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ENTRE EL CAMPO CRECÍ, EN SUS ENSEÑANZAS ME ENCONTRÉ / 350

ARIANA GONZÁLEZ DE LA CRUZ

Crecer en el campo no significa dejar de soñar pero sí aprender que los sueños se construyen con esfuerzo.

Crecer en el campo no te quita la niñez, te da raíces, te da fuerza y una historia que contar y en esta ocasión me toca contar la mía. No sólo soy hija, soy la mayor de mis hermanas y desde pequeña aprendí que mi lugar no sólo era jugar sino también cuidar, ayudar, ser responsable y a estar presente, aunque en ese momento no lo entendiera así. Recuerdo los fines de semana que desde muy temprano antes de que el sol pegara sus primero rayos, mi mamá ya empezaba a lavar la ropa para que durante el resto del día se secara y yo le ayudaba cuidando a mis hermanitas, tenía que buscar la forma de entretenerlas o cuando tenían sueño arrullarlas en la hamaca para que se durmieran, así fue por un tiempo en lo que íbamos creciendo más. Cuando ya teníamos una cierta edad mis papás nos iban enseñando nuevas cosas, nuestras manos pequeñas comenzaron a trabajar la tierra, al salir de la escuela con el uniforme apenas cambiado, junto con mis hermanas íbamos a alcanzarlos al campo para ayudar en el trabajo que se estuviera realizando, abonar la milpa, sembrar frijol, limpiar plantas o cosechar, hacerlo en familia lo hacía más llevadero, regresar a casa juntos, sabiendo que dimos lo mejor. Entre surcos, cosechas y días largos, fui comprendiendo el valor de cada cosa.

Al volver a casa, el día no terminaba, porque mi mamá llegaba a encender el fogón, mientras alguna de mis hermanas iban al molino, y después yo le ayudaba a hacer tortillas a mano, eso era parte de la rutina la cual también tuve que aprender, no fue fácil pero poco a poco le fui dando forma a la tortilla, por eso en cada una de ellas también va un pedazo de mi infancia.

Miro atrás y entiendo que mi infancia fue distinta, pero no vacía, pues no siempre significó recibir juguetes, a veces significó levantarse temprano, ayudar a la familia y cumplir, entender desde pequeños que el amor no siempre viene envuelto de regalos, sino en enseñanzas y ejemplos.

En el campo, la niñez no es menos feliz, sólo es diferente, se juega, sí, pero se aprende a ser fuerte, a respetar la naturaleza y a valorar lo que se tiene, no siempre son comodidades, es cansancio pero también orgullo que te acompañan toda la vida, y te recuerda de donde vienes y de lo que eres capaz.

Mariana GonzáLez de La Cruz es originaria de la comunidad de Matlaluca, perteneciente al municipio de Huauchinango, Puebla.

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