Monsiváis, el memorioso
No estamos ante una autobiografía convencional. Si bien Carlos Monsiváis despliega la narración de manera cronológica, en su forma, estilo y contenido encontramos presentes los elementos disruptivos y heterodoxos que caracterizarán a la escritura y a la composición ecléctica de sus textos posteriores. Pero, entre otras cosas, su Autobiografía es también una declaración de principios. En ella se vislumbra el proyecto de resistencia que se traza con el fin de enfrentar a un establishment político y social que, en la década de los sesenta en que fue escrita, lo dominaba todo.
Monsiváis irrumpió desde muy joven en la escena pública del país, y lo hizo desde una posición disidente. “Me tocó nacer del lado de las minorías”, afirma al hacer referencia a su disidencia religiosa como protestante, a la que sumará posteriormente la disidencia política y la sexual. Y desde esa posición marginal elige las armas que le permitirán no solo no sucumbir ante el orden imperante sino subvertirlo. Y del arsenal de posibilidades, el autor de Amor perdido, elegirá un arma poco convencional, más próxima a la comicidad que a la teoría del cambio social: la antisolemnidad, a la que dará una dimensión política y un carácter desestabilizador. No es Carlos Marx sino Groucho Marx quien lo inspira: “Aprendí con los Marx (trío de cómicos del cine estadunidense), que la seriedad es un robo y que el orden aparente, al verse subvertido (por la ironía), manifiesta su pudibunda ridiculez”, relata en su Autobiografía.
La solemnidad fue la patente del régimen de partido único y del establishment mexicano. “La solemnidad no es una característica del poder: es el poder”, escribirá en Días de Guardar, años más tarde. La solemnidad impostora de un sistema que premiaba la genuflexión ante el poderoso e imponía la marginación a las mentes críticas.
Monsiváis decidió correr el riesgo al situarse como un outsider. Comenzó por deslindarse de su generación, que solo aspiraba a burocratizarse. El chambismo, fase superior del arribismo. En contraste con quienes recurrieron a la alabanza al poder para encontrar acomodo político -“amistad que no se refleja en la nómina es pura demagogia”, ironizaría Monsiváis al respecto-, él echó mano de la ironía, el sarcasmo y la parodia para distanciarse del régimen y cuestionarlo.
Si algo indignaba al cronista era el cinismo y la arrogancia de los políticos priístas que, con desfachatez desinhibida, se llenaban la boca de patrioterismo ramplón mientras saqueaban sin escrúpulos las arcas de la nación. Muchos de sus compañeros de generación terminarían cooptados por ese poderoso Moloch. En el célebre último párrafo de su Autobiografía los describe así:
No admiro a mi generación: la veo demasiado uncida al régimen imperante (…) La veo inerte, envejecida de antemano, lista para checar y reinar.
A la fuerza corrosiva del choteo confió su estrategia, y la estrategia le funcionó con creces. En su columna periodística Por mi madre, bohemios parodió a los poderosos exhibiéndolos en su propia estupidez, reproduciendo sus disparates de manera textual. En esa columna incluyó declaraciones tan inverosímiles que algunos de sus lectores creían que él las inventaba; "mi ingenio no da para tanto", respondía divertido.
El gran desertor iconoclasta
Monsiváis fue un desertor de la nación decretada desde el poder, sustentada en esencialismos falaces como el de la Unidad Nacional, en lo político; el de la Gran Familia Mexicana, en lo social; y el de la sacrosanta “Idiosincrasia del Mexicano”, en lo cultural. Un país donde la democracia era una simulación grotesca.
Carlos Monsiváis fue el iconoclasta que desgarró el traje ceremonial de la clase gobernante. Él buscó y encontró patria en los movimientos sociales y contraculturales, en las luchas populares y expresiones culturales de barriada. Su sanchopragmatismo, como describe a su radicalización política en los años cincuenta, lo lleva a solidarizarse y participar en los movimientos magisterial, ferrocarrilero y por la libertad de los presos políticos: “Vivir era acudir a las manifestaciones (…) la participación oposicionista se convirtió en obsesión, sentido vital, perspectiva única”, según narra en su Autobiografía. Es la acción colectiva lo que le entusiasma.
Sin embargo, esos movimientos fueron reprimidos por el autoritarismo de un régimen que no toleraba manifestación alguna fuera del control del aparato corporativo. Y esos brutales aplastamientos, a los que se sumará el del movimiento estudiantil del 68, los padece a fondo, de forma personal: “Los fracasos de la causa han sido el fracaso de nuestras vidas”, afirmará posteriormente en una entrevista. Lo invade el inevitable pesimismo, vuelto estado de ánimo nacional, según su sentir: “En México, -afirma en otra entrevista publicada en 1972-, vivir es oponerte (…) El sentido de la sobrevivencia es ir en contra; hacerte a golpes de rechazo y duda sistemática.”
El triunfo cultural de Monsiváis
Pero ese escepticismo no lo paralizó. Contrario al pesimismo al que su razón se inclinaba, terminaba cediendo siempre al optimismo de su voluntad. Si el camino hacia la transformación política parecía cerrado, Monsivías decidió apostar por la transformación cultural. Y se dispuso a disputarle al poder del Estado el monopolio de definir lo que era México. “La apuesta por la transformación política encuentra su mayor aliado en el campo de lo cultural. Si no se da la batalla cultural, se puede perder la batalla política”, argumenta en uno de sus aforismos más citados.
Dicho combate pasa necesariamente por la democratización de la cultura, por dinamitar las jerarquías del gusto; por oponer a la cultura hegemónica, la diversidad de expresiones culturales; por reivindicar a la cultura popular en contraste con la cultura que se reserva el derecho de admisión. Es decir, todo lo que resume su magistral estrategia de situar “lo marginal en el centro”.
En ese combate Monsiváis le otorga un papel de primer orden a la democratización del lenguaje. En Días de guardar, publicado en 1970, alerta sobre “la urgencia de renovar y vivificar el lenguaje” para disputarle al poder el monopolio de la palabra. Su muy versátil y anarquista estilo literario es parte del combate que emprende para derrumbar mitos nacionalistas, jerarquías clasistas y dogmas moralistas. La proeza de su prosa alcanza los diez grados de dificultad y sale bien librada. El género Monsiváis (Octavio Paz dixit), entrevera lo mismo estribillos de canciones populares que paráfrasis de la Biblia, versos cursis con poesía de altos vuelos, el refinamiento con los delirios del kitsch, etcétera. Como afirma Emanuel Carballo en el prólogo de la primera edición de la Autobiografía, Monsiváis “introduce el desorden, el relajo y sus impredecibles consecuencias subversivas”.
A sesenta años de la primera edición de esta autobiografía, ya podemos anunciar sin ambages el triunfo cultural de Monsiváis. Si ya los vientos de cambio de los años sesenta soplaban en su favor, -Carballo sostiene que Monsiváis ya había ganado la batalla contra la solemnidad por su influencia en las generaciones de jóvenes de esos años-, hoy que la democratización de la cultura ha sentado sus reales, su triunfo resulta un hecho consumado.