ENTRE EL TIEMPO Y LA MEMORIA
Aún recuerdo tu presencia, aunque el tiempo haya intentado borrar algunos detalles de tu rostro y de tu voz. Dicen que los años curan las heridas, pero nunca hablan de las huellas que dejan las personas que más amamos. Hay recuerdos que se vuelven borrosos con el paso del tiempo, mientras que otros permanecen intactos, como si el corazón se hubiera encargado de guardarlos donde el olvido no puede alcanzarlos. Y es ahí donde sigues viviendo tú.
A veces me pregunto cómo sonaría tu voz si pudiera volver a escucharte. Intento imaginar tu risa, tu manera de hablar, las palabras que usarías si estuvieras aquí. Me esfuerzo por recordar cada detalle de tu rostro, pero después de tantos años algunos se han ido desvaneciendo. Me duele admitirlo, porque quisiera poder describirte exactamente como eras, sin miedo a olvidar nada.
Hubo una tarde en la que estaba sola, encerrada entre cuatro paredes, pensando en ti. Fue entonces cuando me di cuenta de que ya no recordaba con claridad muchas cosas. Apenas podía imaginar tu forma de caminar o esos chistes tan raros que hacías para hacerme reír. Todo lo demás parecía haberse convertido en pequeños fragmentos de una historia que el tiempo fue desgastando. Eran recuerdos sin voz, sin rostro, pero con un corazón inmenso.
Sin embargo, hay imágenes que jamás se irán de mi memoria.
Recuerdo la última vez que te vi, dentro de esa caja plateada. Recuerdo el silencio que llenaba aquel lugar. Recuerdo tus mejillas sin color, tu sonrisa ausente y esa barba extraña que nunca antes te había visto. Nunca imaginé que esa sería la última imagen que tendría de ti, y durante mucho tiempo deseé poder reemplazarla por cualquier otro recuerdo. Con el paso de los años entendí que, aunque esa despedida forma parte de mi historia, no define quién fuiste. Tú eras mucho más que aquel momento.
Prefiero recordarte lleno de vida.
Recuerdo tu silueta danzando entre la música y los colores, con ese atuendo que tú mismo habías hecho para una fecha tan especial. Recuerdo cómo disfrutabas cada instante, cómo gritabas para animar a los demás y cómo parecías contagiar alegría a cualquiera que estuviera cerca de ti. Siempre he pensado que tú le dabas sentido a toda esa fiesta. No era sólo la música ni los colores; eras tú quien hacía que todo se sintiera más vivo.
También recuerdo cuando te aventabas al río en ese columpio que habías construido para pasar las tardes de calor. Parecía que no existía preocupación alguna, sólo el sonido del agua y tus ganas de disfrutar el momento. Recuerdo tu short verde, tu cabello del mismo color y aquella tarde en la que me tocó peinarte. Nunca te dio miedo ser diferente; hacías las cosas a tu manera y eso era parte de lo que te hacía tan especial. Hasta en los detalles más sencillos dejabas recuerdos que hoy siguen haciéndome sonreír.
Con el tiempo he entendido que olvidar no siempre significa dejar de amar. Hay cosas que mi memoria ya no logra reconstruir, pero mi corazón nunca ha dejado de reconocerte. Porque el amor no desaparece cuando una persona ya no está; simplemente aprende a vivir de otra forma.
A veces me descubro imaginando cómo serías ahora. Me pregunto qué sueños habrías cumplido, cómo te verías, qué pláticas tendríamos o cuántas veces nos habríamos reído de cualquier tontería. Me pregunto si seguirías haciendo esos chistes que sólo tú entendías o si seguirías encontrando la manera de abrazarme justo cuando más lo necesitara. Son preguntas que nunca tendrán respuesta, pero aun así me gusta imaginarlas, porque por un momento siento que vuelves a estar cerca.
Tal vez mis recuerdos parezcan pocos o incluso vagos para alguien más, pero para mí son un tesoro. Son todo lo que el tiempo me permitió conservar y los abrazo con todas mis fuerzas. Porque sería imposible olvidarme de alguien que forma parte de mi sangre, de la persona que nació primero que yo, que me cuidó, que compartió momentos de mi infancia y que dejó una parte de sí en mi vida para siempre.
Dicen que nadie muere mientras siga siendo recordado, y quiero creer que es verdad. Porque cada vez que pienso en ti, cada vez que cuento una anécdota tuya, cada vez que sonrío al recordar tus ocurrencias o siento un nudo en la garganta al extrañarte, vuelves a existir un poquito en mí.
Han pasado siete años, y aunque el tiempo no se detiene, tampoco lo hace el cariño que te tengo. Tu ausencia cambió muchas cosas, pero nunca cambiará el lugar que ocupas en mi corazón. Te extraño en los días importantes, en los días difíciles y también en los días comunes, porque incluso en la rutina hay momentos en los que desearía voltear y encontrarte ahí.
Gracias por cada recuerdo que me dejaste, por cada abrazo, por cada risa y por haber sido mi hermano. Ojalá dondequiera que estés puedas sentir todo el amor con el que hoy te recuerdo.
Siempre serás parte de mí. Siempre habrá un pedacito de mi corazón que te pertenecerá, porque el tiempo podrá llevarse muchas cosas, pero jamás podrá llevarse el amor que siento por ti.
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Adamary García Fernández es originaria del municipio de Papantla, Veracruz.