VOLVER AL SOLAR: LA REVOLUCIÓN DE LO PEQUEÑO
Ángel Ku y Valiana Aguilar fundaron en Sinanché, Yucatán, el colectivo Suumil Móokt’aan. Su apuesta: regenerar la tierra, la memoria y la vida comunitaria desde lo cotidiano. Esta es su historia.
Sinanché, Yucatán. Ángel Ku creció escuchando que para ser alguien en la vida había que salir del pueblo. Valiana Aguilar también. Ambos lo hicieron: dejaron sus comunidades en Yucatán, entraron a la universidad, buscaron respuestas en el activismo, en las ONGs, en la ciudad. Pero algo se rompió en el camino. Las instituciones les prometieron transformación y les entregaron burocracia; las organizaciones les hablaron de justicia y reprodujeron las mismas lógicas de poder que decían combatir. Desencantados, se preguntaron: ¿dónde se puede construir una alternativa de vida? La respuesta no estaba en la ciudad ni en los grandes relatos revolucionarios. Estaba en casa.
Hoy, Ángel y Valiana viven en Sinanché, un pueblo pequeño de Yucatán, y coordinan Suumil Móokt’aan, un colectivo que en su nombre lleva su intención: suumil es la soga; móokt’aan, la reunión de la palabra. Anudar la palabra, amarrar la memoria.
Juntos han levantado un solar con casa maya, meliponario, baños secos, cisterna de captación de agua de lluvia, taller de carpintería y una cocina que es el corazón del espacio. También trabajan una parcela donde, tras varios fracasos, lograron cosechar maíz con un método que imita al monte: la agricultura sintrópica. No se consideran héroes ni iluminados. Sólo dos personas que decidieron regresar al pueblo, y eso ya es de por sí heroico.
En esta conversación, Ángel y Valiana hablan del desencanto con las instituciones, de la memoria de las abuelas, del dolor histórico del henequén, de la relación con los animales del monte y de una pregunta que los desvela: ¿qué condiciones hacen falta para que las y los jóvenes no tengan que irse para ser alguien? Porque, como dice Valiana, “tenemos que apostar a quedarnos en nuestros pueblos, a hacer comunidad”.
–¿Cómo nace Suumil Móokt’aan?
–Nosotros vivimos cinco años en Oaxaca. Salimos de nuestras comunidades para estudiar, como tantas y tantos. Pero en Oaxaca conocimos otras formas de organización, de cuidado del agua, de la tierra. Y en algún momento empezamos a preguntarnos qué pasaría cuando regresáramos a Yucatán. Porque sabíamos que no era un viaje para siempre. Ahí empezamos a vislumbrar lo que queríamos replicar: ecotecnologías, rescate de la cocina tradicional maya, el solar.
–Cuando regresamos en 2019, llegó el Covid. Nos frenó lo que queríamos hacer: platicar con las abuelas y abuelos sobre el solar. En 2020 hicimos talleres de medicina tradicional. Y en esos talleres, cuando preguntábamos de dónde salían las hierbas, la gente decía: “Ah, pues de los solares”. Así empezó a tomar forma todo.
–Ustedes no sólo regresaron al pueblo, sino que apostaron por regenerar la tierra. ¿Cómo llegaron a eso?
–Al principio queríamos producir nuestra comida. Comer lo que sembramos. Pero pronto entendimos que el solar no alcanzaba para todo. Dentro de la historia del solar siempre hubo una extensión: la parcela. En el solar están las gallinas, las hierbas, los árboles; en la parcela se siembra el maíz, el frijol, la calabaza. Nos dimos cuenta de que estábamos incompletos. Necesitábamos una parcela.
–Conseguir tierra no fue fácil. Aquí en Sinanché hay como 400 ejidatarios, pero la tierra ejidal no se puede vender. Un amigo, de los que participaron en los primeros talleres, nos ofreció un pedazo prestado. “De aquí a aquí pueden trabajarlo”, nos dijo. “Lo que salga es de ustedes”. Y sembramos.
–El primer año llegaron los tejones y acabaron con todo. El maíz ya se había dado, y se lo comieron. Dijimos: ni modos, no hay muchas milpas alrededor y los animales atacan la única que hay. Hay que aguantar. El segundo año volvimos a intentarlo. Y ahí fue donde vimos que algo más profundo estaba pasando. El maíz crecía, pero no tenía mazorca. O tenía mazorca, pero sin granos. La tierra no producía.
–Ahí empezamos a preguntarnos: ¿por qué? Los compañeros nos decían: “Le faltan nutrientes, le falta esto, le falta lo otro”. Pero la pregunta se fue haciendo más grande. Porque una cosa es que a la tierra le falten nutrientes, y otra es preguntarse por qué le faltan. ¿Cuál es la historia de este suelo?
–El suelo nos estaba hablando. Teníamos que escuchar qué nos decía. Y lo que nos decía era una historia de despojo. En Sinanché había como 17 haciendas. Nuestros abuelos todavía recuerdan lo que era vivir ahí: cortar penca de henequén, que les pagaran con alcohol, que hubiera violencia dentro de la familia. El monocultivo del henequén no es tradición. Fue una imposición. Y lo que le hizo al suelo es lo mismo que le hizo a la comunidad. Lo secó, lo desgastó, lo dejó sin vida.
–Eso nos partió la cabeza. Porque entendimos que no podíamos hacer la milpa tradicional, aunque quisiéramos. No era un problema de semillas, ni de técnica ancestral, ni de ganas. Era un problema de suelo erosionado. Y si el suelo está herido, la milpa tradicional no alcanza. Necesitábamos otras respuestas.
–¿Y cómo se sana un suelo herido?
–Conocimos a unos compañeros, Arno, Daniela y Eugenio, que viven en Sotuta. Ellos trabajan agricultura sintrópica. Nos dijeron que en un cuarto de hectárea cosecharon una tonelada de tomate. Nosotros no les creímos. Dijimos: “Ah, nos interesa”, pero no les creímos. Hasta que lo vimos. Hasta que la señora dueña del terreno nos dijo: “Sí, una tonelada cosechamos”. Y entonces dijimos: “A ver, explíquennos”.
–La sintropía lo que hace es imitar al monte. No pelear contra él. Se siembra con mucha diversidad en poco espacio: árboles frutales, árnica, zacate, gandul, plátanos, y entre ellos el maíz. Se poda constantemente, y esa poda se queda en el suelo, como un acolchado que va haciendo composta. Es decir: estás regenerando la tierra al mismo tiempo que cultivas. No la estás extrayendo, la estás construyendo.
–En Yucatán todo es piedra. No hay tierra. Entonces nosotros no sólo cultivamos, construimos suelo. Y ése es un acto de sanación. Porque lo mismo que le hicieron las haciendas al suelo se lo hicieron a la comunidad. Si sanamos el suelo, también sanamos nuestra historia.
–¿Y funcionó?
–Sí. En 2024 hicimos un taller de sintropía y sembramos un cuarto de hectárea con este sistema. Y por primera vez cosechamos maíz. Y no sólo maíz: frijol, gandul, plátano. Fue muy fuerte para nosotros. Porque nunca habíamos cosechado elote. Siempre se lo comían los animales. Y ahora la diversidad misma cuidó el sistema. Los tejones pasaban por ahí, comían en las orillas, pero nos dejaron cosechar. El monte se cuida solo cuando lo dejas ser.
–Ustedes son jóvenes. Pero hay generaciones aún más jóvenes que siguen escuchando el discurso de que hay que irse para ser alguien. ¿Por qué creen que sigue pasando?
–Es una pregunta difícil. Pero yo pienso que hay condiciones sistémicas que están expulsando a los jóvenes. No es culpa de ellos. Tampoco creo que salir del pueblo sea algo malo en sí mismo. El problema es que no hemos podido generar condiciones para que quedarse también sea una opción digna.
–Aquí en Sinanché no hay universidades. No hay ninguna cerca. Los jóvenes que quieren estudiar se tienen que ir. Y si no estudian, ¿qué opciones tienen? La pesca industrial, que es irse en barcos por meses y que el pescado no es para ellos, sino para la agroindustria. O la albañilería en los proyectos turísticos del puerto, mal pagada, con condiciones de drogas y alcoholismo. O irse. Son muy pocas opciones.
–Además está el problema del acceso a la tierra. Los jóvenes no tienen tierra. No hay seguridad sobre la tierra. Y si no hay tierra, ¿cómo vas a imaginar un proyecto de vida en la comunidad?
–Nosotros mismos nos fuimos. Y cuando regresamos, nos dimos cuenta de todo lo que habíamos perdido en el camino. Yo no sabía hacer milpa como mis abuelos. No sabía tanto de plantas medicinales como mi abuela. Mi bisabuela era sobadora, sanaba con las manos, y nadie en mi familia volvió a aprender. Ese conocimiento se fue porque nos dijeron que lo mejor para nosotros era irnos. Y nos lo creímos.
–¿Entonces qué hacer? ¿Cómo se combate esa narrativa?
–Nosotros pensamos que no se trata de echarle la culpa a los jóvenes. Se trata de generar condiciones. Y una de las cosas que estamos haciendo es tejer una red nacional de organizaciones que están trabajando procesos de aprendizaje desde el territorio. Queremos crear una especie de licenciatura, un diplomado, como le queramos llamar, para que los jóvenes que quieran estudiar no tengan que irse. Que puedan aprender de la milpa, de la carpintería, de la herrería, de la agroecología, de la casa maya, sin salir de su comunidad.
–La idea no es encerrarlos en el pueblo. No queremos que sea una cárcel. Queremos que puedan viajar, conocer otros espacios, otros proyectos, y que eso los haga amar más su territorio. Porque salir también puede ser una forma de reencontrarse. Pero que no sea la única opción. Que si quieren quedarse, haya condiciones para quedarse.
–Y si necesitan un certificado, pues que lo tengan. Para mí un papel ya no significa nada. Pero hay personas para las que sí importa. Y si esa es la condición, pues hay que darla. Que el territorio sea el maestro, y que el papel avale eso.
–Queremos cambiar la narrativa de que para ser alguien en la vida hay que irse del pueblo. Tenemos que apostar a quedarnos en nuestros pueblos, a hacer comunidad. Nos costó muchos años entenderlo. Y queremos que las nuevas generaciones no tengan que pasar por eso.
–¿Qué es lo que hay hoy en el solar de Suumil Móokt’aan?
–Hay una palapa para talleres, sanitarios secos, cisterna de captación de agua de lluvia, un meliponario, corrales, taller de carpintería y herrería. Y la cocina, que es donde pasamos más tiempo. Ahí fermentamos. Hacemos chucrut, kombucha, salsas, deshidratamos tomate. Porque cuando cosechas 100 kilos de tomate, no los quieres mal vender. Los transformas. Tienes salsa para seis meses, para un año. –También construimos la casa maya. Aquí la casa maya fue estigmatizada como cosa de pobres. Y ahora los centros turísticos la quieren para los turistas. A nosotros nos niegan el acceso al manglar para sacar madera, pero si tienes dinero, puedes pagar. Son contradicciones que nos duelen. Por eso la casa maya también es un acto político.
–¿Qué le dirían a alguien que lea esta entrevista?
–Que confíen en sus propias capacidades. Nos bastó una generación para que nos hicieran creer que no podemos hacer cosas. Pero podemos. Aprender a construir una casa, sembrar, fermentar. Nadie te lo tiene que avalar. Puedes aprender con otras y con otros. La esperanza no es esperar al gobierno. Es sembrar una semilla, comer con tus amigos, construir un baño seco.
–Que la amistad sea política. Que comer juntos sea revolucionario. Que no lo hacemos solos. Solos no se puede. Hay que tejerse con otros y otras. Y hay que escuchar al monte, a la tierra, a los animales. Ellos también nos están diciendo algo.