BAJO LA ENRAMADA MAYO YOREME
Bajo una enramada instalada frente a las oficinas del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI), en Etchojoa, Sonora, se realizaron cada domingo asambleas del pueblo yoreme-mayo como parte de un proceso de movilización y protesta ante la falta de respuesta de las autoridades a sus demandas históricas. Este espacio, construido de manera provisional, funcionó simultáneamente como lugar de encuentro, deliberación política y expresión pública del descontento colectivo.
La sesión inicia con la intervención de Isidro Gocovachi Valenzuela, cobanaro (gobernador) tradicional, quien dirige un saludo a los asistentes en lengua mayo, reafirmando simbólicamente la centralidad de la lengua y de las formas propias de autoridad dentro de la reunión. Tras esta apertura protocolaria, cede la conducción de la asamblea al ingeniero Indalecio Alcántara Neyo, encargado de coordinar el desarrollo de los trabajos y la participación de los asistentes.
La enramada, techumbre de ramas o lonas de plástico destinada a proporcionar sombra, ha constituido una forma de habitar y comprender el mundo. Delimita un espacio social y simbólico donde se procura que prevalezcan las normas, valores y formas de organización propias de la comunidad, diferenciadas de aquellas impuestas desde el exterior. En ella se transmiten saberes, memorias, historias y prácticas culturales que dan continuidad a la identidad del pueblo yoreme.
Como espacio de reunión y deliberación colectiva, la enramada es también un lugar de la palabra compartida, donde se construyen consensos, se fortalecen los vínculos comunitarios y se toman decisiones que orientan la vida colectiva. Bajo su sombra, la memoria se actualiza y la conciencia comunitaria se reafirma en el entendido que “el territorio no desaparece: se hunde en la memoria”. La palabra y las prácticas de quienes lo habitan y lo reivindican es la lucha por recuperar la tierra despojada.
Generaciones de la tribu yoreme-mayo, como ellos mismos se nombran, han heredado no sólo la tierra, sino la herida desde varios periodos históricos en Sonora: un despojo sembrado por intereses económicos, voluntades políticas y economías en la sombra. Ese despojo no cesa; se filtra en el imaginario, se encarna en la memoria colectiva. Para algunos yoreme, la tierra es apenas una forma difusa, un recuerdo sin experiencia, una imagen transmitida como se heredan los sueños: algo que no se ha visto y, sin embargo, se anhela recuperar.
Con el llamado Plan de Justicia impulsado en 2024 por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador para los pueblos originarios, las mesas de diálogo con los gobiernos estatal y federal se abren, pero no sin fricción: avanzan entre tensiones, asperezas y desacuerdos.
En ese umbral incierto se juega también una disputa mayor, todavía irresuelta, en la agenda política del gobierno en turno.
Las luchas por la autonomía y la defensa del territorio y la vida de los pueblos indígenas en México han enfrentado numerosos desafíos durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Si bien se ha avanzado en algunos aspectos, como las negociaciones de los planes de justicia y ciertos cambios constitucionales a nivel estatal, estos logros han sido eclipsados por los impactos negativos de los megaproyectos, la minería, la cuestión del agua, la violencia del narcotráfico y la militarización del país. En términos de autonomía, los pueblos indígenas han logrado ciertas victorias simbólicas y jurídicas, pero la resistencia del Ejecutivo a otorgar plenos derechos territoriales a los pueblos habla de que la Cuarta Transformación puede reconocerlos como sujetos de derecho —y por tanto, abrir el camino a la autonomía—, pero protege y/o teme los intereses y acción del gran capital en torno del territorio.1
Bajo la enramada, umbral y resguardo, la palabra toma cuerpo. Ahí se congrega el pulso que los convoca, una y otra vez, a la asamblea, en algún punto de Etchojoa, Sonora: como si al nombrarse juntos, al escucharse, la tierra misma comenzara a regresar, apenas insinuada en el eco de sus voces.
La memoria viva es el territorio que permanece. De lo perdido, eso es lo que resiste: una geografía hecha de relatos, de nombres, de ausencias. La pregunta que emerge entonces es inevitable: ¿cómo recuperar un territorio que persiste en la memoria, pero cuya posesión ha sido históricamente negada?
Las mesas de diálogo con las instancias gubernamentales continúan, pero en paralelo, casi en silencio, el despojo sigue extendiéndose sobre el territorio mayo.
En su intervención, Indalecio señala que el Plan de Justicia Mayo y el desarrollo de las comunidades deben asumirse como ejes rectores del movimiento indígena. Considera que el principal desafío para consolidar la nación yoreme-mayo es la reivindicación territorial y cultural, entendida como la base de la autonomía y del fortalecimiento de la identidad colectiva. Desde esta perspectiva, enfatiza la diferencia entre la noción occidental de propiedad, centrada en el individuo y el patrimonio, y la concepción indígena del territorio, fundada en vínculos comunitarios, históricos y espirituales.
En su formulación más clásica, la noción de propiedad asociada al “hombre blanco” se fundamenta en criterios patrimoniales e individuales, pero para los pueblos indígenas la relación con la tierra posee una dimensión colectiva, comunitaria y espiritual. La titularidad del territorio no recae en el individuo, sino en la comunidad como sujeto colectivo de derechos.
La defensa de la tierra trasciende la esfera jurídica de la propiedad. El territorio es entendido como un espacio material y simbólico inseparable de la existencia colectiva, donde se inscriben la memoria, las prácticas culturales, las formas de organización social y los vínculos espirituales que dan sentido a la vida comunitaria. La reivindicación territorial representa, por tanto, una condición indispensable para preservar el legado histórico y cultural del pueblo yoreme-mayo y garantizar su transmisión a las nuevas generaciones. 2
Un desafío importante parece encontrarse en su interior. La cohesión y la unidad que se proclaman, reiteradas en las asambleas, parecen adquirir consistencia sólo en el espacio político y simbólico de la enramada.
El discurso colectivo insiste en la reivindicación territorial como fundamento de la autonomía, pero las motivaciones que sustentan dicha demanda no son siempre homogéneas. Para algunos, la recuperación de las tierras implica la posibilidad de establecer una relación cultural, histórica y comunitaria con el territorio; para otros, representa principalmente una oportunidad económica vinculada a la renta de parcelas y a la generación de ingresos. La reivindicación de la tierra no constituye un proyecto unívoco.
La apelación constante a la unidad puede invisibilizar tensiones internas, diferencias políticas y desacuerdos sobre las formas de representación y gestión territorial. El movimiento no es un sujeto homogéneo, sino un espacio atravesado por negociaciones, contradicciones y disputas internas. La construcción de una voz colectiva no elimina estas diferencias; más bien supone un esfuerzo permanente por integrarlas dentro de un proyecto común.
__________
2. Interpretación de texto del ingeniero Indalecio Alcántara Neyo, “Centro integral de la cultura, de la memoria histórica del pueblo yoreme-mayo”, 2026.
Grupo yoreme-mayo de Buaitópari. 2025, Huatabampo, Sonora.
Plan de Justicia del Pueblo Yoreme-Mayo. México: INPI, 2024. Pineda, César Enrique y M. de Oliveira, Gustavo. El movimiento indígena en el sexenio obradorista, Luchas sociales y participación política en el sexenio obradorista (2028-2024). México: UNAM, 2025.