LOS WIXARITARI DE ZACATECAS
La ritualidad de los wixaritari dista mucho de ser un vestigio de “ancestralidad” o una serie mecanizada de prácticas culturales en vías de extinción. En Zacatecas, los ritos son actos políticos, acciones soberanas que dejan entrever una pugna por el reconocimiento y los derechos de los pueblos originarios en un Estado que sistemáticamente se empeña en desconocerlos. La visión paternalista y folclorizante proyectada por el gobierno local —y sus agencias turísticas y culturales— da pie a variadas exhibiciones de la más grosera manipulación política. En este escenario, a manera de ejemplo, pululan gubernaturas indígenas ilegítimas, en manos de individuos sin una genuina identificación ni empatía por las dinámicas socioculturales de estas comunidades. Un fenómeno similar ocurre con ciertas asociaciones civiles, las cuales han pretendido
utilizar a los wixaritari como un ariete para lograr objetivos personalistas. Empleando la legítima bandera de una lucha histórica que no les pertenece apalancan los vínculos políticos para generar acuerdos supuestamente “a favor” y “en nombre de” pueblos originarios, manteniéndolos expectantes con promesas vacías de vivienda o empleo para después desecharlos sin más, provocando aún mayores rupturas al interior de estas de por sí muy endebles comunidades.
En estas latitudes, donde siguen siendo habituales los epítetos estigmatizantes como “huicholitos”, “inmigrantes”, “analfabetas”, “paracaidistas”, etcétera, habría que agregar aquel corrosivo culturalismo New Age que constriñe su ritualidad a un epifenómeno mágico-espiritual, diseñado para el entretenimiento, degustación estética y la “sanación” de un público cuyo principal padecimiento sería más bien el de la intensa abulia provocada por la vida moderna. Estas expresiones aparentemente inofensivas tienen como consecuencia cubrir bajo ese mismo velo de espiritualidad las crudas problemáticas que los wixaritari viven en este territorio en su día a día: la violencia, la falta de oportunidades, la explotación laboral y la aún palpable discriminación rutinaria e institucional.
Progresivamente, este menosprecio por el ritual, acorde a su incomprensión, genera su correlato en políticas públicas concretas, afectando la topografía de un territorio sagrado hoy mancillado y contaminado por la expansión urbana. La maquinaria productiva pretende llevar todo a sus fauces, sepultando un sinfín de sitios ceremoniales y sepultando las huellas de los ancestros deificados de los wixaritari.
S e trata de los primeros peregrinos, que en su ruta al sagrado Wirikuta dieron forma al paisaje, quedando ellos mismos petrificados en cerros, arroyos y ojos de agua; espacios donde hoy se erigen nuestros grises fraccionamientos, calles asfaltadas y vallas ciclónicas. Por tal motivo, una primera expresión de esta soberanía-ritual toma las características de una lucha en defensa del territorio.
Los casos de Makwipa en la capital zacatecana y Xurawe Muieka en Jerez son tan sólo dos muestras de la disposición de los wixaritari para proteger estos sitios sagrados frente a la ambición inmobiliaria, los megaproyectos estatales, terratenientes y hasta corporativos transnacionales entre otros actores aún más siniestros. ¿Qué voluntad los podría llevar a oponerse a estos leviatanes? Se trataría también de un férreo compromiso político, el establecido con las deidades (kakaiyarite) proveedoras de la vida y la reproducción; la lluvia que riega los campos y alimenta los hatos. Pero este pacto divino no tiene las características de aquellos —desgarradoramente actualizados— que entronizan a “pueblos elegidos” y vehiculan “destinos manifiestos”. Los dioses-soberanos de los wixaritari no están obligados con el hombre como en un contrato legal, ni tampoco en un sojuzgamiento avasallador. El estilo wixárika de comunicación con lo sagrado parece ser algo más parecido a un juego de seducción; el objetivo es cautivar a los dioses con danza, música, ceremonia y sangre sacrificial, para así retener momentáneamente sus dotes providenciales. Es éste el sustrato en el cual emergen a la manera de flores en tierra desértica los sitios ceremoniales de Zacatecas.
En segundo lugar, atendamos a la forma en que las acciones rituales son indistinguibles de la organización política de los wixaritari. Este mismo año, la comunidad wixarika de Zacatecas, hastiada de las perpetuas imposturas, convocó a una asamblea general con el objetivo de consolidar una organización representativa conformada exclusivamente por miembros de los pueblos originarios. Pero no fue casualidad que la justificación para tal convocatoria girara en torno a un tema más apremiante, concerniente al costumbre ritual: la necesidad de reconstruir su Xiriki (adoratorio ceremonial) después que los dos anteriores fueran incendiados en años consecutivos —intencionalmente o no— en el mismo cerro de Makwipa.
Elegido por medio del voto y respetando los usos y costumbres —que incluyen cierta potestad onírica, un método que aquí no vamos a poder profundizar—, el presidente de esta nueva organización, quien funge también como mara’akame (oficiante religioso), recibió además la encomienda de presentar este Xiriki ante los dioses. Al aceptar su compromiso ante la asamblea utiliza una muy afortunada metáfora al equiparar el trabajo político al de una obra de arte, como lo es un cuadro de estambre o chaquira (nierika); siendo de inspiración divina, el trabajo simplemente no puede quedar mal, ni dejarse a medias.
La ritualidad tiene una virtud inusitada para restaurar el tejido social. La mayoría de los wixaritari cohabitan en contextos urbanos y rurales complejos en Zacatecas, espacios que han resentido más que ningún otro los dramáticos acontecimientos experimentados durante las últimas dos décadas en materia de seguridad. La incertidumbre, el dolor y el desasosiego han provocado un desgarramiento en los lazos comunitarios, abonando a una visión desesperanzadora del porvenir. Frente a este escenario, el ritual opera reconstituyendo lo social en una doble vía; en primer término, como un vehículo para reivindicar la vida y la memoria familiar, honrado aquellas víctimas de una guerra que resulta ajena e inconcebible para los wixaritari. A través de la ofrenda se apacigua el duelo; tal como lo relata una joven wixarika al dejar un cirio para un ser querido arrebatado por esta guerra: “Lo recordamos, le traemos alimento aquí, donde le gustaba existir”. Paralelamente, los wixaritari hacen su parte para paliar esta crisis, fungiendo como curanderos tradicionales, los cuales son quizá la única opción para muchos zacatecanos de escasos recursos para atender estas aflicciones del alma, rescatar a los jóvenes de la depresión y la ansiedad, extrayendo de ellos el “mal” materializado de una realidad que se experimenta inasible e insufrible.
Históricamente, la antropología se ha enfocado en los rituales como acontecimientos que posibilitan la transición o metamorfosis de estatus individual —como aquellos ritos de paso que separan la juventud de la edad adulta.
Aescala comunitaria el ritual sigue analizándose predominantemente como un mecanismo de reproducción y estabilización cultural, más que acciones capaces de detonar una radical transformación social. Lo que estos ejemplos locales evidencian es una función del ritual como vector para la creatividad política; no como una etapa incipiente o prepolítica, sino en el sentido expuesto por David Graeber, quien, invirtiendo la célebre máxima de Clausewitz, concibe al ritual justamente como “la política por otros medios”.
Hoy en día, los wixaritari —hartos de etiquetas exógenas que pretenden relegarlos a la categoría de “indígenas migrantes”, ignorando las nutridas generaciones nacidas y enraizadas en la entidad— utilizan el ritual para derribar prejuicios y abrir las puertas para su reconocimiento, no sólo ante un estado negligente en esta materia, sino delante de sus propias comunidades tradicionales, Tuapurie, Wuat+a y Tateikie, que componen el mosaico de los wixaritari de Zacatecas. Pero, más allá de semejante coyuntura, continúan buscando la identificación y dialogando con sus dioses, lo que convierte a los sitios sagrados en verdaderos epicentros políticos o nodos de soberanía que integran esta ruta y este territorio sagrado.
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Guillermo Andrés Espinosa Rubio, antropólogo, pasante del doctorado en ciencias sociales por parte del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana. Actualmente realiza una investigación sobre la población wixarika de Zacatecas.