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BAJO EL TIMBRE DE UN PALETERO

JIMMY CENTENO

En el mes de noviembre, tras las elecciones de 2024, me encontraba en el Jardín de las Rosas del Exposition Park, en la ciudad de Los Ángeles, esperando una entrevista de trabajo. Allí es donde se encuentra la oficina del distrito 57 de la Asamblea del Estado de California. Estaba sentado en un banco de cemento con vistas al jardín, repasando las descripciones de las funciones del puesto de representante en campo al que me había presentado. Era una tarde fresca.

Desde no muy lejos oí sonar unas campanillas. Era un paletero que empujaba su carrito entre las hileras de rosas. Levanté la vista y él se giró hacia mí.

Unos segundos después, me preguntó sin prisa y con mucha calma si estaba bien. Le respondí: “¡Sí!”.

Me volvió a preguntar en español: “¿Estás seguro?”.

Me sobresalté y me sentí cohibido, pensando que quizá le estaba transmitiendo una sensación de preocupación y duda al mismo tiempo. Me animé y respondí con un “¡sí” un poco más rotundo. Le expliqué que estaba revisando los requisitos del puesto para una entrevista.

Él dijo con voz cantarina: “No te preocupes, todo irá bien. Sé que hoy no hace sol, ¡pero todo irá bien!”.

Le di las gracias.

Entonces me ofreció un helado: “Tómalo. Invito yo”. Dudé.

Le respondí: “Gracias, pero te lo pagaré”.

Él contestó: “No, no, invito yo, simplemente disfrútalo… y recuerda… todo irá bien”.

El gesto del vendedor de helados tuvo lugar días después de las elecciones presidenciales de 2024, en un momento en el que el frío jugaba en su contra, ya que debía vender gota a gota una cantidad determinada de helados al día para ganarse la vida. Y ahí estaba él hoy, regalando un helado a un desconocido con la intención de alegrarle el día a alguien. Parecía que ese gesto importaba más que hacer una venta. Quizá lo mejor de todo, a pesar de no haber conseguido el puesto, fue el encuentro con un generoso vendedor de helados inmigrante en un día sombrío, gracias a su espíritu de esperanza.

El jardín pálido quedaría sustituido por el cálido resplandor de este hombre afable. Eso pesó más que las preguntas de selección que me hicieron durante la entrevista. ¡Ni siquiera me deseó suerte! Sin embargo, me regaló unas palabras y un momento que alimentarían mi espíritu más de lo que esperaba obtener al convertirme en funcionario estatal. Fue un recordatorio de mis raíces obreras. ¿Estaba a punto de entrar en el núcleo del poder y convertir eso en mi realidad? ¿Estaría poniendo en juego mi vínculo con el trabajador de a pie para, en su lugar, metamorfosear en un burócrata similar a esos personajes socialmente empobrecidos que describe el escritor Franz Kafka en varios de sus relatos? ¿O acaso el deterioro de los valores de mi comunidad se desvanecería bajo la ilusión de representar a los electores del distrito, recorriendo de un extremo a otro y celebrando reuniones que sólo me harían sentir importante entre técnicos políticos, burócratas, gestores municipales y gente de negocios? Estaba a un paso de unirme a una clase burocrática que, en la mayoría de los casos, en lugar de unir, siembra la división.

La marea había cambiado y todas estas preguntas, y muchas más, comenzaron a aflorar.

El vendedor de helados continuó diciendo que la vida es un poco corta y que lo único que podíamos hacer era sacarle el máximo partido. Me sorprendió escuchar estas palabras de boca de un joven de ojos marrones oscuros que llevaba una camiseta de fútbol color borgoña y una gorra de béisbol gris descolorida. Le respondí: “¡Tienes razón!”.

Empecé a darme cuenta de que quizá había mostrado mis mejores intenciones sinceras, mis preocupaciones y mis ganas de forma demasiado directa durante la entrevista. Recordé las palabras del asistente del nuevo titular mientras hacía campaña por el distrito: había que asegurarse de que cualquiera que se uniera al equipo siguiera la corriente y no nadara a contracorriente. ¿Me convertiría en otra persona si me contrataran y me mentiría a mí mismo ahora que obtendría unos ingresos estables de clase media? ¿Moderaría mi deseo de creer que, una vez dentro del núcleo del poder, podría contribuir a cambiar las cosas para mejor y, en cambio, me convertiría en un instrumento institucional rígido que pondría a prueba las necesidades de la comunidad?

Me invadió una sensación de distanciamiento. Era casi una sensación de pesadilla que me provocaba un hormigueo en la superficie de la piel. Ya no veía sentido a todo esto y me di cuenta de cuántas veces personas bienintencionadas que se convierten en burócratas y políticos de carrera han pavimentado las calles de nuestra comunidad con promesas frágiles y verdades a medias. ¿Me vería obligado a apaciguar a la comunidad y a justificar las deficiencias y las promesas incumplidas de los cargos electos, aumentando aún más la angustia y la frustración de la gente?

Tras la entrevista, una brisa que me hacía sentir extraño se cernía sobre el lugar mientras me detenía a tomar aire fuera del edificio. Quizá la coincidencia entre el vendedor de helados y yo fue un recordatorio, en forma de momento inesperado, para evitar que sustituyera mis vaqueros de trabajo descoloridos, mis camisetas de manga larga de obra y mis botas de trabajo por un armario lleno de pantalones de vestir y trajes, a cambio de una organización lenta y mugrienta, con agujeros burocráticos por toda su piel, que se alineara con la mentira del partido (perdón, quería decir “línea del partido”) para justificar mi posición y mejorar mi situación económica.

Cogí el helado y le quité el envoltorio. “Gracias y que Dios te cuide” fueron mis últimas palabras para él. Él acababa de compartir lo poco que tenía con alguien con quien no tenía ninguna conexión, salvo el hecho de haberse cruzado por casualidad en el Rose Garden en este día frío. Nuestro encuentro giraría en torno a su sentido de la empatía. Fueron sólo unos minutos de interacción entre ambos, suficientes para darme cuenta de que la esperanza era mejor que la suerte. Fue un momento mágico a caballo entre la realidad, las ilusiones y la esperanza.

El día había llegado a su ocaso. Era uno de principios de invierno, con pocas horas de luz. El paletero ya no se veía. Volví en bici a casa pensando: “¿Y ahora qué?”. ¡No cabe duda de que el papel de la burocracia, como un licuado ideológico en el que se mezclan intereses individualistas, personales y poder, es una bebida espesa y amarga que no resulta fácil de tragar para los que están al otro lado! Te enferma con un síndrome de altanería y de pequeño burgués. No te das cuenta: se atrincheran para hacer cumplir las órdenes con leyes y normas tal y como son, sin importar si son justas, humanas o no.

El gesto de aquel joven no fue la contraimagen de la normativización de UN orden racional sino la alteridad, una vida alterna, fuga y respiro, vaciada de sustento material por ese establecimiento maquínico.

Jimmy Centeno, escritor y promotor cultural mexicanoestadunidense. Colabora frecuentemente en Ojarasca.

 

Traducción del inglés: M. Canek Huerta-Martínez.

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