartimentaciones y clasificaciones instantáneas que plantea esta biología que se dice todopoderosa. Porque no es solamente que los procesos de laboratorio actuales son de otro orden, con ese acomodo artificial, de “diseño” constreñido a gabinetes de experimentación y a procesos encajonados en parámetros ideales, sino que sus usos e implementación implican graves afectaciones a la relación entre los pueblos y sus cultivos (para atenernos a los productos de la biología o la agricultura), no sólo por contaminaciones y desfiguraciones genéticas, sino porque todos los procesos milenarios implícitos se ven trastocados, en el mejor de los casos, o están amenazados de desaparecer por la intención directa de las corporaciones e institutos de subsumirlos y desaparecer la agricultura. La ingeniería genética o biotecnología, o como quiera que le llamemos a esta rama de la tecno-ciencia, es entonces un factor importante en la deshabilitación —elemento constitutivo de la guerra a la subsistencia, de la guerra de genocidio contra el

campesinado [y los pueblos originarios, que son quienes mayoritariamente siguen sosteniendo esa batalla ontológica, política, económica o socio-ambiental, como le dicen ahora].

De entrada, la tecno-ciencia quiere imponernos un modo de aproximarnos al mundo. Nos arranca de nuestras fuentes de entendimiento e implicación con lo que investigamos, nos deshabilita de nuestros medios más creativos y nos impide resolver por nosotros mismos lo que más nos importa. Se llega al extremo de pensar que esas innovaciones como los transgénicos, como los productos de la edición génica, como las supuestas invenciones de la biología sintética, son normales, naturales y mejores. Desde el trigo para “quitarle el tizón bacteriano”, el teff, el maíz y la cebada con variedades enanas hiperfertilizadas, la mostaza con biosíntesis de ácidos grasos, o los bananos y las papas, para que tengan más betacaroteno. Son extremos los intentos de la biología sintética de sustituir todos los procesos implícitos en el cultivo de la vainilla para producir su componente activo: el vainillín.

La biología sintética compacta las escalas y los procesos, y en el fondo, encarna una avidez por quemar etapas. Tirar a la basura pasos de un complicado proceso temporal y de atenciones y detalles que implican labores de varios meses que son sustituidos y no considerados por las metodologías de laboratorio. Es una tecnología inmediatista que menosprecia los variadísimos y profundos meandros del tiempo.

Cuando hablamos de este tipo mercenario de ciencia y tecnología, en realidad estamos hablando de técnicas que nos enajenan porque nos alejan del corazón de un fenómeno: del centro mismo desde donde ocurren los fenómenos.

En sentido contrario, vayamos proliferando los saberes cotidianos ancestrales de las comunidades. Tenemos que conferirle a todos los procesos implícitos nuestro sentido, nuestro horizonte, nuestra propia reproducción, que no es lo mismo que la replicación planteada por el capital.

El ataque es que nos quieren impedir la relación con nuestra historia de entendimiento cercano con un espacio, con nuestras tierras, con el agua, con el bosque, con nuestras semillas, con nuestros modos de nacer y parir y cuidar el nacimiento, con nuestras formas de cultivo, con nuestros modos de curación, con nuestro entendimiento de la alimentación, con nuestras formas de trasladarnos y convivir en comunidad.

Es un ataque integral contra nuestras relaciones y nuestra vida entera. Es la subsunción de los diversos procesos [inescapablemente temporales] de una relación, a un proceso único de laboratorio. Éste es un momento de despojo no reconocido. y es de nuevo la insistencia en “el monopolio de un modo industrial del pensamiento”.

Lo que necesitamos, en cambio, es una ciencia politizada que nos haga ver la falsa separación entre las ciencias de lo social y lo natural que nos hizo perder la integralidad de la ciencia. Para peor, los avances técnicos de la biotecnología miden muy burdo y sin complejidad, por lo que confeccionan remedios que funcionan para replicar al capital pero que conllevan infinidad de daños colaterales. Sus efectos son devastadores del ambiente, de la socialidad, de la salud, de la percepción, de la dignidad, de la ética, de la epistemología, de la integridad de los seres y personas. Por tanto, no asumir la responsabilidad por todos estos efectos es criminal, genocida y su impugnación se torna profundamente política.

El investigador argentino Andrés Carrasco, uno de los científicos que estudiaron los efectos del glifosato y su nocividad extrema en las más diversas condiciones, dijo poco antes de su fallecimiento: “El anacronismo de la genética en que se basan los transgénicos (y por ende la edición génica) exige que se destruyan las matrices complejas como las de las comunidades campesinas o los pueblos originarios”.

Y es por eso, afirmaba, que no les importa que se destruya el tramado ancestral de semillas nativas, sumergido en toda la complejidad de la vida, en un flujo de conversaciones y potencialidades. Carrasco continuaba diciendo: “Hay una integralidad de los procesos que los hace únicos a una historia y a un conjunto de circunstancias actuales. Un fenómeno es indivisible y entraña incertidumbre dialéctica. El laboratorio no puede abarcar la complejidad de la vida. Cuando mucho refleja una metáfora circunscrita de lo que ocurre afuera”.

Carrasco salía al paso de una visión positivista que propone que es posible abarcar la complejidad de la existencia

reduciéndola a las premisas del laboratorio, estableciendo sus pasos metodológicos como “representativos” de una universalidad que subsume todas las situaciones, todos los tiempos y todos los espacios.

Esta seudociencia de grandes credenciales, enorme financiamiento y logros concretos basados en la instrumentación de sus certezas niega la vastedad de la existencia y la complejidad que nos circunda.

Carrasco concluía: “Como la metáfora que produce es una de mecanismos, se convence de ser una tecnología, y de que esta tecnología se iguala a la ciencia. Entonces asume que sus logros son universales”.3 “La vertiginosa medida de la tecno-ciencia contemporánea es sólo posible por la empavorecida arrogancia de pretender desterrar todos los misterios, cerrando la puerta a todo lo que no se entiende”.

Notas:
1.
Andrés Barreda, “Uso y sentido de la innovación científica y técnica en el capitalismo”, material de trabajo del Capítulo México del Tribunal Permanente de los Pueblos, 2011-2014.
2. “De esta manera se generó una diversidad única que hoy está representada en México por unas 60 razas nativas y 23 mil variedades que se distribuyen entre las diferentes regiones geográficas. Cada semilla de maíz es un genotipo diferente, tratándose de 0.24 billones de semillas que producen 72 billones de granos cada año en 2.3 millones de unidades de producción. Éste es uno de los mayores laboratorios de generación de biodiversidad que pueda imaginarse”. Ver Silvia Rodríguez Cervantes, Elizabeth Bravo, Julio Muñoz Rubio y Carlos A. Vicente (2013), Dictamen de la Pre-audiencia Científica “Cultivos transgénicos: el caso de México con énfasis en el maíz”, en el Eje Violencia contra el maíz, la soberanía alimentaria y la autonomía, Tribunal Permanente de los Pueblos, 12-14 de noviembre de 2013. En Colectivo por la Autonomía, Grupo ETC y GRAIN (2014), No toquen nuestro maíz. El sistema agroalimentario industrial devasta y los pueblos en México resisten, GRAIN y Editorial Ítaca, México, mayo de 2014.
3. Andrés Carrasco, comunicación personal y La ciencia a la intemperie, Editorial Tierra del Sur, 2015.

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