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LA MUERTE COMO RESPIRACIÓN DEL PLANETA

PEDRO FARO

La Poesía de Ruperta Bautista no concibe la muerte como un final trágico, es una respiración del planeta tierra, un pulso que acompasa la vida. En su escritura convergen la memoria comunitaria y la violencia histórica. La muerte aparece como entidad que transita en las veredas del tiempo; es ese Presagio lóbrego que repta entre luz y sombra, en el cual abre puertas de lo ancestral, de la cosmovisión tsotsil. De ahí la concepción de la muerte como nube que flota en la cotidianidad.

Cuando abordamos el tema de la muerte, nos viene a la memoria la monumental Muerte sin fin de José Gorostiza, el poema profundo sobre la conciencia que se enfrenta a su propio límite y se interroga sobre el sentido de la existencia, y si es un tema ineludible de la poesía misma. El Popol Vuh, donde la muerte es transformación y renacimiento. Nezahualcóyotl, para quien la muerte es tránsito hacia la “casa del sol”. Varios autores han explorado la muerte con una densidad conceptual y una hondura metafísica. César Vallejo la convierte en una herida ontológica que atraviesa al sujeto y al lenguaje, Rosario Castellanos la aborda como destino y memoria, Jaime Sabines describe la muerte como una presencia cotidiana y desnuda, “tan simple como un vaso de agua”, donde el dolor y la ternura se tocan sin solemnidad. Alejandra Pizarnik la vuelve un territorio de deseo y disolución. En todos ellos, la muerte es parte del pensamiento poético.

En Ruperta Bautista encontramos la configuración de la muerte como un lugar específico, en un sentido colectivo, en un territorio concreto: los montes y los ríos sagrados; los patios donde se vela; los cuartos donde se llora; los caminos donde se habita.

Todo ese territorio está ocupado por los que ya se fueron, los que están por irse, los que buscan a quienes no regresaron.

La muerte es el espacio eminentemente poético donde se cruzan la memoria y la herida. Ruperta la lleva consigo, rasga sus vestiduras, entra y palpa para nombrar y recrear el mundo oculto, para descubrirlo hacia quienes viven solamente en el plano terrenal.

En la tradición tsotsil, el contacto con los muertos, con el ch’ulel, se vuelve traslúcido, está en la penumbra, a media luz, al principio de la madrugada, o cuando despunta el alba. Ahí es el punto del universo, donde se abren los multi o pluriversos, para quienes mantienen un contacto profundo y viajan en los sueños para hablar con los abuelos y las abuelas. La poeta convierte la muerte en un puente, en un modo de volver a la raíz; en dolor colectivo, cicatriz que es seña contra el olvido; fuego que ilumina la memoria de los muertos, memoria que arde en la roca.

En Presagio lóbrego, la irrupción de la muerte opera como una fractura radical del lenguaje, un desgarramiento que descoloca y obliga a decir desde el borde. Ruperta Bautista escribe en ese umbral donde las lenguas se rozan sin fundirse, donde los mundos dialogan desde su diferencia y los silencios se vuelven materia poética. Su voz emerge desde una doble creación que articula campos semánticos contiguos pero tensados, y es allí donde la muerte aparece como grieta: un punto en el que las palabras se quiebran, se vuelven insuficientes o reclaman la elipsis como sostén. En ese territorio de fisuras, el poema se cincela a golpes de ausencia, dejando que el toque poético haga visible lo que el lenguaje apenas alcanza a nombrar.

Las ancianas danzan en círculo cantando tu canto,
aparecen trece lunas en la raíz del agua

donde se dibuja el camino de la palabra.

En el vuelo de los pájaros se nombran
las trece abuelas guardianas de la sabiduría,

tu danza baja en los manantiales de la mañana.

Rítmicos tus pasos al corazón de tu pueblo,
el refugio de las trece palabras orbiculares,

trece ritmos se elevan al núcleo del cosmos.

Cuando Ruperta Bautista escribe “Trece danzas”, abre un universo, un círculo donde la vida y la muerte se tocan, donde la memoria se vuelve movimiento, donde la palabra respira al ritmo de lo ancestral. Ahí la muerte como una presencia que acompasa el mundo, como un pulso que sostiene la continuidad de los pueblos.

El poema inicia con una imagen que nos sitúa de inmediato en un espacio ritual: “Las ancianas danzan en círculo cantando tu canto”.

Las ancianas —esas mujeres que ya han cruzado varias veces los umbrales de la vida— son las guardianas del tiempo. Ellas conocen el lenguaje de los muertos, saben escuchar lo que el mundo calla. Su danza no es un adorno, sino una forma de recordar, de mantener vivo lo que podría desvanecerse. En su movimiento circular, la muerte deja de ser ruptura y se convierte en retorno.

Aparecen entonces trece lunas, cifra sagrada en la cosmovisión mesoamericana. Trece son los niveles del cielo, trece las energías del calendario ritual, trece los ciclos que ordenan el destino. Ruperta retoma ese número para recordarnos que la muerte no es caos, sino cosmos. Que incluso lo que duele tiene un lugar en el orden del universo.

aparecen trece lunas en la raíz del agua
donde se dibuja el camino de la palabra.

La raíz del agua es el origen, el vientre del mundo. Allí nace la palabra. Allí también se hunden los muertos para renacer en otra forma. La muerte, en este poema, fluye como el agua: desciende, se transforma, vuelve a subir. No es un abismo, sino un ciclo.

En el vuelo de los pájaros se nombra a las trece abuelas guardianas de la sabiduría. La muerte aquí es un saber de la visión de las mujeres. Las abuelas guardan la memoria, la continuidad de un pueblo que ha sobrevivido a la violencia, al despojo, al silencio impuesto.

La danza desciende por los manantiales de la mañana. La muerte baja hacia la luz, hacia el renacer. La mañana recibe lo que la noche esconde. En la poética de Bautista, la muerte no oscurece: fecunda.

“Rítmicos tus pasos al corazón de tu pueblo”. La danza, danza de los muertos, de las abuelas luna que llega al corazón del pueblo. Lo sostiene. Lo acompasa. Lo protege. La palabra se vuelve “el refugio de las trece palabras orbiculares”.

Palabras que giran, que vuelven, que no se pierden. Palabras que resisten. El poema culmina con una imagen de ascenso; el poema vuela y queda en alto: “trece ritmos se elevan al núcleo del cosmos”.

La muerte, entonces, no es caída. Es elevación. Es el punto donde convergen los ritmos de la vida. Es el núcleo del cosmos, el centro luminoso donde todo retorna.

Presagio lóbrego es un poemario que nos enseña a mirar la muerte. A entenderla como ritmo, como memoria, como sabiduría. Ruperta Bautista nos recuerda que la muerte no es lo que termina, sino lo que sostiene, en el círculo de las ancianas, en las lunas que se repiten, en la música de las palabras que giran por el espacio para prefigurar el acto poético.

La Poesía es el puente que permite que ambos mundos se abracen, nos abracen. Hoy, más que nunca, necesaria para sobrevivir ante los contextos de violencia que vivimos, en medio de una guerra contra los pueblos y, específicamente, contra los pueblos originarios que resisten a este sistema capitalista que nos quiere exterminar. Destruir. Así que venga la Poesía.

A pesar del tono sombrío o por él, Presagio lóbrego abre un espacio para la comunidad, la palabra que cura, la mujer que se levanta, la memoria que siembra. La muerte es un umbral. Un tránsito hacia otra forma de vida, más consciente, más colectiva, más digna; parte de los nuevos horizontes de vida y por consiguiente de lucha y resistencia.

 

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Pedro Faro, poeta y abogado defensor de derechos humanos, originario de Jobel, Chiapas, un pueblo nebuloso donde la poesía respira vestida de noche rebelde. Autor de Del caos a la palabra y Distintos colores de la tierra, y colaborador en Los abismos de la palabra (Antología intercultural de literatura chiapaneca). Hace algunos años director del Centro Fray Bartolomé de Las Casas (Frayba), donde todavía trabaja. Es integrante del grupo Los Amorosos del Espacio Cultural José Antonio Reyes Matamoros. Presagio lobrego, editorial Universidad de Guadalajara, 2025.

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