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LA DIMENSIÓN POLÍTICO-RITUAL DEL FÚTBOL WIXÁRIKA

GUILLERMO ANDRÉS ESPINOSA RUBIO

Para cuando este texto sea leído, ya se habrá coronado un nuevo campeón mundial de fútbol, en un certamen con más sombras que luces. Ante acontecimientos inéditos como el nefasto trato que recibió la selección iraní, la bochornosa intervención del presidente Trump para remover la suspensión de un jugador, las declaraciones abiertamente racistas de la “nueva” derecha internacional, el silencio de los íconos nacionales o las censuradas protestas ante la barbarie que acontece en Medio Oriente, donde los medios masivos justifican el silencio repitiendo el mantra de que el fútbol no debería tener ninguna agenda política. Están, por ello, aquellos que piensan que todo este espectáculo es una farsa, un producto manipulado; lo describirán —no sin cierto aire de superioridad— con la máxima de “pan y circo”, un ritual de enajenación de masas para desviarlo de sus genuinos sentimientos cívicos. Entre su uso geopolítico y su instrumentalización hegemónica, se sitúan aquellos defensores del manifiesto importado del esteticismo que hablarían de una suerte de “fútbol por el fútbol”, emulando el lema del siglo XIX que anunciaba una época de decadencia y vacío de sentido en el arte, que implicaría análogamente que el fútbol debería capitular ante su dimensión política o ritual, para convertirse en simple entretenimiento, pero ¿es verdaderamente necesaria esta ruptura?

Quizá la respuesta a este dilema no la encontremos en aquel multimillonario estadio en Nueva York, sino en las minúsculas arenas deportivas que pululan en cualquier rincón de México. Pongamos como ejemplo una de ellas, en las más deplorables condiciones ubicada en una colonia popular de Zacatecas capital: la cancha de “La Rosita”. Allí, los wixaritari se reúnen de manera religiosa cada domingo para disputar una serie de encuentros de fútbol que no superarían esa misma trivialidad de no ser por las particularidades que los envuelven, ya que encubren —según mi interpretación— una forma de ritual agonístico intergeneracional.

Durante la semana, es común ver a jóvenes wixaritari vendiendo ungüentos, artesanías o lavando parabrisas en calles concurridas para apoyar la economía familiar. Esta práctica, que sin dudas fue realizada por sus propios padres antes que ellos, genera no obstante ciertas frustraciones a la hora de entregar el tumini (dinero), pues algunas veces ese esfuerzo se traduce en gastos egoístas —por no decir hedonistas— por parte de los adultos. En los partidos dominicales se asomaba cierto antagonismo derivado de estas dinámicas socioeconómicas. Por ello, no parece casualidad que estos duelos se jueguen enfrentando exclusivamente a los adultos en contra de los más jóvenes (incluyendo niños), oponiendo “al padre contra su hijo”, como reza aquel pasaje bíblico, en encuentros donde, además del pundonor, se apuesta una nada desdeñable cantidad de efectivo.

En primera instancia, parecería tratarse de otra triquiñuela para despojar a los jóvenes de esos últimos recursos ganados con esfuerzo; suponiéndose una situación demasiado desventajosa para ellos al ser superados ampliamente en tamaño y fuerza por sus padres. Sin embargo, la forma en que se configuran estos encuentros anuncia otra lógica interna. Los partidos constan de tres o cuatro rondas de veinticinco minutos cada una. Como habría de esperarse las primeras “retas” suelen decantarse a favor de los adultos, quienes, confiados, suelen aumentar las apuestas. Pero a medida que pasan los minutos —y las cervezas—, el desgaste físico de los mayores se convierte en un inesperado factor de equilibrio. Más allá de esto, los jóvenes wixaritari han aprendido de estrategia a lo largo de estos años manteniendo disciplina en la cancha. Así, junto a una estricta sobriedad, resguardan su energía para la etapa más madura del encuentro, puliendo su técnica al aprovechar los rebotes de la cancha para reducir al mínimo los desplazamientos. Las mujeres wixaritari disfrutan el cómico espectáculo de ver a sus maridos persiguiendo exhaustos la esférica profiriéndoles tiernas burlas mientras, por otro lado, arengan unánimemente a sus hijos.

Los partidos terminan así: con muchas risas, algarabía y pocos reproches, a pesar de que el resultado casi obligatoriamente se decantaba a los jóvenes y del dinero perdido por los adultos (o, mejor dicho, recuperado por los primeros). De este modo, estos noveles deportistas wixaritari tenían un día a la semana un espacio para desahogar cualquier frustración de asumirse como los baluartes de la economía familiar. Durante estos partidos no pude evitar recordar el ejemplo de los Gahuku-Gama de Nueva Guinea, mencionados por el antropólogo Lévi-Strauss (2000). Esta sociedad, al aprender las reglas del fútbol, se empeñó en transformar su carácter competitivo de ganadores y perdedores, en una práctica cíclica donde se impusieran los empates, no importando la cantidad de juegos necesarios para lograr ese equilibrio estructural. En el caso recién expuesto, aunque no hay un acuerdo explícito de “dejarse ganar”, el peso de la coherencia ritual prevalece: las condiciones enunciadas conducen a un mismo resultado previsible. Así es como un encuentro casual de fútbol se transforma gradualmente en “algo más”, operando como un espejo de aquellas competencias y efímeros antagonismos que se suscitan en los principales rituales tradicionales wixárika de la sierra, como en las escenificaciones de lucha política y rebelión descritos en la danza del peyote o hikuri neixa (Neurath, 2002: 263).

Como es de suponerse, dado que los wixaritari radicados en Zacatecas no cuentan con un lugar formal para montar estos grandes rituales, ni asambleas, ni un espacio físico para conformar una comunidad (algo que han buscado incasablemente durante años), es durante estos encuentros donde se tejen las alianzas políticas vitales para la supervivencia comunitaria. Los padres de familia discuten sobre posibles compadrazgos y, mientras los jóvenes coquetean inocentemente en el graderío, se plantean las alianzas matrimoniales que fortalezcan los lazos económicos y político-rituales, y aunque se siga privilegiando la endogamia cultural, existen casos de uniones interétnicas como entre otomíes (Ñ’yuhu) y wixaritari, algunas de ellas materializadas en ese mismo lugar. No es casual, por ello, que se eligiera a La Rosita para realizar la primera asamblea de la organización wixárika de Zacatecas denominada Haik+ Yuawi a inicios del 2026.

Finalmente, los encuentros dominicales de fútbol tienen otra —aunque dolorosa— profundidad simbólica. Dos cruces pintadas en la cancha representan un recordatorio permanente de la violencia que azota por igual a mestizos e indígenas en estos contextos. Hace apenas unos años, un crimen impune conmocionó y sesgó transversalmente a esta pequeña y frágil comunidad cuando les fueron arrebatados tres prometedores jóvenes wixaritari a unos cuantos metros de este mismo lugar. Aun con ello, sosteniendo el sentimiento de aquella desgarradora imagen mental, los familiares de aquellos jóvenes siguen reuniéndose ahí para rememorarlos, disfrutar el partido y paralelamente seguir construyendo comunidad.

Cuando se afirma que el fútbol no debería tener más una dimensión política o ritual, se olvida que esta capacidad, tanto de estabilidad estructural como de transformación social, no es propiedad de los escleróticos Estados, sus infames gobernantes, de las ideologías supremacistas ni de la vulgar lógica del mercado. Es en una cultura como la wixárika donde el fútbol encuentra su verdadero potencial simbólico y, aunque no tenga la trascendencia mediática de una final de Copa del Mundo, permite a esta sociedad recrear su particular cosmovisión, recrearse como una comunidad en la diáspora y mostrar con estos encuentros las características de su particular juego geopolítico.

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