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INTELIGENCIA HUMANA ¿O ARTIFICIAL?

CLAIRE LAPIQUE

Cada vez que le pides a la Inteligencia Artificial que te dibuje una bobada se consumen litros y litros de estas aguas. Por eso tuvimos una idea, por un día no le pidas a la IA, pídennos a nosotros. Así empieza el anuncio para participar al proyecto Quilli.ai, lanzado en enero 2026 por habitantes del pueblo de Quilicura, en Chile. En un día, se transformaron en “inteligencia humana” para resistir a la implantación de centros de datos en su localidad, una zona conocida por albergar uno de los más grandes humedales del país, y así visibilizaron el costo de una consulta a un chatbot: entre 0.5 y 2 litros de agua.

En México, el estrés hídrico tampoco ha impedido la inversión de grandes empresas en la imposición de su nueva realidad virtual. Querétaro, en específico, cuenta con una docena de centros de datos activos y se proyectan al menos diez más, con inversiones de hasta 12 mil millones de dólares. En las localidades del valle se ha reportado escasez de agua con frecuentes cortes y apagones, de modo que se han formado redes de resistencia para exigir transparencia y pedir una justa distribución del agua en una zona ya sobreexplotada.

A sabiendas que la inteligencia artificial puede consumir hasta 100 mil litros de agua por minuto, según un informe de Business Energy UK, ¿cómo se podrá sostener esta justicia ambiental? El agua se usa principalmente para evitar el sobrecalentamiento de los centros de datos, pero también para la generación de electricidad y la fabricación de hardware. El consumo de agua depende de las infraestructuras, siendo los mega-centros los que más gastan, llegando a utilizar varios millones de litros diarios. Sin embargo, para un usuario, es una especie de agua fantasma: no se ve, no se percibe: y, por ende, no existe.
Este costo oculto podría aumentar más si nos dejamos llevar por el entusiasmo irracional por la IA. Para 2027, su demanda en agua podría pasar de mil 100 millones a entre 4 mil 200 millones y 6 mil 600 millones de metros cúbicos. Sin embargo, las reservas de agua dulce han disminuido en un promedio de 324 mil millones de metros cúbicos al año durante los últimos 20 años, según un informe del Banco Mundial. ¿Cómo hemos llegado al punto de privilegiar máquinas de nubes virtuales, en un mundo donde las nubes mismas sofocan?

Con la llegada de la inteligencia artificial, nos hemos preguntado hasta qué punto nos iba a reemplazar, si podíamos seguir siendo creativos o cómo íbamos a distinguir la verdad de la mentira. Pero más allá de nuestra

esfera humana, la inteligencia artificial también influye en la realidad que construimos. Crea una nueva línea ontológica: otorga poder y capacidad de acción a un producto electrónico, hasta el punto de decirle: “tú”. En este mundo, resulta más extraño conversar con el mundo vivo que nos rodea que con una máquina preprogramada.

Esta visión mecanicista de la realidad no es reciente; es producto de una larga historia de despojo en la que las visiones concurrentes de un mundo vivo han sido perseguidas y siguen siendo negadas, como señala brillantemente Carolyn Merchant en La muerte de la naturaleza: mujeres, ecología y la revolución científica. Esta perspectiva va acompañada de un modo de conocer que, como señala la autora, se ha construido a través de una explotación cada vez más violenta de la Tierra, pero también de las mujeres y de las poblaciones colonizadas. Esta violación fue teorizada por los “padres” de la ciencia moderna. Basta con leer a William Derham (1713: 111) en Física Teología:

Podemos, si es necesario, saquear todo el planeta, penetrar en las entrañas de la Tierra, descender a lo más profundo de las profundidades, viajar a las regiones más lejanas de este mundo para adquirir nuestras riquezas y aumentar nuestros conocimientos o simplemente para complacer nuestros ojos y nuestra buena voluntad. (Citado en Merchant, 2020: 362).

La inteligencia artificial sigue el mismo proceso. Lo que está en juego son nuestras relaciones de conocimiento y nuestra forma de habitar el mundo. Para saciar nuestra sed de conocimiento, no dudamos en destruir el

mundo vivo. Con frecuencia, son las mismas poblaciones colonizadas las que son explotadas —porque la IA requiere entrenamiento por parte de mano de obra barata— y cuyo territorio es ocupado para establecer nuevos centros de datos. ¿En nombre de qué conocimiento puede la Tierra seguir sufriendo de esta manera?.

CLaire Lapique es socióloga, periodista científica y poeta. Obtuvo su doctorado en ciencias sociales en la Universidad Veracruzana y la Universidad de Estrasburgo. Su trabajo de investigación explora las relaciones de poder que afectan los espacios de conocimiento comunales con defensores/as y sanadores/as en Oaxaca y Veracruz.

Fuentes:

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