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¿QUÉ HACÍA YO ALLÍ? UN RELATO SOBRE LA LENGUA IMPUESTA

JUVENTINO SANTIAGO JIMÉNEZ

Ya había terminado el primer año de secundaria en Tamazulápam Mixe cuando mis tíos y mi hermano mayor decidieron que debía cursar el segundo en el internado de Reyes Mantecón. Cuando llegué a Oaxaca, ellos me dijeron:

–Tendrás que ir tú solo a hablar con el director de la escuela.

–Sí —contesté.

Antes de tomar el microbús que iba de Oaxaca a San Pablo Huixtepec, recuerdo muy bien las palabras que mi hermano me dijo que repitiera:

–¡Buenas tardes, profesor! ¿Habrá un espacio para que yo pueda estudiar aquí?

Ya sentado dentro del microbús, iba repasando la frase una y otra vez. Mis manos sudaban y mi cuerpo temblaba por el miedo a olvidarla o a pronunciarla mal; mi lengua materna era el ëyuujk (mixe) y apenas medio entendía el español. Mis familiares creían que el internado sería el espacio idóneo para que aprendiera esta lengua.
Llegué un viernes y me senté sobre la tapa de un registro de luz para seguir repasando las frases que tenía que decir. Durante el trayecto no había visto nada relevante, salvo que el terreno era completamente plano; un paisaje diferente y ajeno a mí, pues El Duraznal, mi hogar, casi siempre estaba cubierto de neblina y una fina llovizna caía de forma constante.

De pronto, alguien bajó por los escalones del edificio. –¿A quién buscas, muchacho?
–¡Buenas tardes, profesor! ¿Habrá un espacio para que

yo pueda estudiar aquí? —disparé de memoria.
–Por ahora el director no se encuentra. Regresa el lu

nes con tus documentos.
El lunes regresé acompañado por mi madrina Jua

na. Me aceptaron. En cuanto ella se marchó de vuelta a Oaxaca, quedé completamente desamparado. Al poco tiempo se me acercó un hombre bajito, de bigotes, impecablemente peinado y con zapatos negros que brillaban desde lejos.

–Pasa al comedor para que comas —indicó.

Hablaba fuerte y me miraba directamente a los ojos. Esquivé su mirada; infundía miedo.

–No, ya comí —le respondí.
–¿Qué no a eso vienes? ¿A comer? —me espetó. Desde el pasillo comencé a escuchar un ruido ensor

decedor, como si estuvieran tirando un montón de objetos de metal. Al asomarme a la puerta del comedor, vi a una multitud de alumnos devorando sus raciones. Eran ellos quienes provocaban ese ruido estruendoso al chocar los cubiertos contra los platos de peltre.

–¡Mira bien! En aquella mesa te sentarás y comerás —señaló el hombre con la mano derecha.

–Está bien —respondí.

Al llegar a la mesa, descubrí que allí estaba comiendo mi primo Godofredo, lo que me dio un breve respiro. Al terminar, el mismo señor bajito me llevó con el jefe del dormitorio “Ricardo Flores Magón”. Ya casi al anochecer, y tratando de encajar, comencé a jugar con otros niños a

echarnos agua con una pistola de plástico. El juego terminó pronto cuando uno de ellos amenazó con acusarme con el señor bajito por haberle mojado la ropa. Mi cuerpo se paralizó un momento.

–Te voy a dar cincuenta centavos, pero no digas nada —le rogué.

Tal vez el muchacho no entendió mi limitado español, pero al ver la moneda comprendió la propuesta. Ese pequeño soborno marcó la pauta de lo que serían mis relaciones y mi estancia en el internado. A partir de entonces, todas las noches me sentaba en la entrada principal a llorar en silencio. Me preguntaba: ¿es necesario vivir tantas cosas malas en una escuela sólo para aprender una segunda lengua?

La rutina era sinónimo de disciplina en aquella institución. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, nos despertó el profesor de Educación Física para hacer el aseo en los lugares que los jefes de equipo de cada dormitorio ya nos habían asignado. Aquel profesor tenía una estrategia infalible para que nos levantáramos tan rápido como pudiéramos: golpeaba las literas con un trozo de varilla. Después, íbamos a clases a las seis cuarenta y a las ocho almorzábamos. Las semanas comenzaron a volverse una eternidad, y llegó otro golpe demoledor cuando hicimos el primer examen en el área de Español. El profesor Fidel me asignó un 3.5 de calificación.

Esa nota no sólo indicaba que estaba reprobado, sino que decía que estaba muy lejos de aprender a hablar el español, que no sabía escribirlo y que tampoco comprendía una sola palabra de los textos de las demás asignaturas. Miré varios minutos mi calificación y volví a preguntarme: ¿qué hacía aquí y cómo había llegado?

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