DESDE QUE NACEMOS NOS TOCA TRADUCIR NUESTRO MUNDO / 354
Cuando era niña no entendía por qué había un trato distinto cuando la gente mestiza nos veía llegar a la ciudad. Ahora sé que eso es racismo, no sólo discriminación, como se pretende minimizar su impacto. Es racismo porque cruza y parte con nuestros cuerpos y nuestro color y nuestros rasgos. Y no dudo en nombrarlo así. Es parte del desprecio cotidiano que vivimos quienes tenemos estos rasgos físicos, quienes tenemos estos rostros, quienes tenemos este modo distinto de vestir, de hablar, de habitar México.
Lo que sí me desconcertó fue la actitud de mi universidad. Estudié antropología. Recuerdo que llegué aquel día a la CDMX desde la montaña, para ese entonces estaba esperando mi constancia de aprobación de tesis. Estaba muy contenta por haber finalizado la universidad. Ese sueño que tenía de estudiar para luego regresar a trabajar a mi pueblo y mi región por fin se estaba concretando. ¡Tenía tanta ilusión! Por ejemplo de poder mostrar ese documento a mi familia y a mis conocidos. Era un logro, iba a ser la primera mujer en lograr estudiar en la universidad de varias generaciones en la familia y de las primeras en la comunidad.
Sólo requería ir a entregar mis documentos para tramitar el título. Así que cumplí con todos los requisitos, y me presenté en la ventanilla de servicios escolares… Pero había un requisito que no había contemplado. Al llegar al lugar, me atendió una mujer de mediana edad, con camisa y traje formal. Todavía recuerdo cuando dijo “siguiente turno”. Ahí estaba yo, lista para entregar lo que pensaba que eran todos mis requisitos.
“¿Qué trámite vas a realizar?”, me preguntó. Y yo le respondí: “Voy a tramitar mi título”. “¿Traes todos los requisitos?”. Y yo respondí que sí. Saqué todos mis papeles y mis fotografías a blanco y negro para presentárselos. Mientras esperaba el documento de recepción de trámite, me di cuenta que estaba pasando algo raro. Poco a poco, se le fue cambiando la expresión a la mujer. Leía el documento y me veía de reojo de forma repetida. Primero, no entendí qué era lo que pasaba. Hasta después de revisar una y otra vez mi documento, me dijo de forma contundente: “¿No tienes otras fotografías? ¿Algunas que sean más formalitas?”. Yo le respondí: “¿Cómo? No le entiendo”. Porque realmente no le entendía. Ni se me hubiera pasado por la cabeza. Así que me volvió a decir: “Sí, una fotografía con saco y camisa formal de cuello. Es que así no te las puedo recibir. No estás formal con eso que traes en la foto”. Unos días antes había ido con el fotógrafo para sacarme las fotos. Me puse la ropa más formal que existe para mí y para mi pueblo. Esto es lo que traía en las fotos: un huipil de fiestas. Y resulta que esta persona de la administración no estaba de acuerdo conmigo o con lo que era formal y de gala para mi pueblo originario.
Al escuchar sus palabras, reaccioné: “Pero esa ropa para mi cultura es la más formal. Es algo muy digno salir con mi huipil”. Entonces respondió que no las recibiría y que regresara con fotos de acuerdo al protocolo. Me dio mucha indignación en este momento, volví a sentir este dolor muy específico que provoca el racismo. Decidí no titularme hasta que se me permitiera salir con mi huipil, con mi traje formal y que no se me discriminara por mi modo de vestir. A lo largo de mi experiencia seguí viviendo estas pequeñas prácticas sutiles de desprecio que en el país minimizamos el daño que causan y hemos normalizado por completo.
En distintas ocasiones me estuve preguntando qué más teníamos que hacer para ser considerados con los mismos derechos. ¿Por qué no tenía derecho a ser parte de esta sociedad mestiza o mexicana? Primero nos dicen que se necesita hablar español, luego que tenemos que oler bien, luego te dicen que tienes que vestirte “bien”, luego hay que estudiar y “verte civilizado”. Sólo así te irán aceptando. Cuántos millones de personas vivimos en este país con una cultura que no tiene nada que ver con lo que nos enseñan. Recuerdo una y otra vez comentarios de este tipo. En las calles del municipio, incluso en ámbitos festivos o mercados se volvieron naturales la norma y la costumbre para borrar quienes somos los pueblos originarios.
A este episodio le siguieron muchos más. Incluso, siendo ya una profesionista, me siguieron pasando. Y esto me hizo pensar muchas veces, porque me quedaba con una sensación fea, de impotencia, de coraje, pero de tristeza por el mundo que no quiere tolerarnos. Para los ojos de los que no son como nosotros los pueblos, parece que “nunca seremos suficientes”.
Vivimos en una sociedad que siempre nos exigirá todo a nosotros. Porque somos distintos, porque tenemos otra manera de sentir, porque tenemos otros rasgos que ellos, porque nos gustan otras cosas, porque practicamos y pensamos atados a la tierra, porque hablamos con el fuego y con los espíritus de la montaña. Porque simplemente no somos los mismos. Y yo me pregunto todavía ahora: ¿por qué les cuesta tanto entender esto?
DE NADA SIRVE QUE TENGAMOS LEGISLACIÓN A NIVEL NACIONAL O INTERNACIONAL
En una ocasión, me tocó acompañar a mi abuela María a presentarse al ministerio público. Ella era una abuela de 75 años. Monolingüe, sólo hablaba el tu’un savi, nuestro idioma. Había recibido un citatorio para declarar, pero no le entendía nada. Al llegar al lugar, íbamos nerviosas. Yo si mal no recuerdo iba en primer año de preparatoria y tenía alrededor de 16 años. Desde niña había acompañado a mis familiares cercanos y a mi pueblo a traducir a los hospitales, a comprar o vender, a buscar trabajo o casa, pero no me había enfrentado al sistema de justicia. Y esa escena fue espeluznante para mí.
Primero, a mi abuelita le daba miedo de que la encarcelaran. Porque no entendía ni una sola letra de ese citatorio y tenía entendido, por lo que le dijeron, que llegaba del ministerio público. Esto en sí mismo era una experiencia traumatizante. Luego, cuando llegamos a las oficinas, todas las personas que ahí laboraban nos miraron de arriba hasta abajo, como si fueran a escanearnos. Tenían los ojos muy abiertos, como si fueran unas impresoras, pero ignoraron nuestro saludo.
Mi abuela no hablaba castellano, así que la acompañé hacia una de las personas que se encontraban en su escritorio. Me dijeron que me acercara al escritorio del responsable y que ahí tomara asiento y esperara. Mi abuela, que seguía a mi lado, me preguntaba qué pasaba. “¿Por qué tardan tanto? ¿Y por qué me han llamado?”. Estaba preocupada, tenía miedo de que se fuera a quedar aquí. O por qué es que se tardaban tanto. Desde mis 16 años, intenté no paniquear y luego explicarle lo poco que sabía yo.
En cuanto llegó el agente del ministerio público, mi abuela me tomó de la mano fuertemente. En ese momento, el señor leyó el citatorio y se lo traduje para que le quedaran claros los motivos del citatorio. Estaba espantada. Le entregué los documentos de identidad de mi abuela María al agente del ministerio público. Y procedí a decirle: “Mi abuela no habla español. No sabe leer, ni mucho menos escribir”. Entonces le pregunte al agente: “¿Quién le va a traducir? La vine a acompañar yo”.
El agente me contestó: “Si quieres quédate con ella, y le vas traduciendo, está bien. Porque aquí no hay quien hable ese idioma. Y tú, ¿eres mayor de edad?”. Le respondí que no. Pero el agente me contestó: “Pues como tú quieras, ya te dije, aquí no hay quien hable ese idioma. Y si solicitamos un traductor puede tardar días. Esto si es que quieren venir”. Ante ello, mientras el señor seguía hablándome en tono de regaño, mi abuela empezó a temblar. No entendía lo que pasaba. Era una sensación de mucha impotencia para mí. Mi abuelita era una mujer mayor, no entendía ni una palabra de ese interrogatorio. Y yo era responsable de hacer que no le sucediera nada malo.
Era como un teatro y una sala de tortura a la vez. La intimidaron con un documento que no podía leer, le hablaban en un idioma de otro universo cultural y lingüístico, la acorralaron. Así fue mi sensación. Quién sabe cómo habrá sido la de ella. Pero yo me quedé a su lado. Sentía mucha impotencia, pero sabía que era mi papel. Tenía que ser este puente. Aunque dolía. Porque si no hubiera estado, no quiero pensar en qué hubiese sucedido.
Recuerdo que desde niña he estado haciendo estos acompañamientos. A mis familiares directos y luego a la gente de mi pueblo o simplemente a los que hablan mi idioma. A veces era para ir a las consultas médicas o en los hospitales, otras se trataban de ir a resolver trámites administrativos o acudir a instituciones de justicia. Es una locura que, en nuestros territorios indígenas, no se tenga garantizado traductores y traductoras lingüísticas o culturales. O sea que no existen estos puentes que deberían ser un derecho humano, y que nunca debería de recaer sobre nosotras.
A las personas que aprendemos el castellano nos toca hacer esa traducción constantemente. Es decir que acabamos realizando un trabajo institucional, que le corresponde y es responsabilidad del Estado. Garantizar este derecho a ser interpretado y hablar en su propio idioma no es negociable. Tampoco las y los intérpretes que se necesitan. Pero muchas veces a los profesionistas que se forman en este ámbito de interpretación no se les quiere pagar un salario, porque es un trabajo. Entonces no lo pueden hacer siempre. El derecho a la identidad cultural y a tener un intérprete son derechos reconocidos en la propia constitución política del país. ¡Qué bonito y qué estético es esto! Pero esto no es real todavía en este país. Aún vivimos en un sistema de gobierno, de salud, de educación, de justicia que no logran garantizar una atención básica para nosotras respetando y considerando nuestros universos culturales, lingüísticos y cosmogónicos.
Yo ya no soy una niña. Mi abuela ha muerto. Y su generación se está apagando poco a poco. Pero yo ya soy una adulta. Y aquí camino. Con mis derechos y mis propios pensamientos. Y hoy me pregunto: “¿Qué nos queda por celebrar para este 9 de agosto, carajo?”. Nos están amenazando, exterminando, desplazando o asimilando. La violencia actual en los territorios de los pueblos indígenas no miente. Desapariciones forzadas y feminicidios de mis amigas, vecinas o asesinatos de mis familiares, desplazamiento de pueblos que he conocido y ahora viven en medio de la guerra, intentando sobrevivir.
De nada sirve que tengamos legislación a nivel nacional o internacional, de nada sirve, si los pueblos en este país no se respetan. Si todavía hay prácticas vigentes para legitimar el discurso paternalista o maternalista el día de hoy sobre los bellos pueblos indígenas, mediante una consulta simulada en materia indígena. Una consulta de una propuesta de Ley para pueblos indígenas y afromexicanos al final hecha al vapor, así como se han diseñado muchas políticas dirigidas a los pueblos indígenas en este país. No nos toman en serio y eso lo conocemos bien.
No requerimos que los gobiernos nos expliquen quiénes somos, ni clasifiquen nuestro patrimonio o herencia ancestral. Exigimos que se respete nuestra autonomía y autodeterminación para decidir cómo queremos vivir como pueblos el día de hoy.
Pero primero, que las autoridades paren la violencia en los territorios indígenas, porque siguen simulando pacificación en las montañas de Guerrero, y en el monte la gente sigue librando guerras. Decimos que mientras no haya paz en nuestros territorios, no podemos avanzar para hablar de “bienestar” ni hablar de leyes y más derechos que siguen huecos. Porque tan grande es la diversidad cultural en México, como tan grandes son sus problemas que atravesamos como país. No simulemos, no neguemos la dolorosa realidad.