NUESTRA TAZA DE CAFÉ
Yo sé que no todo es para siempre, pero los recuerdos y los momentos felices se llevan en el corazón. Porque la familia es el pilar que nos sostiene, pero los abuelos son el apoyo más grande que la vida me dio. Recuerdo que, desde mi infancia, todas las tardes, cuando el sol se ocultaba y los colores del cielo se pintaban al anochecer, te veía afuera de la casa después de un largo día de trabajo. Te sentabas a admirar el atardecer con un café muy caliente que mi abuela siempre te preparaba. Desde muy pequeña me enseñaste lo hermosa que era la vida. Cada vez que pasaba por tu casa, nunca faltaba que me llamaras a tomar una taza de café contigo:
–Hija, ven, siéntate conmigo y tómate una taza de café.
–Sí, abuelo —respondía yo; sin saberlo, esos momentos se volverían lo más importante para mí.
Antes de comenzar cualquier historia, siempre mirabas al cielo y empezabas a contarme las buenas experiencias que viviste desde tu adolescencia. También me hablabas de lo bonito que era para ti ir al rancho que tus padres te habían dejado, donde pasabas días enteros trabajando y disfrutando de la tranquilidad que tanto te gustaba.
También llenabas mis noches de historias antes de dormir. Aunque el tiempo ha pasado, cierro los ojos y todavía puedo imaginar tu voz acompañándome, como cuando era niña, o aquellas veces en que me tomabas de la mano y me decías:
–Hija, algún día estas manos harán muchas cosas. Como tamales, elote, mole y, sobre todo, tortillas. Yo sólo sonreía de lo mucho que me gustaba escuchar las cosas tan bonitas que me decías.
Recuerdo muchos momentos hermosos de mi infancia contigo. Uno de ellos fue aquella tarde en la que estaba jugando en el patio y me acerqué con curiosidad a una rana. Al verla brincar hacia mí, me asusté y salí corriendo. Tú, al verme tan espantada, no podías dejar de reír. Aún recuerdo tu risa y la alegría de ese momento, que quedó grabado para siempre en mi memoria.
Aunque fueron muchas las ocasiones en las que no compartimos tiempos juntos porque tuve que irme de casa para estudiar, siempre me acordaba de ti. Desde entonces ya no coincidíamos tanto; cuando yo iba a casa, tú no estabas, y otras veces sucedía al revés. Cuando llegaba el momento de regresar a la universidad, pasaba rápidamente a despedirme. Me invitabas a entrar, pero por falta de tiempo casi nunca podía quedarme. Y así fue durante mucho tiempo, hasta que te enfermaste y nada volvió a ser igual. La vida a veces es difícil y no entendemos lo que tenemos hasta que lo perdemos; a veces no sabemos disfrutarla o, más bien, no sabemos disfrutar la vida con nuestra familia.
Esa mañana, mi padre llamó con la voz quebrantada, tratando de hablar, y lo único que pudo decirme fue si podía regresar a casa. Ese 15 de febrero, en la madrugada, mi madre me llamó para decirme que ya venían en camino. Al escucharla, salí de casa y vi llegar a mis papás; detrás de ellos venía una carroza blanca en la que descansabas. Me acerqué a mi madre y la abracé fuerte, diciéndole que ya no me pude despedir de ti. Ella, cansada y con la voz quebrada, me dijo:
–Hija, perdóname por no traer a tu abuelo con vida. Fue en ese instante cuando entendí que ya nada volvería a ser igual. Un silencio extraño lo llenó todo, y dentro de mí sólo quedaba el dolor de no haberte dicho una vez más cuánto te quería.
Hoy, abuelo, desde lo más profundo de mi corazón quiero decirte que agradezco cada consejo, cada palabra sabia que sembraste en mi ser. Me enseñaste el valor del trabajo, la humildad y la importancia de la familia. Hoy entiendo que cada historia que me contabas no sólo eran recuerdos: eran lecciones de vida que me preparaban para ser fuerte y seguir adelante. Prometo honrar tu memoria siendo una persona de bien, llevando conmigo tu ejemplo y compartiendo con otros el amor y la bondad que siempre me diste. Cada noche a tu lado fue un regalo; sin darme cuenta, me enseñaste a soñar, a ser fuerte y a valorar los pequeños momentos. Todo lo que soy también tiene un poco de ti.
Abuelo querido, siempre vas a estar en mi corazón. Lamentablemente, no pude despedirme de ti ni darte el último abrazo. Pero siempre serás un gran ejemplo y un padre para mí; yo sé que algún día nos volveremos a ver y tomaremos juntos nuestra taza de café.
Porque las personas que amamos nunca se van del todo. Viven en nuestros recuerdos, en nuestras palabras y en todo lo que somos. Además, tú siempre fuiste una persona de buen corazón, y aunque hoy me pesa no haber aprovechado cada momento a tu lado, me queda la fortuna de haberte tenido en mi vida.
A veces creemos que el tiempo siempre estará ahí, que habrá más oportunidades para escuchar, abrazar y amar a quienes queremos. Pero la vida nos enseña que no es así. Es por eso que siempre hay que aprovechar los momentos con nuestras familias y, hoy más que nunca, valorar su amor, porque los instantes más simples pueden convertirse en los más importantes. Ojalá nunca olvidemos decir lo que sentimos y demostrar cuánto queremos a quienes están con nosotros, mientras aún tenemos la oportunidad.