La vejez en el cine — letraese letra ese

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La vejez en el cine


¿De qué manera refuerza o neutraliza el cine todos los clichés culturales ligados a la vejez? Durante mucho tiempo las pantallas de cine han reflejado los prejuicios sociales acerca de la tercera edad a través de imágenes a menudo negativas, acentuando, por ejemplo, la idea de una gran vulnerabilidad asociada al deterioro físico y mental de las personas conforme envejecen. También ha ido afianzando la descalificación de su capacidad de inspirar deseo sexual o ser capaces de experimentarlo. Según esta visión cargada de ideas preconcebidas, el anciano resultaría ser un individuo poco útil para la sociedad e incapaz de ejercer plenamente las responsabilidades necesarias para vivir en ella y, a la vez, disfrutar de sus beneficios. La jubilación laboral equivaldría, entonces, a un destierro y sería el primer paso para un aislamiento social definitivo.

Por fortuna, también existen en el cine visiones contrarias a ese determinismo fatalista que muestran a personajes que viven la vejez de modo positivo, como la suma de experiencias acumuladas por largo tiempo y cuyo valor aumenta al ser transmitidas enriquecedoramente a nuevas generaciones. A continuación, un breve repaso de esas representaciones.

La vejez como enfermedad terminal

En el cuerpo de la persona que envejece se dan cita una gran cantidad de dolencias físicas, achaques o leves fallas cognitivas, que el individuo experimenta primero con estupor, más adelante con alarma creciente, y finalmente con resignación. Una de las películas que con mayor lucidez han mostrado el impacto de ese proceso de deterioro progresivo es Amor (Amour, 2012), del realizador austriaco Michael Haneke. La pareja formada por los esposos octogenarios Georges (Jean Louis Trintignant) y Anne (Emmanuelle Riva) conoce un trágico desenlace después de seis décadas de convivencia amorosa. Reponiéndose apenas Anne de un derrame cerebral que la deja hemipléjica, sobreviene un segundo ataque que la priva del habla y disminuye su movilidad. Toda la armonía conyugal de la pareja, su complicidad cultural de melómanos refinados, amenaza con derrumbarse bajo el peso de un sufrimiento físico que el marido es incapaz de compartir plenamente, pero ante el cual despliega fuertes dosis de solidaridad y empatía.

Hay en esta experiencia de una pareja que ha elegido el desafío de envejecer juntos, una carga de heroísmo que los conduce a blindarse contra las amenazas de un mundo exterior que los aísla, olvida o menosprecia por el hecho de no ser ya productivos y haberse vuelto un lastre para la sociedad en función de un debilitamiento físico y mental que se acentúa con el paso del tiempo. Cabría esperar de parte de un cineasta tan austero y áspero como Haneke una disección implacable del fenómeno del envejecimiento, y en efecto varias escenas de la película son ilustración implacable del naufragio moral que implica una vejez ya próxima a la senilidad. Sin embargo, lo que conmueve en la cinta y la fortalece en términos dramáticos, es la inusitada ternura que despliega el relato al mostrar la dignidad de los dos personajes frente al duro desenlace que se avecina.

Una última prueba de generosidad sentimental permite abreviar o eliminar el sufrimiento innecesario de la persona amada. En una escena clave, una paloma queda atrapada accidentalmente en el departamento de la pareja doliente; al acariciarla y dejarla libre, el viejo Georges oficia un ritual de despedida. En manos de otro cineasta, estaríamos frente a un cliché; en el caso de Haneke y su camarógrafo iraní Darius Khondji, se trata de una auténtica epifanía.

La vejez como redención

No menos emotiva es la historia del anciano funcionario inglés Williams (Bill Nighy), quien luego de perder a su esposa, sigue cumpliendo con una triste rutina laboral de la que viene a liberarlo, irónicamente, el diagnóstico de un cáncer terminal. Se trata de la película británica Vivir (Living, 2022), de Oliver Hermanus, basada en un guion del novelista británico-japonés Kazuo Ishiguro, a su vez remake del clásico nipón Vivir (Ikiru, 1952), de Akira Kurosawa. En ambas películas la inminencia de una muerte dolorosamente anunciada es el punto de partida y el aliciente ideal para dejar tras de sí la herencia de una valiosa obra comunitaria. Se trata de la construcción de un jardín de juegos infantiles, hasta entonces bloqueada por la burocracia, y a la que ahora el enfermo dedicará todos sus esfuerzos para sacarla a flote. Un acto de redención moral tardía o una reparación final por tantos años desperdiciados en un trabajo insatisfactorio. En cualquier caso, el viejo Williams recibe así el soplo de una vida nueva, más significativa y plena, en la que hay todavía cabida para un inocente flirteo amoroso con la joven empleada Margaret (Aimee Lou Wood), ella también harta de esa misma rutina laboral y de romances falidos con jóvenes de su edad. Williams es, en el año de vida que la gracia le concede, un catalizador perfecto de muchos otros deseos reprimidos, los de algunos de sus colegas, que, gracias a él, encontrarán un cauce venturoso. Vivir aborda así el tema de la enfermedad y el envejecimiento de una manera realista e inteligente, como una desventura aleccionadora, despojada de autoconmiseración y patetismo. La flema británica como una variante más de la proverbial serenidad japonesa.

La vejez como festejo crepuscular

En el terreno de la comedia han quedado atrás las representaciones ofensivas que ridiculizaban la supuesta torpeza física atribuida a los ancianos hasta volverlos objetos de burla o escarnio. En el caso de las mujeres, siempre se implantó un doble patrón de conducta: al envejecer, ellas no tenían derecho a la sexualidad (sobre todo a desear a un hombre más joven), so pena de dar de sí una imagen patética. La película Buenas noches, gran Leo (2022), de la directora australiana Sophie Hyde, presenta a Nancy (Emma Thompson), una profesora de casi sesenta años, quien luego de la muerte de su esposo descubre que tras largas décadas de matrimonio jamás conoció un orgasmo auténtico, ni siquiera una sexualidad satisfactoria, y que decide compensar, en el último tramo de su vida, esa profunda frustración procurándose algunos placeres tardíos en compañía de Leo Grande (Daryl McCormack), un joven trabajador sexual. Al cabo de largos escarceos eróticos interrumpidos por la verborrea académica de la cliente, Nancy descubre, más allá del goce sexual, la plenitud y belleza de su cuerpo de mujer madura. Un giro radical a la trillada imagen de la mujer que envejece penosamente. Esta experiencia se repite, de modo coral, en la cinta francesa Y si viviéramos todos juntos (Stéphane Roblin, 2011), donde cinco personajes septuagenarios, cargados de achaques, deciden rentar una casa de campo y ensayar formas nuevas de convivencia, conjugando, de modo insólito, las duras experiencias del cáncer o el Alzheimer con el ejercicio crepuscular de una sexualidad lúdica. Con el profesionalismo de intérpretes veteranos tan solventes como Jane Fonda o Geraldine Chaplin, la comedia jamás naufraga en lo patético o en el humor fácil, ofreciendo de la vejez la noción de una experiencia satisfactoria, alejada por completo del pesimismo.

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