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¿POR QUÉ ME PIDEN QUE ME DISFRACE DE INDÍGENA SI YA LO SOY? / 350

ANDRÉS HERNÁNDEZ JUÁREZ

Por no vestir como mis abuelos totonacos lo hicieron, ¿significa que soy menos indígena? No lo sé, pero al parecer es lo que están inculcando las escuelas preescolares, primarias e incluso algunas universidades con modalidades interculturales, bilingües o rurales. Es triste saber que los maestros e instituciones están concentrados en disfrazar a los alumnos para cumplir con un festival escolar o un evento oficial, en lugar

de fortalecer genuinamente su identidad. Al hacer esto, caen en la trampa de la folklorización. Tratan a nuestra cultura como una exhibición estática del pasado, una reliquia para el consumo visual, y no como una realidad viva, compleja y presente.

La problemática radica en creer que vestirnos igual que nuestros antepasados significa, por sí solo, un avance para nuestra cultura, y no es así. Mientras el sistema educativo se empeña en reducir la identidad a una vestimenta, omite por completo la enseñanza y el fortalecimiento de la lengua originaria. Esto es un error grave, porque la lengua es nuestra trinchera de resistencia más fuerte, mucho más profunda que cualquier prenda impuesta por un currículo escolar. Hablar nuestra lengua es un acto político, defender el territorio también es defender la forma en que nombramos ese territorio, sus ríos, sus cerros y su historia. Cuando la escuela calla la palabra, pero exige el traje, vacía nuestra identidad de todo su significado histórico, no reconocen que ahora hay indígenas que ya no usan las indumentarias tradicionales, pero que cuentan con los otros elementos identitarios.

Actualmente, somos muchos en las comunidades los que no vestimos cotidianamente con naguas o calzón de manta, pero que asumimos un verdadero compromiso con nuestros pueblos. Nuestra identidad no se mide por la ropa, sino por las acciones: luchamos por preservar la lengua, promovemos la valoración de los productos locales frente al monstruo de las grandes empresas y exigimos el respeto a nuestros derechos como miembros de un pueblo originario. Es cierto que la vestimenta de los ancestros es hermosa y digna de respeto; sin embargo, a muchos de nosotros ya no nos inculcaron su uso diario. Portarla hoy sólo por cumplir con un protocolo o un compromiso institucional se convierte en un acto de simulación, es ponernos un disfraz para la foto mientras las realidades de nuestros pueblos siguen siendo atravesadas por la injusticia. Tenemos herramientas mucho más profundas para honrar nuestras raíces que una prenda impuesta para el consumo ajeno.

En el presente, las comunidades enfrentan problemáticas severas, entre ellas el despojo de sus tierras. Por eso, la verdadera educación intercultural no puede seguir siendo una pasarela de modas o un desfile de disfraces para el aplauso externo. Una institución verdaderamente comprometida debe dotar a los estudiantes de herramientas críticas, de conocimientos legales y de la conciencia de sus derechos lingüísticos para que puedan defender sus territorios cuando haya que hacerlo. Basta de usar nuestra identidad para sus fotos de simulación. Necesitamos una educación que arme, no que disfrace, no somos un atuendo, somos resistencia.

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