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SIEMPRE HEMOS SIDO INDÍGENAS MODERNOS. UNA REFLEXIÓN SOBRE LA INDUMENTARIA

ANDRÉS HERNÁNDEZ JUÁREZ

¿En qué momento un indígena deja de ser indígena? Hay preguntas que parecen surgir de la historia, pero en realidad nacen de la mirada con la que otros nos observan. Para muchos, la respuesta parece encontrarse en la ropa.

–Ya no visto de calzón de manta, huaraches y sombrero. Por tal motivo, quizá la sociedad cree que he dejado de ser indígena —le dije alguna vez a mis padres. Mi madre me respondió:

–Si tu lógica opera bajo esa premisa, entonces yo tampoco soy indígena. Yo no visto como lo hacía mi mamá, mucho menos como lo hacía mi abuela. Nuestras primeras abuelas no vestían esas nahuas blancas que usan las abuelas modernas. Mi bisabuela usaba el cueitl, una prenda que sí forma parte de esta tierra, no como la nahua, cuya historia llegó desde otros lugares. Ella ni siquiera usaba huaraches. Las mujeres de hace no tanto tiempo todavía exponían parte de su torso con naturalidad.

Mi padre continuó la reflexión:

–Yo tampoco visto como mi bisabuelo; él andaba descalzo, usaba un calzón de manta distinto al modelo recto de la actualidad y se ponía un sombrero de paja, no como los sombreros que ahora lucimos. Así vestía él en su tiempo, y así vestimos nosotros en el nuestro. Pero incluso la ropa que usamos ahora tampoco es igual a la que usaban ellos.

El calzón de manta, los huaraches y los sombreros, así como las nahuas, el cueitl y las distintas prendas que han vestido las mujeres de nuestro pueblo, tampoco han sido siempre iguales. Todo eso cambió con el tiempo; hubo un momento en que aquello fue nuevo, la manera moderna de vestir de una generación anterior.

Entonces comprendí que mis bisabuelos vistieron de acuerdo con su generación y yo visto de acuerdo con la mía. Incluso aquello que hoy consideramos tradicional tampoco ha sido siempre igual. La ropa que usaban mis abuelos no era exactamente la misma que usaron sus abuelos, y probablemente tampoco será la misma que usemos nosotros mañana.

A partir de esa reflexión concibo lo siguiente: los indígenas nunca hemos estado faltos de conocer la modernidad. Desde que se gestó nuestra cultura madre —en mi caso, la totonaca— hemos realizado un sinfín de cambios: en nuestra alimentación, en nuestra lengua, en nuestra manera de vestir y también en nuestra manera de comprender la realidad. El problema aparece cuando la realidad y la modernidad de los indígenas son concebidas como algo negativo, como si cambiar significara necesariamente dejar de ser lo que somos. Pero mientras el núcleo, la matriz identitaria, conserve sus bases fundamentales, ¿por qué el cambio tendría que quitarnos nuestra condición indígena?

La indumentaria ha cambiado, sí. Pero también han cambiado nuestras maneras de comprender el mundo y nuestro sistema de creencias. Antes no mirábamos la realidad con ojos católicos. Nuestra perspectiva cosmogónica estaba encaminada por deidades propias de nuestro pueblo; en Tuxtla, por ejemplo, Aqtsini’,1 Ki’wiiqoolo’2 y Skuuyuuchat3 formaban parte de esa manera de comprender y ordenar el mundo. Y si usamos la misma mirada con la que juzgamos la modernidad de la ropa y decimos que alguien deja de ser indígena porque ya no viste calzón de manta o nahua como lo hacían sus abuelos, entonces tendríamos que aplicar esa misma lógica a nuestras creencias. Bajo esa idea, nuestros propios abuelos tampoco serían indígenas si los comparamos con sus propios abuelos. En la actualidad, en muchos pueblos, como Tuxtla, los santos católicos funcionan como receptores de la fe. Pero en un periodo que no se encuentra tan lejos en el tiempo, los dueños del agua, de la tierra, del aire y del trueno eran quienes ponían orden en la concepción de nuestros antecesores.

Hoy, en muchos casos, la religión católica es el lienzo desde el cual nuestros abuelos comprenden y organizan su realidad. Una realidad que difiere de manera contundente de aquella que existía en nuestra cultura madre

. Pero el hecho de que nuestros abuelos hayan dejado de comprender la realidad exclusivamente a través de esas deidades no significa que sean menos indígenas. Nadie pone en duda que nuestros abuelos, aun con sus nuevas concepciones religiosas, sigan siendo indígenas.

¿Por qué, entonces, sí se pone en duda nuestra identidad cuando cambiamos de ropa?

Lo mismo ocurre con nuestra lengua totonaca. La lengua que hablo, por ejemplo, no es igual a la que se hablaba hace quinientos años. Todo cambia. Pero el hecho de que existan préstamos, mezclas o influencias del español no significa que mi lengua deje de ser considerada indígena. Las lenguas nunca han sido objetos inmóviles; cambian porque sus hablantes cambian, porque las sociedades se transforman y porque ninguna cultura existe aislada del resto del mundo.

Es verdad que existen personas mucho más puristas, tanto en el uso de su lengua como en su vestimenta. Y eso también forma parte de nuestra diversidad. Pero no podemos convertir una sola manera de ser indígena en la medida con la que juzguemos a todos los demás. La modernidad no nos quita lo indígena, ni el cambio borra necesariamente la historia que nos sostiene.

No dejamos de ser indígenas porque cambiemos el calzón de manta por el pantalón, los huaraches por los zapatos, una forma de hablar por otra o porque nuestra manera de comprender el mundo se transforme con el tiempo. Quizá el problema está en que todavía existe una idea según la cual, para ser reconocido como indígena, uno debe permanecer inmóvil, vestido y pensando como lo hacían sus antepasados.

Pero ninguna cultura ha permanecido inmóvil. Nuestros abuelos cambiaron, sus abuelos también cambiaron, nosotros seguimos cambiando. Y si el cambio fuera motivo suficiente para dejar de ser indígenas, entonces habría que preguntarnos: ¿en qué momento exacto tendríamos que habernos detenido para seguir siendo indígenas?

¿En la ropa de nuestros padres? ¿En la de nuestros abuelos? ¿En la de nuestros bisabuelos? ¿En las creencias de hace ciento cincuenta años? ¿O tendríamos que regresar hasta el momento en que se gestó nuestra cultura madre?

La respuesta es imposible, porque ser indígena nunca ha significado permanecer detenido en el pasado. Somos herederos de una historia, de una memoria, de una lengua, de un territorio y de una matriz identitaria. Significa continuar: continuar una lengua que cambia, continuar una cultura que se transforma, continuar una memoria que se adapta a nuevas realidades. No somos indígenas a pesar del cambio, hemos seguido siendo indígenas a través del cambio. Y quizá esa sea la verdadera pregunta que debemos hacernos: ¿por qué se nos exige demostrar nuestra identidad permaneciendo inmóviles, cuando ninguna generación antes que nosotros lo estuvo? Nuestros antepasados también enfrentaron nuevas realidades: adoptaron, transformaron, rechazaron y crearon. Nuestros abuelos hicieron lo mismo, nosotros también lo hacemos; por eso, la modernidad no nos convierte en menos indígenas. Porque, en realidad, siempre hemos sido indígenas modernos.

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Andrés Hernández Juárez, escritor totonaco, originario de Tuxtla, Zapotitlán de Méndez, Puebla.

Notas:

1. San Juan de Agua: dios del agua
2. San Juan de Monte: dios de los cerros
3. Deidad del monte
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