Reglas de juego para la IA — letraese letra ese

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Reglas de juego para la IA


Editar fotografías para que imiten el estilo de un dibujante, pedir las instrucciones para cambiar la bomba de gasolina del auto, diseñar un cartel para promocionar un negocio o hasta encontrar soluciones para un conflicto de pareja son solo algunos de los usos con los que muchas personas relacionan a la Inteligencia Artificial (IA). Sin embargo, la realidad es que esta forma de tecnología avanza a pasos agigantados, rebasando, por mucho, no sólo la curva de aprendizaje que una persona necesita para manejarla como herramienta, sino también la visión realista de los alcances que puede tener en temas tan disímiles y delicados como la privacidad de datos, la propiedad intelectual, la ética de trabajo, los derechos humanos o el bienestar social en general.

Mientras la IA tiene un desarrollo meteórico, nunca antes visto para un invento de la humanidad, las normas y leyes apenas están comenzando a plantear la necesidad de regularla. Es tan vasto su alcance y tantas y tan diversas las formas en que se la puede utilizar, que las naciones están todavía dilucidando por dónde empezar a establecer los límites.

Delimitando la tecnología

En pocos años, la IA se ha empezado a usar en ámbitos como la educación, las finanzas, la atención de salud, el transporte, la generación de contenidos y los servicios públicos. Al mismo tiempo, cuestiones que antes parecían reservadas a especialistas —como la seguridad de los modelos, la transparencia, la discriminación algorítmica o la protección de datos— comenzaron a formar parte de la agenda de gobiernos de todo el mundo.

La respuesta regulatoria ha sido muy diversa. El panorama ha sido analizado por Mind Foundry, empresa británica surgida de la Universidad de Oxford en 2016, especializada en el desarrollo y aplicación responsable de sistemas de IA. En un recuento realizado hasta enero de este 2026, al menos 72 países habían impulsado en conjunto más de mil iniciativas políticas y marcos jurídicos relacionados con la IA.

Sin embargo, detrás de estas cifras no hay una estrategia internacional uniforme: cada país está intentando encontrar su propio equilibrio entre aprovechar las oportunidades de la tecnología y controlar sus posibles riesgos.

Una de las grandes diferencias radica precisamente en cuánto deben intervenir los gobiernos. Algunos han optado por establecer obligaciones legales específicas para desarrolladores y usuarios de sistemas de IA; otros prefieren adaptar normas ya existentes o confiar parcialmente en códigos voluntarios y en la autorregulación empresarial. El resultado es un panorama regulatorio todavía en construcción.

 

Distintos países han pasado rápidamente de estructurar un marco legislativo general a trabajar en los detalles de normas y leyes que aclaren la responsabilidad de las herramientas de IA en ámbitos como la bioseguridad y la educación.

 

Europa y EE. UU.: dos caminos distintos

La Unión Europea ha adoptado una de las estrategias más estructuradas. Su Ley de Inteligencia Artificial, conocida como AI Act, parte de una idea relativamente sencilla: las obligaciones deben aumentar conforme crece el riesgo que representa una aplicación. Así, un sistema con consecuencias potencialmente importantes para las personas no recibe el mismo tratamiento que una herramienta de riesgo mínimo.

La legislación europea establece diferentes categorías y contempla requisitos más exigentes para los sistemas considerados de alto riesgo, entre ellos determinadas aplicaciones relacionadas con ámbitos como educación, aviación o biometría. En el extremo contrario se encuentran usos considerados de riesgo inaceptable, para los cuales se establecen prohibiciones, aunque con algunas excepciones. Entre las prácticas contempladas se encuentran la explotación de vulnerabilidades de las personas y determinadas formas de identificación biométrica remota.

La aparición de la IA generativa obligó además a revisar el planteamiento inicial. La propuesta europea había comenzado su recorrido en 2021, antes de la explosión de herramientas capaces de producir texto, imágenes y otros contenidos a gran escala. La popularización de los modelos mostró que algunos de los sistemas más poderosos no podían clasificarse fácilmente según una única aplicación, lo que llevó a introducir nuevas disposiciones durante la negociación.

El AI Act entró oficialmente en vigor el 1 de agosto de 2024, pero se ha aplicado de forma escalonada. Las prohibiciones correspondientes a determinados usos de riesgo inaceptable y los requisitos relacionados con alfabetización en IA comenzaron a aplicarse en febrero de 2025; otras reglas para modelos de propósito general entraron en vigor en agosto de ese año, mientras que buena parte de las obligaciones para sistemas de alto riesgo estaban previstas para ser aplicables en agosto de 2026.

Estados Unidos se encuentra en una posición muy diferente. En lugar de contar con una legislación federal integral comparable con la europea, mantiene una combinación de normas federales y estatales, y se sabe que el cambio de administración de enero de 2025 dio un giro dramático a la política encaminada a la IA.

Durante la administración de Joe Biden, la Orden Ejecutiva 14110 había establecido medidas orientadas al desarrollo y uso seguro y confiable de la IA, incluyendo obligaciones relacionadas con pruebas y comunicación de determinados riesgos. Donald Trump revocó esa orden y adoptó una estrategia orientada a reducir barreras regulatorias y favorecer la innovación impulsada por la industria privada.

El cambio quedó plasmado en una nueva orden ejecutiva y posteriormente en el plan de acción estadunidense sobre inteligencia artificial presentado en 2025. La competitividad internacional ocupa un lugar central en esta visión: la IA es considerada no solamente una cuestión tecnológica o regulatoria, sino también un componente de liderazgo económico y estratégico frente a otras potencias.

 

Según la organización política de los países, las normas referentes a la IA han surgido con implicaciones nacionales o locales. El reto actual es unificar los criterios de responsabilidad, con el fin de que esta tecnología sea un aporte y no un riesgo para la vida cotidiana.

 

Paradójicamente, mientras Washington reduce parte de la supervisión federal, numerosos estados estadounidenses avanzan en sentido contrario. Colorado fue pionero al aprobar una legislación integral que impone responsabilidades a desarrolladores y responsables del uso de sistemas considerados de alto riesgo, especialmente para prevenir la discriminación algorítmica y garantizar que los consumidores sepan cuándo interactúan con determinadas tecnologías. Otros estados han preferido regular problemas específicos, como algoritmos utilizados en contratación, protección del consumidor o contenidos sintéticos.

Los llamados deepfakes son una de las áreas que más rápidamente han provocado respuestas legislativas. La generación de imágenes íntimas sin consentimiento, las suplantaciones digitales y los contenidos perjudiciales creados mediante IA han impulsado nuevas prohibiciones y mecanismos de protección. El resultado, sin embargo, es una fragmentación confusa: una empresa que opera en distintos estados puede encontrarse frente a obligaciones diferentes dependiendo de la jurisdicción.

El Reino Unido representa una tercera vía. Su estrategia inicial era favorable a la innovación y, en lugar de crear un organismo encargado de regular la IA, otorgó responsabilidades a reguladores sectoriales ya existentes. La idea era que cada autoridad aplicara principios comunes dentro de su propio ámbito, conservando suficiente flexibilidad para responder a una tecnología que cambia rápidamente.

El gobierno actual introdujo la posibilidad de una regulación más estructurada, especialmente para las compañías responsables de desarrollar los modelos de IA más poderosos. Al mismo tiempo, se cre{o el Instiututo de Seguridad en IA, para el que se ha planteado otorgarle facultades legales como la evaluación de los sistemas más avanzados antes de que sean lanzados al público.

Por ahora no existe un modelo regulatorio universal y no parece que se vaya a delimitar pronto. La carrera mundial por desarrollar IA continúa, pero otra carrera se está llevando a cabo simultáneamente: la de establecer las reglas bajo las cuales esa tecnología encontrará su lugar dentro de la vida cotidiana.

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