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DE SERPIENTES Y HUMANOS. SEMBRAR SIN EXTERMINAR: ¿ES POSIBLE LA COEXISTENCIA EN LA AGRICULTURA?

IVÁN VILLALOBOS-JUÁREZ

La agricultura industrializada ha convertido al campo en una sonata monótona. Donde zumbaban abejas nativas, ahora se escuchan tractores, donde cantaban las aves, ahora se escuchan aspersores con fertilizantes, y el territorio donde se arrastraban serpientes ha quedado reducido a surcos uniformes, semillas comerciales, híbridos, transgénicos y calendarios de fumigación con herbicidas y pesticidas carcinogénicos. No obstante, dentro de las parcelas persisten las interacciones biológicas: insectos que polinizan, hongos que descomponen la materia orgánica, aves que dispersan semillas y serpientes que cazan y regulan el crecimiento de las poblaciones de roedores. Durante décadas se hizo creer a los agricultores que cualquier organismo que comiera una hoja, perforara un fruto o apareciera entre los cultivos era una plaga. La respuesta inmediata fue declarar una guerra química contra el campo. Se aplicaron insecticidas sin distinguir entre organismos “dañinos” y benéficos; herbicidas para eliminar plantas consideradas inútiles, y rodenticidas cuyos efectos alcanzan a especies que nunca fueron el objetivo. El resultado no es un territorio libre de plagas, sino sistemas agrícolas cada vez más envenenados y dependientes del sistema.

En muchas comunidades, las prácticas campesinas como el sistema milpa, la rotación, el descanso de la tierra, la selección de semillas, la asociación de cultivos y el aprovechamiento de plantas silvestres contienen principios que hoy la academia presenta como “agroecología”, por lo que no toda agricultura tradicional debe ser sustituida, pero definitivamente es urgente transformar la agricultura industrial o convencional que depende meramente de monocultivos, maquinaria intensiva y agroquímicos. No se trata de abandonar los conocimientos tradicionales, sino de reconocerlos, fortalecerlos y ponerlos en diálogo con herramientas científicas que sean útiles para las comunidades.

Frente a esta problemática, el control biológico ofrece posibilidades, como aprovechar las relaciones entre organismos para mantener a las poblaciones que dañan los cultivos por debajo de niveles que ocasionen pérdidas inaceptables. Insectos, arácnidos y vertebrados pueden participar en esa regulación, sin embargo, el control biológico no debe entenderse como la simple sustitución de un frasco de insecticida por otro frasco que contenga microorganismos, ni la liberación indiscriminada de depredadores comprados en un catálogo de empresas multinacionales. Existe un control biológico de conservación que comienza protegiendo a los organismos que ya habitan el territorio. Mantener la vegetación nativa, franjas florales, árboles, suelos cubiertos por materia orgánica, refugios y diversidad de cultivos pueden ofrecer alimento y resguardo a polinizadores y depredadores aliados.

Entre los aliados más perseguidos de los cultivos se encuentran las serpientes. Su presencia suele generar miedo, y ese miedo no es en vano: México es el país que más especies venenosas alberga en su territorio y una mordedura puede constituir una emergencia médica grave. Pero reconocer el riesgo no obliga a convertir a cada encuentro en una sentencia de muerte. La mayoría de las serpientes en México ni siquiera son venenosas, y aun cuando lo son, intentan alejarse de las personas durante los encuentros. Las serpientes venenosas forman parte de los ecosistemas y cumplen funciones o roles ecológicos esenciales que deben ser comprendidos y en este caso utilizados como parte del sistema de cultivo.

Aprender a coexistir con las serpientes implica reconocer que las especies venenosas pueden representar un problema de salud pública y que en México todavía se registran intoxicaciones y muertes a causa de sus mordeduras. Sin embargo, muchos de estos fallecimientos y casos atendidos de manera inadecuada ocurren en comunidades rurales con acceso limitado a los servicios de salud; incluso cuando existen unidades médicas cercanas, pueden presentarse carencias de personal capacitado o desabasto de faboterápicos —también llamados antivenenos— para tratar oportunamente el envenenamiento. Por ende, la coexistencia no debe proponerse a la ligera ni reducirse a pedir a las personas que no maten serpientes: debe acompañarse de educación preventiva, protocolos de respuesta, disponibilidad permanente de antivenenos y servicios médicos accesibles, especialmente en cultivos donde los encuentros son más frecuentes.

Muchas especies de serpientes consumen ratones, ratas y otros pequeños mamíferos que se alimentan de semillas, dañan cultivos o contaminan almacenes. Cuando una serpiente es asesinada, no solamente desaparece un individuo, también se elimina un depredador que participaba en la regulación de organismos capaces de reproducirse rápidamente. Esto no significa que deban liberarse serpientes deliberadamente dentro de parcelas, invernaderos, bodegas o zonas de vivienda. Tampoco implica pedir a los trabajadores que se acerquen, capturen o manipulen animales que no saben identificar. La coexistencia necesita distancia, prevención y protocolos claros. Conservar serpientes en los cultivos no es exponer a las personas, es organizar el territorio para que las serpientes que ahí habitan realicen un control biológico y al mismo tiempo puedan ser depredadas por otros organismos como las aves rapaces y otras serpientes.

Transformar el miedo y dejar de ver a las serpientes como enemigas para reconocerlas como aliadas de nuestros cultivos es un proceso largo, tanto para nuestro aprendizaje como para la adaptación de los predios. Su presencia puede contribuir al control natural de roedores y otros animales que consumen semillas, dañan las cosechas o transmiten enfermedades. Sin embargo, recuperar este equilibrio no ocurre de manera inmediata. Durante los primeros años de transición hacia el control biológico y la agroecología pueden presentarse incertidumbres, mayor necesidad de vigilancia y trabajo, cambios en el manejo de la vegetación, costos adicionales y variaciones temporales en el rendimiento.

Así también, es necesario aprender a reconocer a las especies, establecer protocolos para actuar ante serpientes venenosas y contar con capacitaciones para su reubicación segura y ética. Admitir estas dificultades no debilita la propuesta agroecológica, sino que la vuelve más honesta, responsable y viable. Negarlas, prometer resultados inmediatos o presentar a la naturaleza como una solución automática convertiría a la agroecología en propaganda y dejaría nuevamente solos a quienes trabajan y defienden a la tierra. La viabilidad no depende únicamente de demostrar que una técnica funciona, también depende de quién asume el riesgo alimenticio.

Tampoco puede haber agroecología verdadera si las decisiones permanecen en manos de empresas multinacionales o investigadores externos. La comunidad debe participar en el diagnóstico, definir qué problemas desea resolver y evaluar los resultados. Los conocimientos campesinos no son una decoración para legitimar proyectos institucionales; son parte central del manejo del territorio. La experimentación puede realizarse en parcelas demostrativas, comparando métodos y compartiendo los aprendizajes sin poner en riesgo las producciones familiares.

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