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LA EXPULSIÓN DE XALTIPA Y OTROS DESASTRES. RESEÑA DE UN RACISMO ANUNCIADO

ALFREDO ZEPEDA S.J.

En la sierra de Veracruz e Hidalgo se cumplen nueve meses y medio desde que las lluvias del 7 al 10 de octubre de 2025 derrumbaron las laderas de los cerros sobre los ríos y arroyos crecidos. La mayor catástrofe que recuerden los más ancianos, y provocada por el caos climático. En quince comunidades del municipio de Zontecomatlán el agua arrasó con docenas de viviendas, tumbó los muros de contención, y los puentes peatonales sobre el río Atempa, que fue la capital de las bandas de viento, clamó desde la emergencia, desde el aislamiento por la destrucción de su puente. Los de Potejal, en el municipio de Zontecomatlán, miraron desolados los cimientos de sus casas, arrasadas por el lodo y el torrente.

Los programas DN-3 del Ejército y de la Guardia Nacional se retiraron pasada la primera emergencia a las tres semanas, después de despejar precariamente los pasos por las brechas. Obviamente, las comunidades nahuatl, otomíes y tepehuas activaron su sistema de faenas sin espera. Limpiaron las calles de lodo, levantaron cercas caídas, reacondicionaron las escuelas. Las mujeres se ayudaron para lavar los trastes de la cocina sepultados bajo escombros. En Zacayahuatl restauraron provisionalmente la red de suministro de agua para recibir dignamente a los visitantes a la fiesta de San Judas el 28 de octubre, quince días después de desastre. Los otomíes de Tzicatlán organizaron contingentes de faineros para construir en menos de un mes un puente peatonal colgante que aguanta hasta el paso de motocicletas sobre el río Vinazco.

Organizaciones independientes y solidarias pudieron colaborar con las comunidades dañadas aportando mangueras de dos y tres pulgadas para restaurar la alimentación de agua limpia. También con despensas, colchones, cercas de alambre de púas para los potreros y muchas toneladas de maíz. Todo con donativos individuales y de colectivos sensibles al desastre.

Obviamente los costos mayores de restauración de la infraestructura de carreteras y puentes y viviendas le corresponden al gobierno federal y estatal. Pero, como dice el viejo dicho, “las cosas en palacio van despacio”. El recuento de los daños y el diseño y validación de proyectos navegaron siete meses por las oficinas de Hacienda, de SEDATU y del INPI. Apenas llega el dinero al comienzo de las aguas de junio. Las máquinas se desplazan batiendo el lodo en los vados y abriendo paso en los derrumbes. La restauración de los muros de contención y los puentes rotos tendrán que esperar al año 2027. La gobernadora de Veracruz, Rocío Nalhe, anda como ánima en pena sin atinar bien a bien cómo atajar tanto daño, estrenando la intemperie, por primera vez fuera de sus oficinas.

Xaltipa del municipio de Ilamatlán, Veracruz, y Chapula, del de Tianguistengo, Hidalgo, quedaron totalmente destruidas por el torrente de los ríos. Son comunidades nahuatl. Las gentes pugnaron por seguir juntas como comunidad, pero quedaron desplazadas en albergues con apoyo de alimentación precaria por parte del INPI.

Xaltipa quedó sepultada en agua y lodo sobre el río Ilamatlán entre dos laderas. Sólo quedó en pie la capilla con la imagen de su patrona la Virgen de Guadalupe. Hubo de reubicarse arriba en Huayacocotla en un albergue parroquial acondicionado provisionalmente por el INPI. Lo incorporaron al sistema de albergues escolares para asegurar comida frugal. Esa situación resultó soportable por uno o dos meses. Pero la falta de agua y de espacio para las setenta familias obligó a las familias a rentar cuartos dispersos por el pueblo. Sólo se mantuvo una reunión diaria a las cuatro de la tarde para verse juntos y compartir la comida en el albergue.

SEDATU e INPI gestionaron dineros para comprar un terreno en la orilla de la cabecera municipal para la reubicación definitiva. Pero a la hora de la hora, cuando ya se hacían las mediciones y los planos, se levantó un movimiento histérico y racista de unas decenas de habitantes mestizos del pueblo que tomaron la Presidencia Municipal en protesta contra Xaltipa y juraron no dejar que esa comunidad nahuatl se instalara en el terreno asignado. Adujeron la inminencia de desastres: crisis de agua, contaminación, deforestación, en fin. Y exigieron que los nahuatl fueran reenviados al municipio de Ilamatlán. “Ya hay demasiados indios en Huayacocotla”, decía el slogan. La presidenta municipal cedió. Pidió que las cincuenta familias de Xaltipa no quedaran en Huayacocotla.

El INPI y la SEDATU, con las autoridades de la comunidad, encontraron otro terreno en el poblado de Viborillas a cuatro kilómetros de la cabecera. Pero el rechazo se manifestó de nuevo. Los mismos que bloquearon la ubicación de Xaltipa en Huayacocotla amontonaron gente en Viborillas convocando a una asamblea amañada, abultada y miope, en clima de histeria y de racismo. Ese racismo inconfesado que vive debajo de la piel sale por los poros de los mestizos ante seres distintos por su aspecto y por su lengua y borra todo sentimiento de solidaridad. Se negaron a escuchar las palabras de la gente de las dependencias del gobierno con propuestas de cuidado ecológico. El grito de “Váyanse a su municipio” remite al sistema de las reservaciones indígenas en Estados Unidos. Pueden tener derechos con tal de que no se salgan. Una manta a mitad de carretera desplegó el discurso de odio racial: “No a la reubicación de la comunidad Xaltipa en nuestra localidad”. El colectivo de las autoridades nahuatl se replegó con dignidad. Entendieron que no van a querer ni a poder convivir con gente que no los quiere ver.

Las mujeres de Xaltipa siguen cocinando en el albergue improvisado en Huayacocotla turnándose en comisiones. Y entre ellas mastican la zozobra ante la nueva propuesta de mandar la comunidad hasta El Cupil, una de las comunidades más marginadas del municipio de Huayacocotla en el fondo de la barranca. INPI promete abrir camino artesanal encementado, comprar las 75 hectáreas y construir casas a cada familia.

El tiempo avanza implacable y el futuro es incierto. No se sabe si los jóvenes nahuatl que ya piensan en estar mejor comunicados con hospitales y lugares donde se encuentra trabajo, podrán adaptarse a El Cupil en la barranca entre el municipio de Huayacocotla y el otomí de Texcatepec.

La huella ominosa del racismo queda marcada en la frontera mestiza-indígena de Huayacocotla para llenar de vergüenza a las montañas de verde eterno custodiadas desde siempre por los pueblos originarios.

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