El cónsul de Sodoma
Edmund White fue el escritor gay más prolífico de Estados Unidos, publicó más de una treintena de libros entre novelas, ensayos, teatro, crónica, biografías y relatos. Su obra narrativa destaca, en particular, por las referencias autobiográficas que contiene, escritas de una manera franca y directa, sin las ambigüedades muy propias de la literatura gay que le antecedió. No se anduvo por las ramas a la hora de narrar sus aventuras sexuales en urinarios públicos, sus dramas pasionales con amantes ocasionales y la experiencia de haber sido diagnosticado VIH positivo. Un ritual de desollamiento íntimo es lo que practica White en sus narraciones. Uno de sus relatos cortos lleva precisamente el desgarrador nombre de “Desollado vivo”.
El escritor nacido en Cincinnati, Ohio, en 1940, y fallecido en junio de este año, fue producto directo de la liberación gay de los años sesenta, gestada por la rebelión de lesbianas, gays y personas trans en el verano del 69 en Nueva York en contra de las redadas y los abusos policiacos. Parroquiano asiduo al bar Stonewall Inn, donde se originaron los disturbios, andando esa noche por el barrio, presenció los enfrentamientos que lo marcarían profundamente. Sin involucrarse directamente en el emergente movimiento de liberación homosexual, su activismo lo trasladará a la escritura, y hará de la literatura una militancia. “A menudo hay una especie de agenda político-filosófica detrás de mis escritos”, llegará a afirmar a manera de explicación. Lo anterior se refleja muy claramente en su diario de viaje Estados del deseo (1980) en donde se da a la tarea de explorar, a la manera de un etnógrafo transgresor, “las variedades de la experiencia gay” dispersas por los Estados Unidos. Se propone dinamitar los estereotipos del homosexual patologizado por la ciencia y condenado por la religión, pero no se muestra complaciente con sus semejantes, no cae en el extremo de idealizar y edulcorar los “estilos de vida” gay.
La trilogía de la vida gay
El gran cronista de las vivencias gay urbanas hizo una apuesta literaria de vida. El contexto de la liberación homosexual le dio la libertad necesaria para exponerse de cuerpo entero. Asumió de lleno el lema feminista en boga “lo personal es político”, y lo trasladó a su obra literaria. Las feministas, secundadas por las y los activistas gay, cuestionaron radicalmente la división sexual entre lo público y lo privado, poniendo en el centro de la discusión pública temas de la vida privada como la sexualidad y las relaciones de poder subyacentes. White, en consecuencia, en un gran número de obras literarias narró sus vivencias íntimas en diversos contextos sociales, como el de la epidemia del VIH y el sida que diezmó a las comunidades de hombres gay: “uno debe oscilar entre una vigorosa capacidad de registro por todo lo que sucede en el mundo exterior mientras se entrega al proceso de recrearse interna e íntimamente a sí mismo”, explicó al respecto en una de tantas entrevistas concedidas.
Aunque fueron numerosas las obras de ficción que White llegó a publicar, sería su trilogía autobiográfica la que le daría mayor reconocimiento y celebridad. Una saga escrita en primera persona que retrata primero los dilemas de un adolescente que se debate entre la culpa y el deseo por otros chicos en el entorno conservador de los años cincuenta, en Historia de un chico (1982). El despertar sexual de un joven que termina por asumir una identidad y entregarse a los placeres eróticos en el contexto de la liberación gay lo relatará en La hermosa habitación está vacía (1988); y termina narrando las tribulaciones de un adulto obligado a ajustar su vida amorosa por los estragos del sida en La sinfonía de despedida (1997). Se trata de una serie continuada que retrata la vida gay de la segunda década del siglo XX en Estados Unidos. White resume, en un pasaje de la última de las tres novelas, el periplo recorrido por esa minoría sexual de esta manera: “Oprimidos en los cincuenta, liberados en los sesenta, exaltados en los setenta y aniquilados en los ochenta”. Las obras de esta trilogía fueron pioneras en describir las vivencias homoeróticas de manera explícita y con una franqueza sin precedentes en la literatura anglosajona. Escritas con un lenguaje depurado y sin artificios, de prosa ágil y desenfadada, el autor evita caer en la crudeza y la vulgaridad descriptiva.
Pionero de la literatura queer
Además de Nueva York, Edmund White vivió unos años en Paris, motivado quizás por la admiración a los literatos franceses abiertamente gay. Su estilo acusa más la influencia de André Gide, Marcel Proust y Jean Genet que, de sus compatriotas también gay, Gore Vidal y Truman Capote. De hecho, llegaría a escribir sendas biografías de Proust y Genet además de la de Arthur Rimbaud. La dedicada a Genet es considerada la mejor que se haya escrito sobre el narrador y poeta francés.
Sus andanzas en París y Nueva York, las describe en varias de sus obras, delineadas con tintes autobiográficos. Durante su estancia en la capital francesa escribió los relatos mundanos reunidos en el libro Desollado vivo, escritos en plena crisis del sida. A petición expresa de su amante francés en turno, el relato que da nombre al libro termina con una lírica descripción de su culo.
Pionero de la literatura queer, toda su obra narrativa está preñada de erotismo, exhuma sexualidad. Cuestionado al respecto, White argumenta que “dado que la homosexualidad implica sexo, entonces se podría decir que el mejor modo de autoaceptación sería el erótico”. Más adelante dirá que “la vida gay se trataba de estar disponible para el sexo”. Postura que podría parecer frívola, pero lejos de ello, White profundiza en las emociones y las relaciones humanas de sus personajes. Además, su vida no giró exclusivamente en torno al sexo, cuando fue diagnosticado VIH positivo en 1985 se involucró en la respuesta comunitaria a la crisis del sida; y su trabajo intelectual se destacó por la crítica al puritanismo y al conservadurismo estadunidenses, crítica que extendió incluso a las posturas de algunos activismos gay. Partidario de la “excepcionalidad gay” -porque brinda la posibilidad de experimentar la vida de maneras novedosas y originales-, criticó a los activistas que propugnaban por la asimilación, sobre todo a los puritanos que, con la llegada del sida, descalificaron la promiscuidad sexual, muy reivindicada por él. Por lo mismo, se opuso en un principio a la reivindicación del matrimonio gay, pero la iracunda oposición de la derecha lo hizo cambiar de posición.
Sin duda, la apuesta literaria de Edmund White fue temeraria. Si bien sus primeras novelas fueron bien recibidas en un contexto cultural de libertad transgresora, a la larga seguir apostando por el relato autobiográfico y provocador podría terminar provocando bostezos. Sin embargo, la libró bien al prodigarse en diversos géneros literarios y experimentar en distintos estilos.
Abrirse paso y ocupar un lugar reconocido en las letras inglesas no fue fácil. Antes tuvo que lidiar con descalificaciones y ninguneos prejuiciados que pretendían restarle méritos literarios a su obra. Por eso, al aceptar en 2019 uno de tantos premios recibidos, se mostraría gratamente sorprendido: “Pasar de ser el más difamado a un escritor altamente elogiado en medio siglo resulta asombroso”.