Sobre lo kitsch
El “mal gusto” siempre ha sido señalado en las distintas épocas de la humanidad para enfatizar la falta de cumplimiento con las normas de una determinada sociedad conforme a su refinamiento y su exquisitez. Por tanto, el uso de aquellos ornamentos u objetos fuera de las reglas de la “buena apariencia” y ciertos cánones estéticos suele recibir apelativos o sobrenombres para hacer evidente esa carencia de buenos modales.
En nuestra época, el sobrenombre por excelencia del “mal gusto” es kitsch, con múltiples acepciones, maneras de manifestarse y con un lugar relevante en el debate sobre su presencia o su exclusión en las estéticas contemporáneas. Pero un concepto con cierto dejo de banalidad se ha convertido en el eje central de análisis de Gilles Lipovestsky y Jean Serroy en su libro La nueva era del kitsch (Anagrama, 2026), en cuyas páginas se advierte la presencia del adjetivo en muchas sociedades desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días, pero, con variantes en su significado.
La premisa de su nueva publicación es que “el kitsch ya no es lo que era: se ha metamorfoseado pasando de ser un estilo criticado y destinado a un universo familiar marcado por la falta de gusto, a neokitsch sistémico, cool y tendencia, remodelando de pies a cabeza la fisonomía de nuestro mundo”.
Recorrido histórico
El origen del vocablo está ubicado en la Alemania de mediados del siglo XIX, en alusión a la reutilización de objetos o al vender productos por debajo del precio o similares a otros productos, pero sin ser los de origen o a la producción de objetos de menor calidad y en serie. Por ello, su delimitación inmiscuye necesariamente el paso de la producción artesanal, en busca de una autenticidad, a una producción industrial, al servicio de la demanda de un mercado naciente de objetos para las burguesías decimonónicas, deseosas de emparejar sus gustos con los de las aristocracias.
Por eso, las características tradicionales del kitsch han sido la falsedad, la superficialidad, el oropel, el exceso y el mal gusto, además de convertirse en sinónimo de baratija, de artículos con escasas cualidades estéticas, imitación burda o excesiva. Su irrupción en la vida pública, a través de los primeros almacenes comerciales de las grandes ciudades, donde era posible adquirir estas mercancías, detonó su popularidad entre amplios sectores sociales y su rechazo por parte de los círculos artísticos, intelectuales y de élite.
Pero sus expresiones no se quedaron ahí, en el ámbito de la diversión, se hicieron populares aquellas representaciones de lo lúdico, la risa, lo exótico y lo sorprendente, propiciándose un gran impulso a la taxodermia y las réplicas en cera de aquello sorprendente, sumado al coleccionismo de los objetos de la cotidianeidad, además de encontrar un gran espacio en la publicidad, por medio de los carteles y los anuncios en los periódicos de la época, donde las tipografías y las imágenes utilizadas responden a una variedad de criterios, pero pocos de ellos de corte estético. Más bien, a lo que podría gustar o llamar la atención de las multitudes.
De esta manera, con las primeras expresiones del kitsch, surgidas a mitad del siglo XIX hasta la década de los 50 del siglo pasado, se modeló la cultura de masas, de corte totalmente comercial, apoyada en los nacientes y pujantes medios de comunicación masiva, apelando a la espectacularidad, lo sentimental y a la homogeneización y la simplificación para su fácil digestión.
El diagnóstico de los autores, apoyándose en Clemente Greenberg, analista del fenómeno en la década de los 30, es que, para aquella época, el kitsch “se ha convertido en una característica estructural de la cultura mediática de masas, como cultura comercial, que funciona a base de fórmulas, de fácil acceso, comprensible de inmediato por el gran público”.
Neokitsch
En las últimas décadas, el neokitsch se ha convertido en un asunto público, movilizador de las pasiones e insumo esencial del debate mediático. Presente en todo el mundo, ya no sólo en lo ornamental, sino en muchos otros aspectos de la vida cotidiana. De sus características originales, se ha pasado a un kitsch hipermoderno, reflejo de una sociedad que es producto de los demasiados, los excesos y la abundancia, la maximización de aquellos que es posible consumir.
A partir de la década de los 50 del siglo pasado, lo kitsch se traslada de los grandes almacenes comerciales a una nueva modalidad de ventas al público, el supermercado, cuya cuna es Estados Unidos, y que se caracterizan por vender mercancías de uso cotidiano y artículos a precios bajos, para la mayor cantidad de gente posible, por lo que la cantidad de objetos se multiplica.
A diferencia de sus orígenes, estos objetos ya no buscan imitar a las artesanías, sino que ahora imitan los productos de diseño, se adaptan a cierta moda y temporada para después desecharse, pueden personalizarse en algunas ocasiones, conservan su carácter de asequibles para diversos sectores, y siempre se adapta a todos los posibles mecanismos de mercantilización y consumo masivo.
Hiperkitsch
En un mundo colmado del uso de pantallas, como el mismo Lipovetsky lo ha descrito en otro de sus libros, La era de la pantalla global, donde, por medio de las redes sociales y los espacios digitales, la información se transmite de forma acelerada, lo kitsch es tendencia y está infiltrado desde lo que le dio origen como aquellos artículos de recuerdo hasta el arte, las marcas de lujo, el diseño y la arquitectura contemporánea, sumado a su adopción en las nuevas tecnologías como las simulaciones y otros ambientes digitales.
No sólo por eso, sino apoyado en la excesiva posibilidad de consumo, en respuesta a determinada época de año, tendencia de moda, popularización de algún personaje o producto mediático, nuevos modelos de dispositivos electrónicos, entre muchas otras posibilidades de posicionamiento de un producto. Además de sumergirse en lo que han calificado como “lo demasiado”, esa excesiva disposición de posibilidades, desde los insumos básicos de alimentación, pasando por un sinfín de mercancías, hasta la información y los productos de entretenimiento, muchos de ellos, sin una verdadera prioridad de ser, pero en respuesta a un entorno hedónico, ultraconsumista, efímero y vertiginoso.
También la sexualidad…
Para los autores, la influencia del kitsch ha llegado hasta los asuntos más íntimos de las personas como la sexualidad, pues también tiene un impacto en la construcción de las apariencias a través de los llamados looks, estableciendo ciertos patrones de atracción, incluso, redefiniendo constantemente las nociones de belleza y de lo sexi.
Sobre esto último, critican el surgimiento de imágenes y figuras conforme a las fantasías masculinas, con cuerpos acorde a sus deseos, ignorando los objetos del deseo de las mujeres, apostando por “poner en escena cuerpos de ensueño, desnudos y provocativos, exhibir poses eróticas y expresiones de connotación sexual” en publicidad, imágenes, videos y cualquier espacio donde tengan cabida estas expresiones.
El fin del kitsch está muy lejano, advierten Lipovetsky y Serroy, y a pesar de que su esencia sea la perpetuación del consumo, con sus consecuencias, consideran que podría haber un cambio de rumbo sobre su trayectoria derivada de la creatividad y de la conciencia de quienes actualmente vivimos inmersos en estas sociedades de lo hiper o de lo demasiado, calificativos sobre los que cada vez hay mayores cuestionamientos éticos y morales.