Juan Gabriel, niño transgresor — letraese letra ese

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Juan Gabriel, niño transgresor


“Ruego a usted se sirva aceptar en ese H. Tribunal para Menores a su digno cargo, a los menores que dijeron llamarse Víctor Refugio Santiago, Jaime Alberto Aguilera Valadez y Jaime Linares Guzman, quienes me fueron remitidos por la Oficina de Inspección de Reglamentos de la Dirección General de Gobernación, por Pederastas y por obstruir la labor de inspección.” Fue así como Alberto Aguilera, mucho antes de convertirse en el popular compositor y cantante Juan Gabriel, fue privado de su libertad a los 16 años por un supuesto hecho ilícito más producto de los prejuicios de las instituciones de justicia de entonces que de infracciones a la ley.

El oficio está fechado el 28 de octubre de 1966 y firmado por el subdirector del Establecimiento de Reclusión No. 4 del Distrito Federal. Una vez ingresado al Tribunal de menores, Alberto fue sometido a una serie rutinaria de estudios clínicos, psicológicos, exploraciones médicas e interrogatorios por personal de trabajo social. De sus declaraciones resulta claro que Alberto fue detenido de manera arbitraria cuando, de noche, caminaba en compañía de dos amigos por las calles de Atenas y Versalles, en la colonia Juárez. Unos agentes de policía lo subieron a un vehículo donde ya se hallaban otros detenidos, uno de ellos era conocido como La Manola. Alberto refiere que “el motivo de que los detuvieron fue solo porque La Manola les dijo a los agentes que ellos también “eran” (homosexuales) y que tenían dinero”. En efecto, Alberto narra que sus captores le pidieron dinero para dejarlo ir, y como carecía de recursos los agentes le advirtieron cínicamente: “entonces te vas a echar un quince” (a pasar 15 días de arresto), y lo trasladaron, junto a los demás, a la Primera Delegación de policía. Ser homosexual y pobre fue el verdadero motivo de su detención.

Esta relación de hechos coincide con las de los otros. Fueron detenidos en zonas conocidas de “ligue”, frecuentadas por disidentes sexuales. Uno de ellos salía del cine Las Américas, situado en Insurgentes, y el otro de un Sanborns muy cercano al cine, en la esquina conocida como “mágica” (llamada así de manera irónica por los “entendidos”, haciendo referencia a la rapidez con la que “desaparecían” quienes la frecuentaban). También señalan a La Manola como el “gancho” que usaron los agentes para identificarlos. Y refieren el mismo chantaje del que fueron víctimas.

Alberto estuvo recluido en el Tribunal durante 23 días. En el examen médico que le fue practicado, el galeno que lo auscultó concluye su “Diagnóstico integral e influencia posible del estado somático sobre la conducta”, del detenido, con una sola palabra: “Homosexual”. Y no podría ser de otra manera si en la ficha médica se consigna que “el desarrollo del instinto sexual” del detenido se desvió de su curso normal desde los 14 años cuando tuvo su “primer contacto homosexual”, conducta que ha seguido manteniendo, lo que era claramente indicativo de una “perversión sexual”.

Por su parte, la trabajadora social no duda en señalar a esta desviación sexual como la causa de la desatención de los familiares hacia el menor de 5 hermanos “desde que se dieron cuenta de la conducta de éste”, que ya de por sí se desenvolvía en un “medio familiar desintegrado”. Por su parte, las pruebas psicológicas que le fueron practicadas encontraron “elementos pasivos de personalidad y características francamente femeninas” y confirmaron que “el menor obtiene gratificaciones en su comportamiento homosexual del cual tiene conciencia”.

¿Niños pederastas?

Las detenciones de homosexuales y travestis fueron frecuentes en la Ciudad de México desde la instauración del régimen posrevolucionario cuando se crearon o fortalecieron las instituciones judiciales. En su libro De sedientos seres. Una historia del homoerotismo masculino. Ciudad de México, 1917-1952, la historiadora Nathaly Rodríguez Sánchez documenta de manera rigurosa y pormenorizada los casos de menores arrestados y enviados al Tribunal de Menores infractores acusados de “pederastas”, lo que parece todo un contrasentido, ya que se supone que los niños son las víctimas y no los victimarios de la pederastia. Sin embargo, en su investigación, la historiadora aclara que con ese término las instituciones judiciales de aquella época designaban a todo varón con prácticas homoeróticas sin importar la edad. El término “homosexual” aún carecía de arraigo.

El perfil descrito de estos “niños pederastas”, de entre 9 y 17 años, coincide con el de Alberto Aguilera: menores que desempeñaban trabajos precarios, fugados de hogares fracturados, inmigrantes de otras ciudades del país, con bajos niveles de escolaridad. Es decir, con un alto nivel de vulnerabilidad que los hacía presas fáciles de redadas, de detenciones arbitrarias y de chantajes por parte de agentes policiacos. Al igual que Alberto y sus amigos, muchos de ellos fueron arrestados deambulando por los lugares de ligue y de encuentro homoerótico como ciertos cines y avenidas.

El procedimiento al que fueron sometidos una vez ingresados al Tribunal fue el mismo padecido por Alberto. La prueba infalible para determinar su condición de pederastas pasivos fue la llamada infundibuliforme (en forma de embudo), practicada en la zona ano-rectal, lo que denotaría prácticas de penetración anal, sobre todo si venía acompañada de desaparición de los pliegues anales. Hoy se ha refutado completamente esa interpretación. La medicina moderna ha determinado que el ano infundibuliforme es una variante anatómica natural del cuerpo sin relación alguna con actividad sexual por esa vía. Fue la medicina legal infestada de prejuicio la que estableció tal falacia y legitimó esos tratos humillantes.

La paradoja del prejuicio

A pesar de todos estos penosos procedimientos a los que fueron sometidos estos menores “pederastas”, sorprende la actitud no vergonzante ni culposa mostrada en los testimonios de muchos de ellos. Ese es uno de los hallazgos notables de la investigación de Nathaly Rodríguez. Es también el caso de Alberto, el psicólogo que lo examinó concluye que “su homosexualidad ha sido aceptada abiertamente y al parecer no le ocasiona conflictiva (sic) consigo mismo”, por lo que “no requiere tratamiento psiquiátrico” y solo se le prescribe “tratamiento psicoterapéutico”. En cuanto al “pronóstico de peligrosidad”, el psicólogo repite que “el menor es consciente de su homosexualidad” así como de “sus limitaciones en la sociedad”, y no lo considera socialmente peligroso “ya que no existen indicios de que se dedique a actividades pederastas (seducción de niños)”. Aquí el especialista especifica, usando los paréntesis, el tipo de pederastia que se considera peligrosa. Por lo que recomienda su liberación.

Aun cuando se les considerara un peligro, los menores “pederastas” eran exculpados por el temor de que “corrompieran” a otros menores en los centros correccionales donde serían recluidos. Nathaly Rodríguez destaca esa inverosímil paradoja: “el prejuicio que motivaba los arrestos iniciales terminaba por facilitar la liberación de estos jóvenes”.

El círculo perverso de la marginalidad que Alberto Aguilera logró trascender hasta colocar en el centro su capacidad de transgresión convertido en el aclamado ídolo Juan Gabriel.

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