El poder y el miedo al culo
Hace pocos años escuchar este tipo de cosas hubiera sido, cuanto menos, inadmisible. Que alguien con un cargo jerárquico o en un lugar de referencia hubiera apelado a la penetración anal como insulto habría resultado inconcebible. Y si bien decirle a un adversario que le “rompieron el culo” o que se vaya “a tomar por culo” sigue siendo escandaloso, ahora resulta que es frecuente entre cierto grupo de hombres con poder.
Esos improperios solían asociarse a las barras de futbol y al lenguaje de cancha. Hoy, sin embargo, ese léxico también aparece en el espacio público, en los escritorios y en las redes sociales de hombres poderosos. Algunos influencers, hipermillonarios y gobernantes usan metáforas sexuales para descalificar a sus oponentes.
Llama la atención que este tipo de violencia siga circulando cuando, en los últimos años, hubo cambios sociales importantes: actualmente es menos aceptable cuestionar la orientación sexual, la identidad o la expresión de género de una persona. También hay un mayor rechazo a la violencia, en particular a la violencia sexual.
Sin embargo, esos avances conviven con discursos públicos que usan la sexualidad para humillar, desacreditar o ridiculizar al adversario. Como si cada emisor buscara probar su propia virilidad a fuerza de pegarle a su oponente, apelando a una lógica patriarcal que convierte la genitalidad en medida del poder.
En esta operación de autoafirmación machista se recurre a la penetración anal para intentar debilitar y humillar a quien está del otro lado. Quienes la utilizan buscan demostrar que son dominadores.
Somos bien machos, ¿a qué no?
El ejemplo más elocuente y patético es el presidente de Argentina. Sin inmutarse, Javier Milei puede expresar: “Les dejamos el culo como un mandril” –aludiendo a los monos que tienen roja la parte trasera–, en referencia a quienes intentan sin éxito torcer algunas de sus políticas. La metáfora equipara la victoria con dominación corporal y sexual. En otras ocasiones, apela a “le rompimos el culo”, para referirse al dominio sobre sus adversarios políticos. Hay muchos ejemplos más provenientes del mismo sujeto, pero me voy a ahorrar detalles en pos del buen gusto.
En Paraguay, el intendente de Asunción, Óscar "Nenecho" Rodríguez, respondió a las acusaciones de corrupción de la Contraloría con una frase violenta: "Les voy a romper el culo a toditos". Desafió así a sus acusadores a probar delitos de corrupción que le atribuían.
Estamos frente a una oleada de discursos públicos que usan la sexualidad para humillar, desacreditar o ridiculizar al adversario. Como si cada emisor buscara probar su propia virilidad a fuerza de pegarle a su oponente, apelando a una lógica patriarcal que convierte la genitalidad en medida del poder.
Cuando era diputado brasileño, Jair Bolsonaro utilizó repetidas referencias a la penetración anal para hostigar al diputado gay Jean Wyllys. Cuando ambos coincidían en una comisión, Bolsonaro se sentaba deliberadamente detrás de Wyllys y le decía: “¿Qué hacés, puto? ¿Te rompieron mucho el culo esta semana?”, para luego insistir: “Respóndeme, maricón”.
Pero la penetración anal no parece ser un recurso exclusivo de políticos. Eric Weinstein, matemático de Harvard y ex Managing Director de Thiel Capital —la firma del magnate tecnológico Peter Thiel—, apeló al mismo repertorio para referirse al peligro de que sólo un puñado de hombres se apodere del manejo de la inteligencia artificial: "Es como la humanidad agachándose a recoger el jabón en la prisión de la IA".
¿Penetrar es tener el poder?
Como explica la socióloga C. J. Pascoe en su investigación Dude, You’re a Fag, los insultos homofóbicos no se emplean únicamente para señalar a un hombre homosexual. También sirven para poner en su lugar a quien parece débil, afeminado, incompetente o no lo suficientemente “hombre”. Pascoe muestra que ser llamado fag –marica, joto– tiene mucho que ver con no cumplir con atributos asociados a la masculinidad: fuerza, competencia o potencia heterosexual.
Estos intentos de insultar o denigrar pueden interpretarse de varias maneras. Una de ellas es bastante evidente: degradar al adversario, equiparándolo a una posición “pasiva” y, por tanto, “femenina” y “débil”, en una jerarquía donde la penetración activa aparece como sinónimo de poder y virilidad.
Al crear un “otro” al que desprecian —el “maricón”, el “penetrado”—, los agresores reafirman su propia posición de dominio. Es una competencia que intenta demostrar quién es el “macho”.
En 2025, cuando en la Legislatura de la Ciudad de México se votaba (no) modificar el uso de suelo de un predio cerca del Bosque de Chapultepec, alguien anónimamente puso en la urna transparente un papel doblado con la leyenda “puto el que lo lea”. Quien lo puso no dio la cara.
En este caso, “puto” no describe: injuria. Y coloca al destinatario en una posición subordinada. Funciona, además, como una forma de disciplinamiento de la masculinidad. Muchas veces no significa simplemente “eres gay”: significa “eres menos hombre”.
En Por el culo: políticas anales, Javier Sáez y Sejo Carrascosa señalan que “el culo es el gran lugar de la injuria, del insulto” y que la penetración anal pasiva ocupa un lugar central en el lenguaje como algo “horrible”, “malo” y humillante. Uno de los motores principales del rechazo a lo anal es el miedo. El temor va en dos direcciones: a perder la identidad de género —ser asimilado a una mujer— y a perder la orientación sexual —de heterosexual, ser percibido como homosexual—.
El modo en que estos autores asocian su masculinidad con la humillación de ser penetrados ayuda a explicar la homofobia. En esa lógica machista, lo femenino y la pasividad sexual aparecen como algo que disminuye el poder y la masculinidad.
Como explica la socióloga C. J. Pascoe, los insultos homofóbicos no se emplean solo para señalar a un hombre homosexual. También sirven para poner en su lugar a quien parece débil, afeminado, incompetente o no lo suficientemente “hombre”.
En su ensayo ¿Es el recto una tumba?, Leo Bersani —crítico cultural y figura influyente de la teoría de la sexualidad— analizó cómo la cultura occidental carga a la penetración anal con significados de subordinación y pérdida de poder. Lo que define la masculinidad, en esta lógica, no es con quién se tiene sexo sino el rol: penetrar es dominar, ser penetrado es subordinarse. El ano representa el lugar donde esa jerarquía se materializa físicamente. Por eso, expresiones como “te van a romper el culo” no hablan realmente de sexo: hablan de quién manda.
Pero Bersani va más allá. Esa misma lógica también consiste en negar valor a la ausencia de poder. Lo verdaderamente intolerable, entonces, no sería solo ocupar el lugar femenino o pasivo, sino la posibilidad misma de perder el control y que esa pérdida no sea vivida como degradación. ¿Acaso asusta la posibilidad de hallar placer en la ausencia de poder? Sí, porque si la pérdida de control no es degradante, entonces el control deja de ser la única medida del valor.
Masculinidad amenazada
Desde una lectura psicoanalítica, estos insultos también pueden pensarse como una expresión de aquello que quien los profiere no tolera: una amenaza a la imagen de masculinidad que intenta sostener. La obsesión por definir quién penetra y quién es penetrado revela, entonces, una angustia por el lugar propio. En otras palabras: la virulencia del insulto no mide al otro, mide la inseguridad de quien lo dice.
Para la filósofa y teórica queer Judith Butler, los insultos no solo describen: hacen. Un discurso de odio busca herir, degradar y afirmar una posición de poder. Nombrar, sostiene en Palabras que hieren, no es un acto neutral: al interpelar a alguien, lo constituye discursivamente y lo coloca dentro de un determinado orden de reconocimiento. Pero esa intención no es una garantía de eficacia. El insulto busca herir, pero no siempre lo logra: los adversarios a quienes aluden los insultos mencionados rara vez se muestran heridos.
Y ahí aparece una paradoja. No es solamente que estos hombres insulten apelando a la penetración anal. Es que, cada vez que dicen “te rompieron el culo”, vuelven a poner en circulación la idea de que hay cuerpos que mandan y cuerpos que se someten. Esa jerarquía sigue operando, pero ya no resulta tan automática su traducción en términos de estatus: que quien penetra gane superioridad y quien es penetrado la pierda; que ser gay, femenino o pasivo implique ser considerado menos.
Ahí es donde el insulto deja de hablar solamente de quien lo recibe y empieza a revelar a quien lo pronuncia. Cuando alguien necesita humillar a otro con la imagen de un hombre penetrado, no está hablando de sexo. Está mostrando qué entiende por poder. Y a qué le teme.