CUANDO EL METATE DEJÓ DE HABLAR
Cuando aún era una niña, vivía con mi mamá y mi papá en El Ocotal, muy cerca de El Duraznal. En aquel tiempo, en nuestra casa no teníamos luz eléctrica ni agua potable, y mucho menos un molino de mano para agilizar la molienda del nixtamal. Por eso mi mamá y mi hermana mayor molían en el metate, y no solamente los granos de maíz, sino también el frijol, el café y hasta las papas. Ese fue el entorno de mi infancia: ver, usar y sentir el metate entre mis manos. Primero se molía lo que se iba a comer en el día y después, ya con las tortillas en la panza, salíamos al campo a trabajar. Más tarde regresábamos cargando, cada quien, un montoncito de leña.
Luego llegaba un momento en el que el metate se negaba a moler cualquier grano; y no porque de un día para otro se hubiera vuelto perezoso, sino porque se cansaba, al igual que las personas. Sabíamos que nadie ni nada puede durar tanto tiempo y que todos necesitamos, en alguna etapa de la vida, descansar para renovarnos y seguir caminando. El cansancio del metate se notaba en todo su cuerpo al volverse tan liso como un espejo y parecía decirnos: estoy exhausto y necesito, al menos, un día completo de reposo. Para ayudarlo a recobrar sus fuerzas, mi mamá lo “picaba” con una piedra pequeña, afilándolo para que su cuerpo volviera a ser rasposo, que era su textura original. De hecho, sentíamos la tierra del mismo modo en el que sentíamos el metate. Todo lo que ella producía y nos daba —el maíz, el frijol, la calabaza y los elotes que mi mamá molía para hacer tortillas en forma de triángulo— pasaba por ahí. No había prisa; tampoco descanso.
Generalmente estirábamos el tiempo, en especial los días, porque siempre nos despertábamos y nos levantábamos de madrugada; la jornada de trabajo terminaba cuando el sol se ocultaba y cuando mi mamá tapaba el metate con una servilleta que ella misma había tejido. Sin embargo, el mundo no sólo giraba con todo y metate, sino que también hablaba, y mi papá nos enseñó a oírlo. Nos hacía poner atención a las señales de la tierra:
–¿Oyes eso?
–Jëë —respondía ella afirmaitvamente.
–Ya está chillando el ënatejk. Pronto vendrá la lluvia. Está pidiendo que llueva.
Era un animalito verde, parecido a una lagartija, que se pegaba en las paredes de la casa y comenzaba a chillar. También lo escuchábamos cuando el viento se enojaba y empezaba a bailar en la tierra, levantando la hoja seca y el polvo. Era bonito y daba miedo: primero chiquito, como si fuera una niña jugando; luego crecía, se hacía grande y se llevaba las hojas del maíz, las ramas y lo que encontraba a su paso. Mi papá nos advertía:
–¡Quítense! Ese viento está bailando y, si los envuelve, se los llevará lejos.
Baja porque sabe que el agua ya viene; está anunciando la lluvia. Y cuando caía la noche, aparecían las luciérnagas prendiendo y apagando su luz. Mi papá las miraba y decía:
–¡Mira cómo alumbra! También ellas lo están diciendo. La lluvia ya viene, ya merito está aquí.
Así era todo junto: por las mañanas y las noches, la mano del metate deslizándose hacia adelante y hacia atrás; el animalito verde chillando en el atardecer, el viento cambiando en el camino y en el patio, y las luciérnagas alumbrándonos en la oscuridad. Y, finalmente, llovía.
De esa manera crecimos, oyendo lo que la tierra y el aire nos querían decir. Muchos años vivimos así, hasta que el metate poco a poco dejó de hablar porque compramos un molino de mano…