EL MAÍZ QUE DA VIDA Y EL CHIKON TOKOXO SIGUEN RESISTIENDO EN LA MONTAÑA / 351
En la Sierra Mazateca aún hay personas sabias que leen los granos de maíz. En ese acto antiquísimo saben ver. Ven porque interpretan, dan sentido, forma, eligen una recreación del mundo. Ven enfermedades, males, y también curas, ofrendas, fortunas y destinos. Dialogan con fuerzas múltiples de diversos planos. En los granos de esta sagrada planta está anudado lo personal y lo colectivo a través de la intimidad del acto cíclico y cotidiano de la siembra y cuidado de la milpa. También está por supuesto su transformación en alimento para después transmutarse en nuestra carne y cuerpo. Tan imbricados estamos con el maíz, que nos cuenta nuestro rumbo. Claro está: hay que saber leerlo, hay que tener visión.
En la sierra no sólo hay personas que tienen visión, sino que también la configuran desde el arte. Principalmente a través de la pintura, aunque además están los que modelan y tallan en madera y plastilina. Desde hace ya muchos años se teje en la sierra un movimiento artístico y cultural que ha tomado distintas formas en el paso del tiempo. Dentro de la ritualidad mazateca, el mes de mayo tiene una particular relevancia ya que el primero de este mes se realiza la ofrenda al Chikon Tokoxo en el cerro de la Adoración. Él es guardián del monte, de la milpa y junto con Nangui generan la abundancia necesaria para que sigamos existiendo.
Es en este contexto que se gestaron tres días de actividades para celebrar al maíz nativo, junto con la ritualidad y sabiduría de la milpa mazateca. El primer día se trató de un Encuentro en la Preparatoria “Chijne en Chijne Kjua” en el que participaron campesinos, artistas, académicos y estudiantes. El segundo día se inauguró la exposición Najmé xi tsoakjoabinachon (El maíz que da vida) en la Galería Casa Adobe en Huautla. En dicha exposición, abierta hasta el 30 de junio, participan 10 artistas mazatecos con piezas que giran en torno al maíz nativo, la milpa, la ritualidad y la sabiduría de la agricultura mazateca. Finalmente, el 31 de mayo hubo también una conferencia en la Galería Arte de la Montaña en San Andrés Hidalgo, en donde reflexionamos sobre la historia de larga duración y la coevolución de los pueblos con las plantas, animales, hongos y otros microorganismos. Culminamos con una proyección de un documental inédito de Henry Munn que muestra imágenes de la vida mazateca en los años setenta.
Estas jornadas nacieron del encuentro: conversaciones largas, recorridos por la montaña, escucha atenta a las abuelas y abuelos, de observar la tierra y reconocer que aún existen saberes que continúan sosteniendo la vida cotidiana de los pueblos mazatecos. También provienen de una necesidad compartida: abrir espacios donde el conocimiento académico dialogue de manera horizontal con la ciencia de los mayores.
Venimos de distintos caminos —el arte, la educación, el trabajo comunitario, la investigación, la siembra y la memoria—, pero coincidimos en una misma pregunta: ¿qué ocurre cuando el maíz deja de ser únicamente cultivo y vuelve a ocupar su lugar como conocimiento, territorio y forma de vida? Ésta es una pregunta amplia dado el contexto actual en el que los sueños de la modernidad siguen guiando a muchos jóvenes fuera del campo, mientras que observamos el deterioro en los ecosistemas a causa de la contaminación en general y en particular la causada por los agrotóxicos. No tenemos respuestas fáciles, pero partimos de pequeños esfuerzos como los de esta jornada creada a partir de la auto organización. Cada persona que participó llegó con algo que ofrecer. Hubo quienes pusieron el cuerpo organizando, convocando y sosteniendo los espacios; quienes entregaron su palabra y pensamiento para compartir experiencias y preguntas; quienes ofrecieron años de observación y trabajo con la tierra; quienes llevaron su obra para convertir la memoria en imagen; quienes cocinaron, acompañaron y cuidaron los encuentros; quienes documentaron; quienes escucharon. No todas las contribuciones fueron visibles, pero todas fueron necesarias. Aprendimos y comprobamos que la fuerza de estos trabajos no estuvo solamente en las actividades realizadas ni en las obras expuestas. Estuvo en la disposición de cada participante para encontrarse con otros, reconocer distintos modos de conocimiento y compartir tiempo, energía y afecto en torno a lo común, a que queremos volver a escuchar el latido de la milpa.
La entrega que hizo posible estos días no puede medirse únicamente en horas de trabajo. Está en las conversaciones previas, en las distancias recorridas, en las preocupaciones compartidas, en el deseo de hacer comunidad y en la decisión colectiva de defender aquello que todavía permanece vivo. Porque hablar del maíz nativo es hablar también de quienes lo siembran, de quienes resguardan sus semillas y de quienes continúan transmitiendo historias, rituales y formas de organización que han permitido la continuidad de los pueblos.
Este encuentro nos recordó algo sencillo pero profundo: ninguna semilla germina sola.
Somos una red de personas que decidió reunirse para agradecer, aprender y devolver la mirada hacia la tierra. Somos quienes creemos que el arte también puede ser siembra, que la memoria también puede ser resistencia y que el conocimiento compartido sigue siendo una forma de cuidar el futuro.
Y apenas estamos comenzando.