DE LA ASIMILACIÓN DE NUESTRA CULTURA A LA NEGACIÓN DE NUESTRA EXISTENCIA — ojarasca Ojarasca
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DE LA ASIMILACIÓN DE NUESTRA CULTURA A LA NEGACIÓN DE NUESTRA EXISTENCIA

EDITH HERRERA

EN LA ESCUELA ME ENSEÑARON QUE YA NO EXISTÍAMOS

Recuerdo ese día no tan lejano, cuando estaba sentada en la segunda fila del salón de clases, con mi chaleco verde y falda tableada, mis zapatos negros y calcetas blancas. Estaba todavía en la secundaria. Los estudiantes en México siguen vistiendo con este “uniforme” hasta el día de hoy.

Hacía un poco de sol ese día y en los pasillos de la escuela se escuchaba el alboroto de los demás salones y de los alumnos corriendo para no llegar tarde a su próxima clase. Desde la calle también resonaban los ruidos del mercado de al lado, a donde llegaban campesinos y gente de los pueblos a vender sus productos del campo.

Era un ambiente singular, que me hace pensar que siempre he vivido entre la mezcla de colores, sonidos y olores que reflejan esas diversidades de habitar y de ser que sobreviven en México. Así me acostumbré desde pequeña, al ser desplazados en dos ocasiones a la ciudad desde mi comunidad de montaña, primero por una epidemia de cólera y luego por un conflicto agrario.

Ese día, en la escuela secundaria me iban a dar mis primeras clases de Historia de México. Fue mi primer acercamiento a lo que llaman la ”historia de los pueblos precolombinos y de sus grandes civilizaciones“. Pueden imaginarse, fue un conflicto interno muy grande cuando entré al salón por primera vez a que me contaran “la historia oficial” del país y de los pueblos.

El maestro nos había dicho de llevar recortes de fichas monográficas sobre la historia de las civilizaciones prehispánicas. Eran de descripciones de la civilización mexica, olmeca, tarasca, maya, teotihuacana y, claro, la “mixteca” (o sea, la mía). Internamente no lograba entender la tarea de la clase. Contrastaba con mi realidad, la que había vivido en el pueblo y con mi familia de forma cotidiana. Sin embargo, seguí las indicaciones y clasifiqué estas civilizaciones por etapas y periodos. El profesor nos repetía: “es la historia de los pueblos antiguos, del pasado”, “tiene que ver con las civilizaciones que existieron antes”. Así que cuando llegué a la parte que trataba de la historia de mi pueblo fue un choque muy fuerte para mí.

Tenía que clasificarlo como un pueblo que existió en el ano tres mil antes de Cristo. Lo que, para mí, no tenía ningún sentido. Aprendí mi idioma antes que el español, mis abuelos rezaban en este idioma a nuestras deidades, mis abuelas molían el maíz sobre el metate contando historias en tu’un savi, y conversábamos cada mañana y cada noche alrededor del fogón. Y ahora, el profesor nos hablaba de mi pueblo como de un pueblo del pasado extinguido y “muerto”. Que había existido pero que ya no existía. “¿Qué podría significar esto?”, me preguntaba.

Poco a poco empecé a ver que la historia que nos estaban ensenando no tenía nada que ver con la historia que yo conocía de mi pueblo, de nuestra raíz, de nuestra memoria y de nuestras historias. Nosotros seguíamos viviendo, distintos claro, pero seguíamos viviendo. “¿Cómo encajamos en esa historia que nos cuenta la escuela?”, me empecé a preguntar.

De ahí surgieron mis primeras reflexiones, mis primeros cuestionamientos. ¿Qué era esta historia en la que nos niegan a quienes somos los pueblos actualmente? ¿Por qué continúan relegándonos al pasado si nosotros seguimos aquí? Ahora ya vemos que ciertos datos, poco a poco, se van actualizando. Por ejemplo, la misma Wikipedia hace 10 años seguía hablando de nosotros únicamente como un pueblo del pasado prehispánico. Y negaba nuestra existencia actual. En la actualidad sigue diciendo que “la cultura mixteca fue una cultura arqueológica prehispánica”. Y hace una pirueta para decir que esta cultura es “correspondiente a los antecesores del pueblo mixteco”, para no negar nuestra existencia. Aunque añade cosas como: “el pueblo mixteco no constituye una unidad”. Al final no termina de aceptarnos como los herederos y la continuidad de nuestro pasado ancestral como pueblos originarios.

Pareciera que siempre tenemos que justificar quiénes somos. Pisamos esta tierra todos los días, hablamos en nuestros idiomas, practicamos nuestros rituales, realizamos nuestras fiestas, pero se conoce tan poco de los pueblos actuales y de nuestra historia presente que nos siguen reduciendo a estereotipos y folclor. Pasamos a ser patrimonio de un país que, en los hechos, sigue negando nuestra capacidad de autogobernarnos y administrar nuestra tierra y territorio.

 

HEMOS SIDO FORZADOS A EXPLICARLES NUESTRO UNIVERSO A LOS OTROS PARA PODER EXISTIR ANTE ELLOS

Si mal no recuerdo tenía siete años cuando, en una asamblea en la comunidad, mi abuelo materno Santiago me dijo: “tú ya sabes leer español, entonces ten, léenos qué es lo que dice este documento”. Así que me puse a leer un oficio que venía del ayuntamiento al que pertenece mi comunidad. Leí este documento en medio de una asamblea conformada por el consejo de los abuelos principales de la comunidad. Este oficio describía una convocatoria para un programa federal de caminos. Recuerdo que ese documento contenía palabras de las que ignoraba su significado, era yo muy chiquita todavía. Pero los abuelos y las autoridades necesitaban que se las leyera y esto hice desde mis siete años.

Fue una cosa que me marcó: ¿por qué estas personas que eran mayores que yo no entendían lo que se estaba leyendo de un escrito? No entendía por qué les mandaban documentos en un idioma que no entendían. Ni por qué ellos no hablaban, ni escribían, ni mucho menos leían en ese idioma ajeno, que no era el idioma de la lluvia que ellos hablaban y conocían.

Desde entonces esta función de traductora entre estos dos mundos ha jugado un papel muy importante en mi historia. No sólo en un plano lingüístico, sino también cultural. Desde muy niña, me tocó ser el puente entre un idioma y el otro. Desde mi lengua materna el tu’un savi, la palabra de la lluvia, mal traducida como mixteco, hacia este otro mundo que hablaba el castellano. Sin darme cuenta, empecé a ser una traductora para la gente de mi pueblo, porque esto se necesitaba.

Estos acontecimientos seguro se repiten a lo largo del país. Vivimos en un México con un nacionalismo muy fuerte, que se ha centrado en una sola identidad nacional que es la “mexicana”, en un solo idioma que es el “español”. Y las instituciones hablan este idioma. El acceso a la salud, a la educación, a la justicia, está condicionado a hablar y conocer a este otro mundo que habla el español. Incluso, las convocatorias de los programas federales, estatales o municipales sobre salud, educación, alimentación, agua, etcétera. Los pueblos indígenas tenemos que aprender a hablar ese idioma si queremos acceder a todos estos derechos como personas pero también como pueblos.

Se habla de que las lenguas indígenas son lenguas nacionales. Eso es bonito, pero no es suficiente. La traducción tanto cultural como lingüística debe estar garantizada en todos estos espacios institucionales. Pero este papel de traductora que yo jugué desde la niñez no está reconocido, aunque su necesidad es evidente. No bastan las leyes y reformas constitucionales si en la vida cotidiana los pueblos seguimos sometidos a un idioma hegemónico que es el castellano.

Vivimos una negación simbólica de quiénes somos. Todos los días nuestra identidad en su totalidad es negada. Repito, en los últimos años, han extraído lo colorido de los pueblos y han folclorizado lo que sirve al mercado, al capital y a la simulación del Estado. La realidad es que, en muchos rincones y realidades, los pueblos somos gente con grandes conflictos y problemáticas de violencia, inseguridad, sin acceso a derechos humanos básicos.

Nos queda claro que nos siguen empujando, rotundamente, como pueblos originarios, hacia la asimilación. Esto también es violencia y se continúa ejerciendo contra nuestros pueblos originarios e invade nuestras vidas cotidianas para desplazar nuestro idioma para sobrevivir. La brecha que se tiene que cerrar para poder alcanzar esa justicia social, ese derecho a simplemente continuar siendo pueblos y naciones originarias, aún es muy grande.

 

EL RACISMO COTIDIANO, LA NEGACIÓN DE NUESTROS ROSTROS QUE NO ENCAJAN

Un día, llevaba conmigo tres bolsas con unos encargos que me había hecho la familia. Me había pasado la mañana realizando compras en mercados mayoristas alrededor del Zócalo de Ciudad de México. Iba vestida con mi huipil, mis huaraches y unos pantalones de mezclilla. Llevaba estas tres bolsas encima esta tarde porque, para nosotras, es algo común llevar encargos y andarlos llevando en brazos y espalda por la ciudad. En nuestras comunidades, hay muchas cosas que no encontramos. Puede ser ropa, herramientas de ferretería, juguetes, algún antojo como dulces, o qué sé yo.

Me llevé una sorpresa muy fuerte al llegar al lugar ese día. Tenía una cita para ver a mi pareja en un cafecito del Centro Histórico. Íbamos a comer algo juntos después de ese día de compras y encargos. Pero resulta que a la mera hora no me dejaron entrar. Entré, dejé mis bolsas junto a una mesa y pregunté por el baño. Lo primero que me contestó una mesera fue “oye, no puedes pasar, los baños son para los clientes”. En el momento, me quería reír de lo absurdo que estaba pasando. No me preguntaron si iba a consumir algo. No me preguntaron nada de hecho. Sólo me juzgaron y asumieron que yo estaba aquí para hacer uso de su baño y que no podía ser una clienta suya. Y ya no me reí. Más bien me indigné. Salí de ahí y nunca más regresé. Era un cafecito que me gustaba. Pero esto era demasiado. Sólo por mi aspecto dedujeron que no podría ser su cliente y me rechazaron.

En el momento, pensé que me podía defender fácilmente en castellano. Pero justo después pensé: ¿Y por qué debería de defenderme cuando sólo entré a tomar un café? Y recordé, en las personas de mi comunidad o de otros pueblos que no hablan este idioma castellano y que no podrían defenderse en castellano, ¿cómo le harían? ¿Y cuántas historias así no han de suceder a diario? Salí sin darles ninguna explicación. No se la merecían.

Cuando hablo de racismo, es porque siguen siendo actos de exclusión, de desprecio, de negación de la otra persona y de su identidad. Y eso ha generado muchísimo dolor en nuestras historias, y luego este dolor se transforma a veces en impotencia y a veces en rabia. Y esta rabia muchas veces la dirigimos hacia nosotros mismos porque no entendemos ese desprecio. Es importante nombrar el racismo, porque mata la cultura y a las sociedades en las que vivimos.

El racismo lo conozco bien desde pequeña. Pero no sabía qué era o que así se llamaba, ni por qué se dirigía a nosotros. Era muy pequeña, pero claro que lo recuerdo. Cada vez que viajaba con mis abuelos en el transporte público del municipio, o cuando ellos bajaban a vender frutos y alimentos de la montaña hacia la capital de la región, lo vivía. Veía cómo nos miraban. Tengo grabadas las caras que nos ponían, las expresiones de la gente que nos barría. Veía con qué tono nos hablaban. Veía cómo la gente nos regateaba, cómo agarraban nuestras cosas y luego las aventaban. Era extraño. Me molestaba. Pero no entendía por qué sucedía. O por qué mis abuelos no decían nada. Claro, casi no hablaban el castellano, sólo mi abuelo decía unas palabras en este idioma para poder vender sus productos.

Cuando mi abuela ofrecía sus piezas, sus textiles, la gente los miraba de arriba para abajo y le decían cosas como “te voy a dar 20 pesos. Si quieres, está bien. Si no llévatelos de regreso”. Y a veces mi abuela cedía. Porque estos textiles eran como su cajita de ahorro, y era mejor irse con poco dinero que regresar a la comunidad con las manos vacías. Las necesidades eran muy fuertes. Poco a poco fui aprendiendo que eso tenía nombre y se llamaba regateo, coyotaje, y era parte de un racismo sistémico que se ejerce hacia los pueblos indígenas desde siempre y hoy sigue muy presente.

Hay muchos relatos que duelen y que marcaron mi historia. No me definen. Porque aprendí a convivir con esa gente racista y llena de desprecio. Esa gente que nos decía, de lejos o de cerca: “es que huelen mal”, “hazte a un lado”, “es gente sucia”, “ignorantes”, etcétera. No me definen, pero no puedo por arte de magia hacerlos a un lado. Me toca vivir con ellos.

Esas marcas de desprecio me molestaban, me daban mucha impotencia. Porque yo olía a mis abuelos. Y, entre nosotros, a mí me gustaba ese olor. Era un olor a casa, a montaña, a trabajo, a fogón. Claro que olemos a tierra, a sudor del campo, al trabajo, olemos a humo. Olemos a la vida que nos tocó vivir. Olemos a eso que para nosotros es el olor de la Montana. Y ese olor todavía lo llevo a donde quiera que voy. Hasta el día de hoy.

Primera parte de la columna “Soy Montana”, publicada en el portal Desinformémonos.

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